La senda de las Espinas [la senda #2]

5

Cuando se reunió con Arwin, ninguno de los dos mencionó palabra. Era posible que la consternación en su rostro fuera muy notoria, porque Elliot intuía que era por ello por lo que Arwin no le molestaba desde que salieran del palacio de la reina. Luego de varios minutos de caminata en silencio, fue que Elliot se sintió en la necesidad de romperlo.

—¿A dónde vamos?

—A mi apartamento —ella contestó—. Supongo que necesitas descansar y pensar. Sobre todo pensar. —Elliot frunció el ceño.

—¿Qué te hace creer que debo pensar?

—La reina ha debido de contarte sus planes y lo que espera de ti. En eso tienes que pensar.

—Correcto, pero ¿qué te hace creer que no he aceptado ya? —Arwin soltó una risita.

—Si ya aceptaste, eso quiere decir que eres un idiota en toda regla y tengo la ligera esperanza de que no lo seas. —Elliot lo consideró un instante y entonces preguntó:

—¿Por qué sería un idiota? —Arwin reviró los ojos.

—Bastante obvio. Estás en una posición privilegiada por el momento y ese tipo de cosas no se dan muchas veces en la vida, sobre todo cuando tienes una vida humana tan fugaz como la de ustedes. Si aceptaste el trato sin chistar y sin pedir nada más, eres un completo imbécil y, más que eso, no te mereces pertenecer a Adah y la corte de las Espinas, porque un hada de Espinas jamás acepta un trato sin regatear antes lo suficiente. —Caminaron en silencio unos segundos más. Cuando las residencias donde Arwin vivía se perfilaron a lo lejos, Elliot comentó con suavidad:

—Pues qué suerte que le pidiera tiempo a la reina para pensar. —Lanzó una mirada de soslayo hacia Arwin. Esta tenía el cabello verde suelto enmarcándole el rostro, pero no le impidió a Elliot apreciar una ligera sonrisa, y una auténtica.

***

—¿Qué más piensas pedirle? —Estaban repantigados en el sofá de Arwin, esta tenía un cuenco de moras oscuras y ácidas en el regazo, Elliot estaba en aquel momento chupándose los dedos pegajosos por el jugo de la fruta.

—No lo sé. Convertirme en un hada suena bastante bien, pero no puedo evitar pensar en los supervillanos.

—¿Los qué? —Arwin preguntó con el ceño fruncido, examinando una mora. Elliot miró el techo del departamento.

—Es que la reina Eliza parece una supervillana en toda regla. Y según las películas, nunca se debe confiar en las promesas de un supervillano.

—No sé de qué hablas —Elliot bajó la vista al advertir el tono de enfado en la voz de Arwin, nada más verla supo que el tono no era en vano, estaba enfadada pero no entendía por qué, ella se lo hizo saber enseguida—. Pero me parece que estás insinuando que mi reina no es de confianza, y no pienso permitirte que hables mal de ella. Si la reina Eliza dijo que cuando venzamos te convertirá en un hada, entonces es porque es justo lo que piensa hacer.

—Está bien, lo siento. No pretendía ofenderte.

—Pues cuida tus palabras. —Arwin mordisqueó su fruta y retomó su tono neutral—. Así que, volviendo a la contraoferta, ¿qué piensas pedirle a la reina?

—No lo sé, ¿algún consejo? —Arwin lo pensó un instante.

—Podrías pedirle una corona. —Elliot la miró fijamente, intentado averiguar si se estaba burlando de él. Quizás ella comprendiera su mirada, pues luego de revirar los ojos, agregó—. La reina planea acabar con todo Daha y la corte de las Flores, por lo que mucho terreno quedaría desierto. Podrías fundar un nuevo reino, una nueva corte y una nueva corona. Si le pidieras eso, ella no podría decirte de entrada que no.

—Quizás no de entrada, pero luego podría darle largas al asunto. —Arwin mordisqueó una mora como dándole vueltas a la idea, luego meneó la cabeza.

—No creo. Estarías prestando un servicio valioso, representarías el camino de la victoria. Es posible que accediera a concederte un reino. Quizás uno pequeño, pero es mejor que nada.

Elliot lo pensó un instante, lo cierto era que la idea era tentadora. Convertirse en rey y además de un reino mágico, poblado por hadas y magia. Pero entonces un pensamiento le vino a la mente al recordar a las dos únicas reinas de aquel mundo que conocía: Beth y Eliza, las dos parecían reinar solas sus cortes. Y como siempre solía sucederle por aquellos días cuando pensaba en consortes y compañía, sus pensamientos volaron hacia Fernanda, la siempre valiente Fernanda. Se miró las manos en el regazo, movió los dedos con nerviosismo y preguntó en un tono de voz bajo:

—¿Y si le pidiera a una persona? ¿Una humana? —Cuando alzó la vista, Arwin tenía una ceja alzada y una sonrisa traviesa.

—Esa es una petición muy pobre. Seguro que la reina te daría permiso para ir al mundo humano a buscarla y luego la transformarían en un hada para ti si es lo que deseas.

—¿Y si ella no desea ser un hada? —Arwin achicó los ojos.

—Aún podría ser tu juguete, aunque tendrías que mantenerla en El Humano Ahogado.

—No quiero que sea mi juguete, quiero que sea mía. —Era la primera vez que se expresaba de Fernanda de aquella forma. Sintió un violento tono rojo cubrirle las mejillas. Intentó ignorar a Arwin, pero el hada parecía encontrar todo el asunto muy divertido.

—Si quieres que sea tuya, entonces deberías conservarla como una humana. Pues si se convierte en hada, ella tiene todo el derecho a escoger estar contigo o lejos de ti.




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