Las cosas que Elliot podía enseñarle eran más que todo información sobre los otros humanos, según él, conocer algo sobre los demás era muy importante para cuando estuvieran en el terreno de juego. Lo que Elliot sabía era lo siguiente:
La pelirroja que Fer viera con la espada era una deportista de esgrima. Lo cual explicaba su destreza con la espada. La muchacha rubia que hablara sin permiso en la reunión de la reina era europea y hasta donde Elliot pudo averiguar trabajaba de secretaria en una empresa de cosméticos, lo cual superó el bajón de la pelirroja. Para Fer era bueno saber que no era la única inútil de los treinta. Entre los hombres había unos cuantos también cuyas profesiones no les ayudaban mucho en aquel mundo.
Por ejemplo, había un chico, argentino según parecía, Elliot no pudo adivinar su nombre, pero sí que era un vendedor de coches. También había un corredor de seguros estadounidense y Capteus, que era de Argelia y había servido en una especie de guerrilla de su país. Lo cual reavivó los temores de Fer.
Pero Elliot no conocía los secretos de todos. La mujer asiática aún permanecía en el torneo, pero tal parecía que su equipo era muy hermético. Lo cierto era que Fernanda tampoco había vuelto a verla desde el primer día y Elliot no sabía mucho acerca de ella.
—¿Cómo te las arreglaste para averiguar tantas cosas? —Se interesó ella cuando él terminó de exponer sus conocimientos.
—Hice preguntas sutiles por aquí y por allá. Además, Aziza averiguó otras tantas. Le gusta estar informada de la competencia.
—Uh... no creo que Keveth tenga el mismo estilo.
—Parece algo hermético.
—Lo es. No tengo ni idea de qué cosas pasan por su cabeza, salvo que soy una inútil. Y porque eso sí lo dice en voz alta y clara.
—Vaya, parece un poco cruel —Fer se encogió de hombros.
—No importa, le demostraré que se equivoca —Elliot se volvió hacia ella y la miró con una sonrisa.
—Bueno, suerte con eso, compañera —Le tendió una mano y Fer se la estrechó. Ambos eran el perfecto ejemplo del sano espíritu de la competencia, más que castigarles por entablar una conversación amistosa, la reina debería premiarlos, pensó Fer mientras volvían al complejo.
A la mañana siguiente Fernanda corrió hacia el gimnasio. Por fin había llegado el día de que Keveth la dejara tomar un arma. Estaba tan emocionada que se trenzó el cabello en una única trenza de espiga, que no quedó tan elaborada como la que Doriat le había hecho, pero aguantaría el tiempo suficiente.
Cuando llegó al gimnasio sus dos hadas la esperaban. Le pareció extraño porque Doriat siempre iba a buscarla. Esa mañana estaba apoyado contra un espejo, con los brazos cruzados y su acostumbrada sonrisita. Keveth, de pie a mitad del recinto, tenía la lanza desenfundada y apoyada en el suelo. Por un instante Fer pensó que le dejaría usarla, pero se equivocaba.
—Buenos días, florecilla —canturreó Doriat y ella le sonrió.
—Hola, ¿y bien? ¿Qué arma? —Pero Keveth no contestó. La miró un instante, con su acostumbrada rigidez que aquel día parecía más tosca que de costumbre. Finalmente dijo.
—Cincuenta abdominales. Empieza.
—No, espera. Me dijiste que hoy me dejarías tomar un arma —Miró a Doriat en busca de apoyo, pero él se encogió de hombros como si no pudiera hacer nada, lo cual ella sabía que era una mentira.
—Cincuenta abdominales, Fernanda. No me hagas repetirlo.
—Pero tú...
—¡Ahora!
Sintió que la cara se le calentaba de ira, de seguro debía tener las mejillas rojas de furia. Así que decidió que no haría nada, estaba cansada de la dictadura de Keveth, se cruzó de brazos y lo miró desafiante.
—No puedes prometer una cosa y después retractarte. Me has estado fastidiando toda la semana con que estoy muy retrasada. Y te encanta señalar que las hadas tienen principios que los humanos no, entonces cumple tus principios.
—Eres altanera y grosera. ¿Por qué, Doriat?
—Mi error —aceptó este siempre con su sonrisa—. Juzgué demasiado pronto que ya estaba lista en cuanto a modales, supongo que deberemos retomar esas lecciones. Será por las noches, porque tú la tienes el resto del día. Descansarás poco, florecilla.
—Cincuenta abdominales. Es la tercera vez que lo repito y me estoy cansando —Golpeó el suelo con la lanza. Fer sintió las lágrimas de frustración picarle tras los ojos y temblando de ira obedeció. Keveth empezó a caminar a su alrededor, contando en voz alta sus avances. Vio a Doriat acercarse y un instante después señalarle.
—Tu trenza se deshace, florecilla. ¿Por qué? —Aunque Doriat era más alegre que Keveth, en ocasiones llegaba a ser más insoportable que este. Como en ese momento, su pregunta cargada de sarcasmo sardónico solo incrementaba la frustración de Fernanda.
—Quería llegar temprano, así que la hice rápido.
—Una mala decisión, ¿no te parece? Ahora estás allí, el cabello se te está soltando, te estorba, lo estás sudando y no luces nada bien.
Era verdad, mientras hacía los abdominales podía sentir cómo los mechones de cabello iban soltándose de la trenza de espiga, de la cual dentro de poco no quedaría nada. Pero estaba decida a no dejar que la siguieran molestando, así que dijo.