La senda de las Espinas [la senda #2]

10

Se despertó varias veces y en todas esas ocasiones no fue capaz de decir en dónde estaba, aunque el rostro de Arwin siempre constante aparecía sobre él. Finalmente se despertó una última vez. Esa vez pudo ubicarse, estaba en su habitación en el castillo de la reina. La ventana estaba cerrada, por lo que Elliot no podía saber si era de día o noche, además no estaba solo, Arwin estaba frente a su armario y tenía algo entre las manos. Cuando vio a Elliot, le sonrió y agitó hacia él lo que tenía en su mano.

—¿Este fue el regalo de Walden? —Elliot se frotó los ojos, demasiado ido como para dar una respuesta.

—¿Qué pasó? ¿Cuánto llevo dormido?

—¿Dormido? —Arwin se volvió al armario y dejó allí la poción—. Más bien noqueado, guerrero. —Elliot se sentó en la cama decidido a pasar por alto el sarcasmo en la voz de Arwin—. Aunque debo admitir que diste una buena batalla, tu error fue no manejar bien tus tiempos. En vista de que solo eres un humano, en el momento en que te estampaste con el suelo, te desmayaste. Ganhame te dejó caer a una altura no mortal, porque sabía que el efecto de la sangre se estaba pasando.

—Entonces, ¿cuánto tiempo llevo noqueado?

—Dos días y te has perdido muchas cosas.

—¿Qué cosas? —Arwin meneó la cabeza, sacó un par de prendas del armario y se las arrojó.

—Primero tienes que comer. Te hemos mantenido a base de miel y agua. Vamos, vamos. Te espero en la cocina.

Sin esperar nada más, ella se marchó. Elliot se colocó la ropa que ella le escogió y luego caminó en dirección a la cocina, sintiendo su estómago rugir, su garganta seca y una ligera punzada de dolor en la cabeza. El castillo tenía la misma actividad acostumbrada. Hadas yendo de aquí para allá, hablando entre ellas e ignorando a Elliot.

Por fin llegó a la cocina, un fuego estaba encendido y sobre él Arwin meneaba una sopa. Elliot se adentró, allí no había más hadas. Tomó asiento en la isla de la cocina y escogió una naranja de un cesto y comenzó a pelarla.

—¿Qué estás haciendo?

—Un guiso de comadreja.

—¿En serio?

—Uh-uh —Elliot agradeció tener aquella naranja entre sus manos.

—Entonces, ¿de qué me he perdido?

Arwin probó la sopa, debía de haberla estado haciendo desde antes de que él se despertara porque ella asintió para sí misma, apagó el fuego y sirvió un poco en un cuenco que dejó frente a él. Elliot vio la carne con sospecha flotando entre vegetales. No la probó, en cambio arrancó un gajo de su naranja recién pelada y se lo llevó a la boca. Arwin se sirvió un plato para ella misma y se sentó frente a él.

—La reina Beth ha decidido tomar medidas más drásticas de las que esperábamos.

—¿Ha atacado? —Arwin bebió sopa y meneó la cabeza.

—No tan drásticas. Pero Dentory asegura que se han infiltrado en Adah. No sabemos cuántos, ni quiénes, ni si han averiguado algo sobre ti o el arma, pero la reina ha puesto una alerta. Dentory tiene soldados vigilando cada rincón de Espinas y Adah por completo, además tú te has convertido en algo así como de extrema confidencialidad.

—¿Qué quieres decir? —Elliot estaba terminando su naranja, pero su hambre no remitía, miró el cuenco humeante de sopa, diciéndose que bien podría ser una sopa de res.

—Bueno, hasta el momento te paseábamos por Adah como un trofeo lindo, pero eso se ha acabado. No volverás a salir del castillo. La reina quiere asegurarse de que la reina Beth no sepa sobre ti o el arma.

—Es decir que estoy bajo arresto. —Elliot tomó una cucharada de la sopa, con bastante sorpresa comprobó que no sabía mal, pronto aquella extraña magia de glotonería comenzó a funcionar en él.

—Más bien invitado especial. Eres un invitado, siempre lo has sido, solo que ahora no puedes andar libremente por Adah sin riesgo de que la noticia llegue a la corte de las Flores.

—¿Y si ya lo hizo?

—Dentory no lo cree. —Arwin masticó un pedazo de carne—. Supimos de la infiltración porque sus guardias encontraron un hada muerta en la frontera. Supongo que esta hada los vio entrar y quisieron asegurarse de que la noticia no llegara hasta la corte de las Espinas. Por suerte para nosotros, hicieron un mal trabajo escondiendo el cadáver. A diferencia de las hadas de Daha, no nos convertimos en flores al morir. —Elliot sintió cómo la sopa se le iba por el camino equivocado, tosió y tosió y por fin miró a Arwin fijamente.

—¿Se convierten en... flores? —Ella asintió.

—Aunque no de inmediato. Cuando mueren, su cuerpo se enfría y pierden el color, pero pasados un minuto o dos comienzan a desintegrarse en pétalos y desaparecen.

—¿Y las hadas de Adah no desaparecen?

—No de esa forma, nosotros nos cubrimos de espinas, pero bajo el lecho de ellas aún se pueden ver nuestros cuerpos como fueron. Creo que las hadas que se infiltraron pensaron que tomaríamos el cadáver como algún arbusto de espinas de los muchos que adornan nuestros paisajes. Lo que ellos no saben es que la guardia de Dentory conoce todos y cada uno de esos arbustos. Uno nuevo solo podía significar un cadáver.

—Wow...

—Correcto, ahora termina tu sopa. Entrenaremos en el patio, allí te espero.




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