La senda de las Flores [la senda #1]

17

Había muchas razones para explicar el comportamiento de Fernanda durante todo el tiempo que duró la tercera ronda, y todas eran tan convincentes como lo eran de descartables. Al final del día, lo cierto era que no importaba demasiado, porque estaba obteniendo los resultados deseados.

No estaba muy segura de cuántos días habían pasado o cuántos faltaban para que la ronda acabara, quizás por aquella vez ni siquiera deseaba que terminara. Se sentía como una verdadera guerrera, como una aventurera, de hecho se sentía invencible.

Eran pocas las flechas que había desperdiciado y mucho lo que había corrido. Hasta aquel momento, mientras jadeaba con una mano apoyada en un árbol y el otro brazo pendiendo a su costado sosteniendo el arco, y el carcaj más liviano por las pocas flechas que para entonces tenía, se sentía dichosa, satisfecha en verdad.

Había librado tres batallas, la primera con un chico y las dos últimas con chicas. Las tres peleas las ganó y, con riesgo de pecar de vanidad, las ganó con bastante gracia y destreza. La última chica le dio más problemas y era por eso su cansancio, pero al final su energía prevaleció.

Fernanda se enderezó y soltó una carcajada. Deseaba con todo su corazón que Keveth estuviera allí viéndola, aunque de seguro lo estaba haciendo, pero lo que Fernanda deseaba era ver sus verdes ojos inexpresivos, sonreírle y espetarle por haber dudado de ella, aunque, ¿lo había hecho o solo se lo hizo creer? Sacudió la cabeza, tenía que dejar de pensar en tonterías. La tercera ronda todavía no terminaba y las palabras de la reina Beth seguían frescas en su mente. Quería más sorpresas de Fernanda y todavía tenía tiempo para dar más.

Por supuesto, primero debía descansar. Su última pelea fue con una chica un par de dedos más baja que ella e incluso un poco más delgada, pero la chica luchó como una fiera, eso Fer se lo reconocía. Se dejó caer en el suelo, se abrazó las piernas enfundadas en unos pantalones de tela elástica color lavanda y no soltó el arco por nada en el mundo.

Su tercera pelea la había encontrado casi un par de minutos después de terminar la segunda. La chica debía haber estado observándolas luchar, por eso Fer se sentía tan fatigada. La primera lucha fue un poco más rápida. La chica peleaba con una daga y, para poder atacar a Fernanda, debía acercarse, pero la lucha de Fernanda era de largo alcance. Había estado arrojándole flechas a la chica que corría a su alrededor, valiéndose de árboles, arbustos y rocas para protegerse. Hasta que tuvo que salir para poder atacar a Fernanda.

La dejó hacer. Hubo una pequeña lucha cuerpo a cuerpo y luego Fernanda encontró la forma de desarmar a la chica, arrojarla al suelo, tensar el arco con la flecha por sobre ella y soltar. Fue rápido, pero minutos después, mientras intentaba alejarse, la morena salió a su paso.

Esta peleaba con una ballesta, lo que casi las colocaba en igualdad de condiciones. Por suerte, recargar una ballesta tomaba más tiempo que recargar un arco. Sin embargo, la morena sabía manejar sus tiempos y controlar sus desventajas. La lucha se prolongó más de lo que Fer hubiera deseado y tuvo que recurrir a medidas desesperadas porque sentía que caería desmayada de cansancio en cualquier momento.

Salió a simple vista y la ballesta no se hizo esperar. Fernanda sabía que la heriría, pero pensaba que podía controlar el daño. Por suerte, así fue, la saeta de la ballesta se clavó en su hombro izquierdo, lo que le impedía levantar el arco y la hacía lucir indefensa. Su contrincante salió a su encuentro, recargando otra saeta en su ballesta. Fernanda sonrió mientras la miraba hacer y con su brazo sano apretó la flecha que tenía en esa mano, la había sacado antes de dejarse herir. «Un poco más», pensó Fernanda mientras veía a la chica acercarse, «un poco más».

La ballesta estuvo cargada, la chica apuntó, Fernanda se arrojó hacia adelante y clavó la punta de la flecha en su vientre. La ballesta se disparó y la saeta rozó el rostro de Fernanda. Sintió la picazón en la mejilla por la herida fantasma, pero trató de ignorarla. Barrió los pies de la chica, que cayó al suelo, mientras ella se colocaba en pie. La miró desde su altura y le sonrió.

—Excelente pelea —dijo, mientras que alzaba la misma flecha que había clavado en su vientre y que entonces clavó en su garganta.

Luego de eso se había alejado, hasta que ya no pudo más y se recargó en el árbol. Pasaría allí la noche, no se sentía con fuerzas de mover un pie más.

Cuando despertó tenía una sombra frente a sí. Primero pensó que podría tratarse de una nube, pero al parpadear contra la somnolencia comprendió que no era una nube, sino el contorno de una silueta. Su corazón saltó con adrenalina en su pecho, brincó sobre sus pies cuadrando el arco, pero de inmediato un relámpago de dolor descendió por el hombro herido. Soltó un quejido y unas manos le impidieron caer.

—Buenos reflejos.

Fer parpadeó por el dolor y trató de centrar su visión, el que tenía enfrente era Keveth. A pesar de que tenía el mismo semblante de siempre, inexpresivo y casi hermético, Fernanda pudo ver algo brillar con rapidez en los ojos verdes del hada. Antes de dejarse arrastrar por el agotamiento y el alivio de que la tercera ronda había terminado, pensó que ese brillo podría ser algo parecido a una felicitación.

El viaje hasta el complejo le pasó casi inadvertido. Cabeceaba en brazos de Keveth y, cuando llegaron a tierra, trastabillaba a cada paso. Al llegar a su habitación ni se percató de Doriat, que revoloteaba por el lugar, en cambio caminó hasta su cama y se dejó caer sobre ella, con carcaj, arco, suciedad y todo. Sin embargo, sintió dedos suaves que la despojaban de sus armas. Al principio no reaccionó, exhausta como estaba, hasta que sintió cómo le deslizaban la ropa fuera del cuerpo. Abrió los ojos, sobre ella estaba Doriat.




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