La senda de las Espinas [la senda #2]

4

Después de la excursión en El Humano Ahogado, todo lo demás que les quedó por hacer, a Elliot le resultó insulso. Pasaron la noche en el departamento de Arwin y al día siguiente dieron otra vuelta por Espinas e incluso por los alrededores de la ciudad, donde campos extensos de árboles secos y matorrales de espinas eran todo lo que había.

Entrada la tarde regresarían al castillo de la reina, pero entretanto tuvieron tiempo de comer alguna cosa. Como la ocasión anterior, la comida lograba despertar un hambre inusitada en él. No estaba muy seguro de si lo ocasionaban las salsas, la carne o el simple hecho de ver a Arwin devorar sus raciones lo que lo provocaba, pero estaba empezando a no prestarle mucha atención a ese hecho.

A diferencia de lo que creyó la noche anterior, cuando se tumbó en una colchoneta que Arwin le arrojó al suelo, no se estaba sintiendo como creía que iba a sentirse después de haber visto cómo las hadas de Adah trataban a los humanos. Sí, era horrible, y sí, quizás en Daha todo fuera más elegante y refinado, pero Adah tenía algo que invitaba a la corrupción.

Era como una sensualidad en el aire que, después del choque inicial, te adormilaba la moralidad. Elliot quería regresar al lago y flotar desnudo en la superficie. Quería devorar platos y platos de comida, con aquella fruta oscura e intensa. Saborear platos de conejo, gallinas, ganso. Observar a Arwin mientras lo hacía, con la salsa descendiéndole por la barbilla. Casi deseaba inclinarse y lamerle esa salsa y luego unir sus labios a los de ella y perderse en la magia oscura que parecía inundar cada rincón de aquel lugar.

—Te aconsejo no mirar a la reina Eliza de esa forma. —Arwin dejó salir una risita divertida y Elliot regresó de golpe a su realidad. Soltó una mora oscura que tenía en la mano y se secó las manos pegajosas en los pantalones.

—No te estaba viendo de ninguna forma. —Arwin se llevó un dedo a los labios y lo chupó sin dejar de verlo de forma sugerente. Elliot pudo sentir sus mejillas invadidas por un brillo rojo incontrolable.

—Lo hacías y no te culpo, pero la reina podría tomarlo a mal, o quizás no. Sea cual fuere el caso, te aseguro que ninguna reacción te conviene.

—¿Y qué me aconsejas hacer en su presencia?

—Escuchar, asentir, darle lo que sea que te pida. Ganarás más de esa forma. —Arwin se chupó los demás dedos. Luego pidió una jarra de agua y se lavó las manos allí en la mesa. Pasó la jarra a Elliot para que hiciera lo mismo y luego se marcharon en dirección al castillo.

Aquel día Arwin no usó sus alas, por lo que Elliot estaba agradecido. Si hubiera tenido que trotar tras ella, hubiera llegado sofocado y sudoroso ante la presencia de la reina y tenía la ligera sospecha de que ella no lo hubiera encontrado agradable.

Cuando llegaron al castillo, de inmediato notaron que había algún tipo de actividad. Hadas caminaban en todas direcciones, murmurándose las unas a las otras. Entraron a la sala de reuniones, pero la reina no estaba allí. Arwin preguntó por ella y le dijeron que fuera a la alcoba de esta. Así que subieron unos tramos de escaleras, aunque Elliot no creía que fuera buena idea y se sintió con la suficiente valentía como para expresarlo. Pero Arwin lo silenció diciendo que la reina le había dicho expresamente que debía llevarle a Elliot aquel día.

Cuando llegaron a la alcoba de la reina, un hada vigilaba la puerta. Llevaba cabello azul muy corto, armadura y una lanza tras la espalda. Arwin le informó lo que los llevaba allí y él les dejó pasar. La reina estaba tumbada en una enorme cama, rodeada de cojines, y dos hadas femeninas rondaban por la habitación. Llevaban cuencos de comida hasta ella que la reina rechazaba con un ademán, le acercaban bebidas que también rechazaba o acomodaban un desorden inexistente.

La reina llevaba los rizos rojos atados en un moño alto y desordenado. Su corona de cristal ahumado con las espinas en el interior descansaba en la cama junto a ella. Cuando vislumbró a Arwin y Elliot no mostró ninguna reacción. Se limitó a mirarlos un instante y luego a pedirles a sus sirvientas que abandonaran la habitación, para luego mirar hacia un ventanal que mostraba los alrededores del castillo. El cielo era gris y una suave brisa movía las cortinas de tela fina.

—Su alteza, como ordenó, Elliot paseó por la ciudad de Espinas y alrededores. Ha probado nuestros alimentos y visto nuestros centros de diversión. Ha apreciado nuestro comercio y estilo de vida. Incluso ha dormido en mi apartamento, lo que, debo agregar, estaba de sobra. —Aquello último hizo reaccionar a la reina, que esbozó una suave sonrisa traviesa y miró hacia el hada.

—Cariño, sabes que eso forma parte de tu tarea. Me sorprende que después de todo lo que hemos hablado aún te quejes de este pequeño deber. —Eliza desvió la vista hacia Elliot y este casi pudo vislumbrar un brillo coqueto en sus ojos—. Además, este humano resulta agradable a la vista, no veo de qué te quejas. —Cualquiera que hubiera sido la réplica de Arwin no tuvo tiempo de expresarla. La reina se levantó de la enorme cama en un revuelo de tela vino tinto y caminó casi con ligereza por el lugar, dirigiéndose hacia Elliot—. ¿Qué te ha parecido mi reino, Elliot? —No contestó enseguida, tomándose unos minutos para pensarlo. Tenía tantas cosas en mente que no sabía por dónde comenzar o qué debía decir y qué no. ¿Qué era lo que la reina deseaba escuchar? ¿Debería complacerla o mandarla a freír espárragos y decir solo la verdad? Aunque existía una enorme posibilidad de que la verdad no fuera tan terrible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.