La senda de las Flores [la senda #1]

12

—Debería advertirte —comentó Keveth sin soltar la mano de Fernanda—. Es la humana más simple que me ha tocado entrenar —Fer le fulminó con la mirada, pero nadie pareció reparar en ello. Para ser ella el centro de todo el alboroto, en realidad parecía como si nadie le estuviera prestando verdadera atención.

—Me gusta juzgar por mí mismo, ya sabes —comentó Walden al tiempo que sus ojos abandonaban a Keveth y por fin se centraban en Fer. Tenía ojos grises y parecían sabios y juguetones al mismo tiempo. La estudió un instante y luego dijo—. Ciertamente es pequeña, pero no juzgamos por tamaño —Keveth sonrió.

—No es solo el tamaño. Ella es un poco... —Keveth soltó su mano e hizo un ademán con la suya en el aire, como buscando la palabra correcta para definir a Fernanda—. Insoportable —Fernanda no pudo contenerse más, abrió la boca y contorsionó el rostro en una mueca de ofensa.

—Estoy aquí, ¿sabes? No deberías hablar de mí como si no pudiera escucharte. ¿No te la pasas diciendo que las hadas son todo modales y respeto? —A su comentario le siguió un silencio. Keveth no la miraba, sin embargo parecía aún estar conteniendo su sonrisa. Fernanda paseó la mirada a su alrededor, como intentando encontrar la causa de tan angustioso silencio, pero entonces reparó en que todos los ojos estaban fijos en ella.

—Justo lo que decía —comentó Keveth y Walden sonrió.

—¿Me la prestarías? Solo unos minutos.

—Toda suya.

Fernanda estaba horrorizada, molesta y confusa por igual. Seguían hablando de ella como si no estuviera presente y peor, como si fuera algún objeto que podían intercambiar. Intentó capturar la mirada de Keveth pero este parecía ignorarla a propósito. Walden le hizo un ademán para que lo siguiera y de inmediato todas las hadas antiguas y jóvenes del local hicieron espacio para que pasaran. Walden la condujo hacia la barra y luego tras de una puerta al otro lado.

Entraron en un pequeño estudio. Todo era hecho de madera y algunas enredaderas se abrazaban a las paredes. El estudio tenía una pequeña ventanita abierta por la que entraba una ligera brisa refrescante. Walden caminó hacia una estantería y la abrió. Fer pudo observar frascos de diferentes tamaños con contenidos líquidos de diferentes colores.

—Espero que no te sientas intimidada por el nombre de mi negocio. Es un pequeño chiste —comentó Walden mientras rebuscaba entre los frascos.

—Pues la verdad no entiendo el chiste.

—Por supuesto. Es un chiste interno. Te contaría la historia pero la verdad, no creo que necesites conocerla.

—¿Qué quiere de mí?

—Hace mucho que no estoy en contacto con un humano. La reina Beth —Hizo una pausa mientras se giraba a mirarla—. Imagino que debes conocerla. Ella debió darles la bienvenida a Daha cuando fueron seleccionados —Fernanda asintió, conocía a la reina pero solo hasta entonces se enteraba de que su nombre era Beth—. Bien, pues la reina Beth prohibió las excursiones al mundo humano hace ya mucho. Fue una de las primeras normas que impuso. Además los humanos del torneo casi nunca son traídos a Flores, la mayoría de hadas jóvenes creen que pueden sentirse intimidadas.

—¿Cada cuánto se realiza el torneo? —preguntó Fer, porque hasta donde recordaba Keveth le había dicho que él consideraba necesario llevar a sus humanos a Flores, lo cual quería decir que Fernanda no debería ser la última humana en mucho tiempo estando allí, pero el antiguo hablaba como si hubieran pasado milenios desde la última vez que vio a un humano.

—Esa es una pregunta para Keveth —contestó él, con aquella costumbre hada de evadir las preguntas más interesantes—. Solo debes saber que me interesa mucho tu opinión sobre esta bebida. La desarrollé hace algún tiempo y no había podido probarla.

—¿Por qué debería hacerlo? —Walden le estaba tendiendo un frasco con un líquido color rosa pálido. Estaba segura de que no quería beberse eso. Parecía una especie de experimento del antiguo y luego de haberlo visto batallar mágicamente de aquella forma estaba segura de no querer beber nada que él no hubiera probado antes. El sujeto sonrió.

—¿Por qué no deberías hacerlo?

—Oh, quizás porque no es seguro y podrías matarme. Quizás porque parece que a las hadas les divierte hacerles bromitas pesadas a los humanos. Hay tantas razones.

—Keveth tenía razón, eres simple e insoportable. Aun así hay algo que no me dijo, no sé por qué, pero no te hubiera traído aquí si no considerara que hay algo en ti que vale la pena.

—O quizás solo me trajo porque es igual de cruel que todos ustedes y quiere divertirse con mi humillación.

—¿Divertirse con tu humillación? ¿Keveth? Por todas las flores de Daha, te aseguro que no. Keveth te trajo por un millón de motivos, estoy seguro, y ninguno es para verte humillada, aunque te aseguro que estoy intrigado. Bebe, por favor.

—¿Y si me rehúso?

—No creas que no he notado el trébol en tu oreja. Un soplo y tu protección sale volando, entonces quedarías a la merced de un antiguo. Te garantizo, prefieres colaborar que ser obligada por magia, bebe.

Fernanda tomó el frasco, sintiendo el cosquilleo de su trébol tras la oreja, entonces se le ocurrió algo.

—No me hará efecto. El trébol...




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