La senda de las Flores [la senda #1]

18

La despertó el sonido de varios golpes a su puerta. Se levantó un poco desorientada, refregándose los ojos y mirando en derredor. A juzgar por la luz que entraba del ventanal tras la cama, estaba comenzando a anochecer. Se levantó con un bostezo mientras golpeaban la puerta de nuevo, tomó el paño que continuaba arrugado sobre la cama y se envolvió el cuerpo con él. Sentía los ojos rojos, el cabello despeinado y la boca seca por el reciente sueño interrumpido y, cuando abrió la puerta, deseó haberse levantado veinte minutos antes de que tocaran para poder recibirlo mejor presentada.

Elliot estaba afuera, con una sonrisa ladeada. Al principio no notó nada raro debido a la sorpresa, pero luego de un segundo intentando comprender lo que pasaba, notó que la sonrisa del chico era tensa. Lo entendió nada más escuchar la voz.

—Adentro —«Lo siento», articuló Elliot con los labios mientras pasaba por su lado y un instante después Aziza salió de un costado y entró tras él. La advertencia de Keveth vino a su memoria y tuvo que contener el impulso de arrojarse a los pies de Aziza y suplicarle que pasara por alto el intercambio de mensajes que Elliot y ella habían mantenido.

Cerró la puerta. Elliot tomó asiento en su cama, luciendo tan incómodo como debía verse la misma Fernanda, Aziza, en cambio, estaba de pie con los brazos cruzados, mirándolos de forma reprobatoria.

—Así que díganme, ¿qué tienen en la cabeza? —Elliot la miró de forma sumisa, por algún motivo Fernanda tenía la sensación de que esa expresión era fingida.

—Sé que hicimos mal, ya me disculpé. Yo inicié todo esto, Fernanda no tiene nada que ver.

—No —Fernanda lo interrumpió, dando un paso hacia adelante pero intentando colocar un rostro dócil ante Aziza, no olvidaba delante de quién estaba. La principal rival de Keveth en aquella contienda y por encima de eso un hada femenina—. Yo también respondí, soy igual de culpable. Pero si sirve de algo, Keveth ya me llamó la atención y le prometí no volver a hacerlo —Aziza bufó.

—Elliot también lo prometió, pero para lo que me sirven las promesas humanas, ustedes pueden mentir.

—No mentimos sobre esto —Elliot los defendió a ambos, mirando a su guía de una forma dura, de una forma que de hecho hizo pensar a Fernanda que si ella llegaba a usarla en Keveth, este la mandaría a hacer mil abdominales. Pero, a diferencia de Keveth, Aziza no lució inexpresiva o molesta, en cambio miró a su pupilo como si quisiera creerle.

—No pueden seguir rompiendo las reglas de la reina. Ustedes son invitados en la tierra de las hadas, un gran honor, y compiten por uno aún mayor. Están entre los mejores, tú eres el mejor —afirmó mirando a su pupilo y olvidando la presencia de Fernanda por aquellos segundos. Fernanda no pudo evitar sentirse ligeramente celosa al ver a Elliot sonreír, ponerse de pie, tomar las manos de Aziza y besárselas. Keveth nunca le habría dicho que ella era la mejor o la hubiera mirado con dulzura, mucho menos habría tomado sus manos para besárselas. Los celos fueron reemplazados casi al instante por molestia. La próxima vez que lo viera estaba decidida a darle una patada en la espinilla—. Lo eres, lo sabes. Tienes todo para ganar, y en esta ocasión más que en ninguna otra necesito que así sea. Si no fueras tú —Aziza apretó las manos de Elliot y desvió la mirada hacia Fernanda—. Si no fueras tú, Elliot, les aseguro que yo misma los pondría frente a la reina. Ahora, nos iremos de aquí y ustedes seguirán siendo dos participantes que no saben ni sienten nada por el otro. ¿He sido clara? —Los dos asintieron, Aziza le sonrió a Elliot—. Bien, te espero afuera, sé breve.

Aziza salió de la habitación cerrando la puerta tras de ella. Fernanda no entendía muy bien lo que acababa de pasar. Les regañó por el intercambio de notas y los amenazó con denunciarlos a la reina, les prohibió volverse a hablar, sin embargo, salió y los dejó solos. La respuesta la tenía Elliot, luego de que su guía saliera, él miró la habitación, el ventanal, el armario, el suelo, cualquier lugar donde Fernanda no apareciera en su campo visual. Mientras clavaba los ojos en la visual del vidrio tras la cama, comentó.

—Le pedí a Aziza un favor. Que nos dejara hablar cinco minutos, solo una vez —Por fin fijó su atención en ella. Fer apretó el agarre de su paño, sintiéndose de pronto absurdamente desnuda.

—Me dormí después de bañarme y no me vestí —ella dijo, porque no sabía qué más decir, Elliot sonrió.

—Está bien, no tengo problemas. Me gustó tu nota —Fer sintió sus mejillas enrojecer.

—Oh, bueno, pensé que debería responder.

—Me alegra que lo hicieras.

—¿Alguna vez lo pensaste? —Fer lo miró, él arrugó el entrecejo, por lo que se apresuró en precisar—. Que las hadas de verdad existen y la magia, todas esas cosas que ves en una película hollywoodense. —Elliot rió.

—Supongo que lo pensé de chico. Pero luego uno crece y se concentra en otras cosas. La fantasía se queda encerrada en el cine, atrapada en un libro, asfixiada en un televisor. Nadie piensa que sea real, pero mira, lo es.

—Tengo una amiga que es una obsesa de todo eso de la fantasía —Fer sonrió mientras pensaba en el rostro juguetón de Mili—. Si estuviera aquí gritaría de la mañana a la noche correteando alrededor de las hadas y pidiéndoles que la lleven volando por todo Daha.

—Parece agradable.

—Lo es, la verdad es que comienzo a extrañarla un poco.




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