Como le había dicho, Arwin lo esperaba en la barra, estaba bebiendo de un pequeño vaso de cristal y contemplaba algo con una sonrisa divertida. Elliot siguió su mirada y casi al instante deseó no haberlo hecho. En una de las tantas mesas del lugar, tres antiguos usaban a una humana como sujeto de pruebas. La humana él la conocía o al menos lo había hecho por algunos minutos.
No llevaba el vestido gótico con el que la vio en el mundo humano, en su lugar llevaba un vestido de tela muy fina que se le pegaba a la silueta a causa del sudor y otros líquidos que quizás era mejor no reconocer. La chica llevaba los ojos vendados y, a pesar de que no tenía las manos atadas, las mantenía tras la espalda. Estaba sentada a la mesa, mientras uno de los antiguos sostenía lo que parecía una fresa verdosa frente a su boca.
Al principio se resistió, pero entonces dejó de hacerlo y comió la fresa. Pasaron dos segundos, antes de que la chica se bajara de la mesa y se volviera, empezando a atacar todos los platos de comida allí dispuestos, en ningún momento se sacó la venda de los ojos y Elliot pudo contemplar con creciente horror cómo lo devoraba todo a su paso. El problema no era la forma en que lo devoraba todo, el problema eran los alimentos allí dispuestos. Una variedad entre cosas que él mismo había ya probado y cosas que jamás probaría, como murciélagos crudos, insectos vivos y frutas que parecían podridas e infectadas de gusanos. Elliot se acercó a Arwin y esta, al verlo, se zampó el restante de su bebida y le sonrió.
—¿Qué quería Walden? —A pesar de lo horrorizado que estaba, no podía dejar de ver a la gótica, y a sus tres espectadores que observaban todo como los asistentes a uno de esos concursos de comida de quién come más.
—Nada, darme un regalo. —Arwin lo miró con interés.
—Ten cuidado con sus regalos, pueden parecer flores, pero contienen espinas ocultas.
—Como una rosa —aportó él, pero casi en automático, Arwin siguió su mirada y asintió.
—Ah, sí, la fruta de la glotonería. Había olvidado advertirte, nunca pruebes una de esas fresas verdes si no quieres comerte todo a tu paso, incluso tus propios dedos.
—¿Qué? —chilló él espantado, Arwin asintió.
—Sí, oh, mira, le acaba de pasar.
Elliot miró hacia la humana. Había lanzado un gritito de dolor mientras alzaba la mano y la olía. No podía verla porque aún llevaba la venda puesta, pero la sostuvo frente a su rostro como si pudiera hacerlo. Entre todos los restos de comida pegajosa, Elliot pudo ver que por la mano le bajaba un hilillo de sangre fresca. La chica abrió la boca, al parecer dispuesta a darse un banquete a base de su propia mano, sin poder contenerse Elliot se lanzó hacia adelante, tomó de la mesa de los antiguos lo que parecía una pata de pollo y la puso con rapidez en la mano de la chica gótica. Esta la atacó sin percatarse al parecer de que hasta hacía pocos segundos se disponía a comerse su propio dedo.
Los antiguos desviaron la mirada hacia él, disgustados, y uno de ellos empezó a abrir la boca para decir algo, pero Arwin apareció a su lado y lo tomó por el brazo, dirigió una sonrisa a los antiguos, y comentó como si fuera cualquier cosa.
—Lo lamento, estábamos disfrutando el espectáculo y comenté que no me gustaría que acabara tan rápido. Elliot solo me complacía.
Los antiguos se miraron entre ellos, preguntándose los unos a los otros de forma silenciosa si creer tan absurda excusa. Debieron concluir que sí, pues le asintieron a Arwin y esta les hizo una pequeña reverencia mientras arrastraba a Elliot fuera del local. Por unos minutos, Elliot pensó que el incidente quedaría allí, pero entonces Arwin dijo:
—La protección de la reina no te va a durar para siempre, yo no te voy a durar para siempre. Tienes que dejar de meterte en las cosas que pasan en El Humano Ahogado.
—Yo la traje —él dijo, porque no sabía qué más decir. Esa chica había sido secuestrada de su mundo y llevada a uno oscuro y malvado en donde no era otra cosa más que un simple juguete. Arwin resopló.
—Sí, porque tenías que hacerlo. Si hubieras llegado con las manos vacías ante la reina Eliza se hubiera visto muy feo.
—Es una persona, no una cosa. Tenía derecho a decidir venir, pero no. La trajimos sin consultarle nada. —Arwin se detuvo y lo miró achicando los ojos.
—¿Es eso lo que de verdad piensas?
—Acabo de decirlo, ¿no? —Arwin lo miró un instante, entonces agregó:
—Pues en ese caso deberías replantearte qué haces aquí y si de verdad quieres ser el campeón de la corte de las Espinas o si acaso quieres convertirte en un hada de Adah. Elliot, esto es lo que somos y lo que serás si te transformas en uno de nosotros. Pero si reniegas de nuestra naturaleza más innata, pues no sé qué estás haciendo aquí. —Elliot se mordisqueó el interior de la mejilla y pensó en lo que Arwin acababa de decirle, pero pensó también en sus exigencias a la reina Eliza. Él había pedido como premio más que convertirse en hada, él pidió un reino, una corona. Si lograba eso, sus hadas no tenían por qué ser como las de Adah y la corte de las Espinas.
—Quizás no necesito replantearme nada —dijo teniendo cuidado de las palabras que empleaba—. Quizás no me convierta en un hada del reino de Adah, quizás me convierta en un hada diferente. —Elliot no le había contado aún sobre sus peticiones a la reina y por la forma en que las cejas de Arwin se arqueaban hacia arriba comprendió que la chica estaba entendiendo.