La vida de Fernanda fue siempre muy monótona. Hija única y de poca paciencia, grandes deseos de independencia y un gusto excesivo por los dulces. Era tal su amor por los dulces que estudió pastelería, su padre la ayudó con un poco de capital para empezar una pequeña tienda, la cual llevaba en compañía de su mejor amiga de la adolescencia, Mili. Fernanda y Mili no podían ser más distintas, allí donde Fer era sarcástica, fría y desconfiada, Mili era todo lo contrario; dulce, cálida y soñadora. Su amiga también parecía siempre estar muy feliz de la vida que tenía, aun cuando en ocasiones las cosas podrían no salir del todo bien, ella siempre tenía una sonrisa para ofrecer y la certeza de que eventualmente todo mejoraría. El caso de Fernanda era un poco distinto, podía incluso asegurar que las mejores cosas en su vida eran su gata, su mejor amiga y sus pasteles.
No era algo que aceptara en voz alta, por supuesto, no tenía ningún deseo de escuchar las frases motivacionales de nadie. Incluso cuando ella y Luis terminaron actuó como si no le importase en lo absoluto. Mili le insistió en que podía llorar si lo necesitaba y en que ella estaba disponible en todo momento para ofrecerle su hombro y apoyo, pero Fernanda le aseguró que no era necesario. El final de su relación no era algo que la hubiera tomado del todo desprevenida, Luis estuvo distante los últimos meses y ella a su lado estaba comenzando a sentirse muy sola. Así que no era del todo una mentira cuando aseguraba que no tenía deseos de llorar. Lo único que deseaba era dedicarse a la pastelería y a su gata. Eso fue lo que hizo por un par de meses hasta que algo que ni siquiera Mili hubiese visto venir, sucedió.
Se levantó el domingo temprano para ir a correr, en realidad no era una corredora, pero los últimos días decidió que era momento de hacer algo con su vida aparte de los pasteles. Así que decidió comenzar a correr. Salió muy temprano de su departamento y caminó con paso lento hasta el parque, allí todas las mañanas veía gente corriendo. Cuando llegó estiró un poco y comenzó a correr, alrededor de quince minutos después una mariposa comenzó a seguirla. Sus alas destellaban verde iridiscente a la luz del sol dominical. Revoloteó un poco por su cabeza y Fer sopló en su dirección para que se alejara, lo hizo solo un poco al tiempo que otra mariposa se le posaba en un hombro. Esta era azul, Fer se detuvo de golpe y la miró. La verde seguía revoloteando frente a ella. Escuchó un par de autos deslizarse a lo lejos y otro corredor pasar a su lado. La mariposa azul elevó el vuelo y la verde la siguió, Fernanda elevó la mirada y las vio danzar un poco sobre su cabeza, entonces comenzaron a brillar.
Achicó los ojos mientras las observaba, la luz se hacía más intensa y de pronto dos figuras masculinas aparecieron frente a ella. Fer dio un paso hacia atrás por puro instinto y miró en derredor. No había mucha gente en el parque ese día y las pocas personas que vislumbró en la distancia no parecían haberse percatado del extraño suceso.
Se miraron los tres. No eran tipos comunes, eso saltaba a la vista. Para comenzar, la ropa que usaban no parecía algo que encontrarías en una tienda por departamento. La tela parecía lino aunque no estaba del todo segura, uno de ellos tenía pantalones sueltos ligeros de color azul noche y una camisa beige, su cabello en ondas color castaño oscuro le caía sobre la frente, tenía ojos marrones y una sonrisita de suficiencia en el rostro, parecía una sonrisa entre coqueta y que demostraba que sabía cosas que ella no. El otro en cambio usaba pantalones color verde musgo ligeros y una camisa blanca sobre la cual llevaba lo que solo podía describir como una especie de armadura marrón, con patrones como si se tratara de la corteza de un árbol. Además, tras su espalda tenía cruzada una lanza plateada. Su cabello era castaño claro, de tan claro que podría pasar por rubio, y sus ojos eran verdes centelleantes.
—Hola, Fernanda. No disponemos de mucho tiempo, pero te lo explicaremos todo en cuanto sea posible —La chica parpadeó y acto seguido frunció el ceño.
—Ustedes —dijo por lo bajo alzando un dedo y apuntándoles con él—, eran mariposas —No era una pregunta, no del todo una afirmación tampoco, era un pensamiento que bien podría indicar que estaba volviéndose loca o quizás seguía en su departamento, dormida—. Estoy dormida —dijo entonces apartando la mirada y cerrando los ojos, era la única explicación. Ese sujeto de ojos verdes la llamó por su nombre y hasta hacía unos segundos había sido una mariposa, esas cosas no sucedían en la vida real, era solo un sueño.
—Siempre piensan que están soñando, ¿verdad, Keveth? Nunca dejaré de encontrarlo gracioso.
Fer abrió los ojos de golpe, el chico de la sonrisita la miraba divertido, pero el otro no parecía estar en el mismo estado de ánimo porque dijo con voz muy seria.
—Tenemos que cruzar. Vamos con retraso.
—Espera, dale un momento a la chica que sigue confundida.
—No hay tiempo, Doriat. Vamos, dale los polvos. Cuando estemos en el reino lo entenderá todo.
Fernanda presenció la conversación de los dos sujetos como si estuviera a mil kilómetros. ¿Cruzar, reino, polvos? Todas esas palabras flotaban sin sentido en su cerebro. Entonces el chico de la sonrisa se soltó una pequeña bolsa que llevaba atada en el cinturón de sus pantalones, se paró frente a ella y le dijo mientras extraía unos polvos que contenía el saquito de tela.
—Yo soy Doriat y este mi compañero Keveth. No te preocupes, sé que parece malvado pero no lo es, simplemente es muy serio —Soltó unas risitas mientras Keveth revoleaba los ojos—. Fuiste escogida de entre los humanos para desempeñar una pequeña participación en el reino de las hadas, te lo explicaremos mejor una vez lleguemos allí. Por el momento solo debes saber que es un gran honor y que Keveth y yo seremos tus guías todo el tiempo que permanezcas en Daha.