Por los siguientes dos días, Arwin y Elliot se libraron de las reuniones de la reina Eliza, esta consideraba que el entrenamiento de él era su prioridad. Así que Arwin y él entrenaron un poco más y a comienzos de la tarde marchaban hacia el pozo y atisbaban un par de luchas. Elliot fue acumulando conocimientos. Intentó aprender las diferentes técnicas que usaban las hadas en los pozos y en su mente trazaba estrategias para poder librarse de los ataques aéreos. Para el segundo día de luchas consideraba que tenía una gran posibilidad de dar, si bien no una lucha perfecta, por lo menos una lo suficientemente buena como para que no le dejaran herido de gravedad.
Sin embargo, Elliot no contaba con otra estrategia que Arwin tenía bajo la manga y que no le participó sino hasta el cuarto día que fueron al pozo y que sería el día que él lucharía. Al parecer, los pozos no eran tan caóticos como en un principio Elliot pudo haber creído, de hecho llevaban un registro de las hadas que luchaban. Arwin lo llevó hacia un lateral de la cerca y en el suelo ella levantó un cuadrado. Se trataba de una puerta que descendía por una escalera algo desvencijada. La misma crujió mientras la bajaban, pero Arwin no parecía alarmada.
En el interior, Elliot fue escuchando murmullos de conversaciones y el tintineo de armas, se adentraron entonces por un pasillo, que debía estar cavado bajo tierra, debajo quizás de donde los espectadores se paraban a observar el interior del pozo. Llegaron a una puerta abierta, en el interior estaban dos hadas. Una estaba sentada a un escritorio, era un hombre de largo cabello blanco, frente a él otra hada le respondía a sus preguntas. Cuando Arwin y Elliot ingresaron a la habitación, el registro del hada que estaba de pie había terminado, pues se irguió e inclinando su cabeza hacia el otro dio una media vuelta y marchó sin reparar en ellos.
Arwin se acercó al hada de cabello blanco y los presentó a ambos. Elliot pudo ver la ligera diversión brillar en los ojos del hada de cabello blanco que tomaba el registro, mientras Arwin hablaba él tomaba notas. Elliot se inclinó un poco para ver y pudo observar que anotaba su nombre y algunas características que Arwin le daba, como el arma que pensaba usar y sus habilidades más importantes. Cuando Elliot creyó que había terminado de enumerar todo, Arwin dijo algo que no esperaba.
—Elliot cuenta con sangre de antiguo. Pero beberá solo lo necesario para una hora de combate. —Elliot la miró alarmado, pero ella lo ignoró; mientras tanto, el hada del registro alzó ambas cejas y asintió.
Salieron de allí y se adentraron en una zona que podría ser los bastidores. Tenían visual del pozo, pero la gente que estuviera arriba no podría verlos. En todo el lugar había más hadas, preparándose para salir. Arwin se detuvo en una banca, tomó asiento, y del bolsillo de su falda sacó el cubo de sangre que Walden les había dado.
—¿Tengo que comerme eso, en serio? —Hasta el momento, Elliot casi se había olvidado de aquella sangre, lo cierto era que en su mente solo tenía presente el frasquito de líquido azul que Walden le obsequió y que yacía en su armario en el castillo de la reina Eliza. Arwin raspó una pequeña cantidad del cubo.
—Solo será un poco, lo suficiente para una hora de combate, así que te sugiero que acabes antes de que se pase el efecto.
—¿Eso está permitido?
—Oh, por supuesto, además deberías ir acostumbrándote a la naturaleza hada.
—¿Y de qué me serviría eso antes de usar el arma? Si llevo sangre hada en mi sistema, me pondría en peligro. —Arwin le ofreció la pequeña raspadura roja mientras negaba con la cabeza.
—Cuando llegue el momento de plantar el arma, beberás lo suficiente para que logres llegar al castillo y entonces el efecto se pasará. Así que podrás accionar el arma. Y como la sangre hada que tendrás en tu sistema no será tuya, sino más bien algo externo, no es posible que transportar el arma te afecte. Elliot —Arwin lo miró con dureza y él por fin tomó la raspadura de sangre, ella concluyó—. La reina planteó todas esas dudas a Walden, no hay de qué preocuparse. —Elliot se tragó la raspadura, y con el ceño fruncido comentó:
—Me parece que confían demasiado en Walden. Yo lo vi en la corte de las Flores muy amigable con la reina Beth. ¿Cómo sabe la reina Eliza que no la está traicionando?
—Es posible que no lo sepa, que ninguno de nosotros lo sepa. Walden no es fiel a nadie, creo que a él solo le parece divertida la perspectiva de esta guerra. —De nuevo Elliot pensó en Fernanda y lo que ella pensaba de las hadas. ¿Quién podría encontrar divertida la idea de una guerra y la muerte de muchos? Pues al parecer un hada, y un antiguo.
Arriba de ellos los vítores se hicieron poderosos, y abajo alguien leyó dos nombres. El corazón de Elliot se saltó un latido al escuchar el suyo.
—Elliot y Ganhame.
Arwin le sonrió y le tendió una lanza que estaba apoyada contra una pared. Elliot la tomó fijándose en todas las armas que pendían alrededor, esperando ser escogidas. De pronto lo asaltó la duda, ¿lucharía bien con la lanza o debió escoger otra cosa? Recordó su derrota a manos de Capteus y un escalofrío le recorrió la espalda. Salió al pozo mientras la otra hada, un sujeto delgado y bastante alto de tez bronceada y sin cabello, salió al pozo también. Este llevaba una especie de cuchillo corto en su mano izquierda.
Elliot miró sobre su hombro a Arwin, que le sonrió como si pudiera ya ver su inminente derrota, él quería gritarle que lo dejara salir, que no había necesidad de ese combate, además, la sangre de Walden no había hecho nada, él no se sentía diferente. Entonces la misma voz que dijo sus nombres, gritó que comenzara el combate y los gritos de los espectadores de arriba rugieron con más fuerza. Elliot tenía la sospecha de que había más congregación que las otras veces que él estuvo allí y algo le decía que eso se debía a su presencia. Después de todo, por Adah se corrió la voz de que la reina Eliza tenía un invitado humano y era posible que muchos hubieran ido a verlo solo por regodearse en la derrota de un simple humano.