Estaba teniendo pensamientos muy terrenales, como comenzó a llamarlos. Desde que comenzara el torneo, juego, disputa o como fuera que se llamara aquello, sus pensamientos vagaban de forma inquieta hacia el mundo humano.
Pensó en películas y libros que había leído, pensó en series que no había terminado. Pensó en sus padres y su negocio, pensó en Mili, incluso se dio cuenta de que sus pensamientos traían a una persona en la que ya casi no pensaba; su exnovio Luis.
Se metió un par de bayas a la boca y se sacudió las manos en la falda del vestido. Tenía el arco en el regazo y el carcaj apoyado a su lado en la gran roca en donde, sentada, apoyaba la espalda. Pronto tendría que buscar algún sitio para dormir porque, a pesar de que las copas de los árboles la medio abrigaban, prefería no dormir tan desprotegida.
Además, hacía media hora fue testigo de una pequeña batalla. Luego de que Keveth alzara el vuelo dejándola sola, ella solo caminó. Caminó y caminó hasta que se dejó caer a la sombra de un árbol para descansar, e instantes luego los escuchó. Eran dos chicos. Fernanda supuso que se habían encontrado de frente mientras avanzaban en direcciones opuestas, justo a un par de metros de donde ella se encontraba.
Los observó escudada por su árbol. Ambos llevaban espadas y pelearon largo rato. Fer los vio lanzar estocadas y esquivar, rodar por el suelo y gritar. En cierto momento incluso uno de ellos perdió su espada y arremetió con puños, hasta que pudo recuperarla. Había rodado por el suelo para lograrlo y su contrincante, juzgándolo como el momento perfecto para dar la estocada final, se arrojó sobre él, pero en ese instante el otro logró empuñar de nuevo su espada, detener el golpe del contrincante, desviar su espada y, con un último esfuerzo, rebanar el abdomen del otro.
Luego le siguió un momento de incertidumbre, quizás porque hasta ese momento ni Fernanda ni el resto creían que las hadas hablaban en serio cuando dijeron que nadie saldría herido, pero en ese momento, tanto el chico vencedor como Fer, supieron que era verdad. El vencido cayó al suelo, pero no salió sangre y la espada del vencedor seguía limpia como hasta hacía segundos antes.
Al comprobarlo, el vencedor sonrió y guardó su espada en la vaina que tenía en el cinto de sus pantalones ligeros blancos. Luego continuó su camino. Fer permaneció un rato más allí, pensando qué hacer. Tenía curiosidad por saber cómo sacarían de allí a los perdedores, pero algo le decía que no se quedara a descubrirlo, así que no lo hizo. Salió de su árbol y se alejó de allí. Caminó largo rato hasta que las sombras comenzaron a alargarse, luego encontró las bayas, las comió y descansó en aquella gran roca, entonces comenzó a pensar en su antigua vida.
No tenía ni idea de cuántos enfrentamientos como aquel habían sido llevados a cabo hasta el momento y no sabía tampoco si podían descalificarla por no luchar con nadie, pero supuso que aun tendría algo de tiempo antes de usar sus flechas.
Sonrió, observando el arco en su regazo. ¿Qué dirían si la vieran entonces todas las personas que la conocían? Estaba casi segura de la reacción. Sus padres la mirarían con una ceja alzada, medios preocupados por su salud mental. Su antigua mejor amiga, esa que desde hacía tres años no veía, la instaría a volcar todas sus energías en su pastelería, después de todo para Lilian lo que ella consideraba real era lo único que importaba, lo cual Lilian podría traducir como: dinero, estabilidad emocional y laboral, sueños al mínimo porque nunca se cumplían.
Mili, sin embargo, la miraría con ojos soñadores. Dos años menor que ella, a Mili le iban todas esas cosas de mundos mágicos y sin lugar a dudas enloquecería si llegara a descubrir que algo tan fantasioso como las hadas y la magia hada eran reales.
No tenía ni idea de qué pensaría Luis si la viera entonces. Porque para Fer, Luis siempre fue indescifrable. La amó, luego la desechó y finalmente ambos acordaron de forma tácita fingir que lo que vivieron fue irrelevante, cuando no lo había sido. Por eso Fernanda llegaba a creer que en realidad nunca le conoció de verdad. Ese chico que encontraba un chiste hasta en la situación más absurda había logrado sembrar amargura en el corazón de Fer y se requería cierto tipo de habilidad para lograr algo así.
Fer suspiró, en definitiva no tenía ni idea de qué pensaba Luis de ella en esos momentos, o de qué diría o pensaría si la viera. Ni siquiera tenía muy en claro por qué sus pensamientos estaban volando hacia él, cuando no había pensado en él desde hacía tantos años.
Estúpido reino de las hadas, pensó, que jugaba con su mente y emociones, además de con su persona. Se levantó de la roca, tomó su arco y flechas y caminó. Quería encontrar una cueva o algo de ese estilo en el cual poder esconderse, pero no parecía probable. A su alrededor solo había árboles y arbustos, muchas flores, tierra húmeda y pasto muy verde.
El sol estaba desapareciendo y una brisa un poco fría comenzaba a soplar. Finalmente decidió dormir protegida por un matorral salpicado con florecitas azules. Se tumbó sobre la hierba, que le hacía cosquillas en las piernas y brazos. Usó el carcaj a modo de almohada y aferró el arco mientras cerraba los ojos.
La primera ronda duró cinco días y en todo ese tiempo Fer logró escabullirse del combate. Solo una vez, al cuarto día, fue que tuvo algo de acción. Estaba bebiendo agua de un pequeño río que encontró luego de mucho caminar el segundo día, cuando comenzó a sentir sed. Al encontrarlo decidió que no se alejaría mucho de ahí porque podría echar en falta el agua, pero sin duda no fue la única que pensó así, además, cuando Fer tuvo oportunidad de pensarlo y analizarlo, llegó a la conclusión de que no debía haber muchas fuentes de agua alrededor. Porque los primeros tres días, escondida como estaba cerca del río, vio a varios participantes pasar por allí y beber del río.