La senda de las Flores [la senda #1]

19

Doriat se retiró entrada la tarde, así que Fernanda tuvo plena libertad para vestirse y peinarse. Sin embargo, no alteró el atuendo que Doriat escogió para ella y siguió su consejo con el cabello. Cuando estuvo lista, se percató de que entre todo lo que habían hablado, Doriat olvidó mencionar un detalle importante: el lugar de la fiesta. ¿Tendría lugar en el salón de ceremonias, igual que la fiesta de unión de aquellas dos hadas guías? ¿La celebrarían al aire libre o en el castillo de la reina?

Salió de la habitación y bajó a la salida. Allí se topó con el resto de participantes y la joven comprobó que no era la única que no tenía claro el lugar de dicha fiesta. Estaban los siete concursantes restantes allí de pie, todos muy engalanados, a la entrada de un complejo para humanos en una tierra mágica, y estaban solos, o al menos eso creían.

No hablaban entre ellos, aunque Fernanda percibía cómo se miraban de reojo unos a otros, no así Elliot, quien la miraba de frente y ella a su vez a él. Incluso intercambiaron una pequeña sonrisa que borraron casi al segundo de esbozarla. El concurso seguía en pie, las reglas seguían en pie y estaban rodeados de enemigos, un paso en falso y serían descalificados igual que aquella pareja que Fernanda condenó al castigo, aunque nadie de allí lo sabía.

Para los otros seis participantes presentes, esos dos concursantes fueron encontrados en plena faena por un hada, no por otro participante que los denunció. Fer desechó aquel pensamiento, dándose cuenta de que la deprimía. Por más que Keveth le hubiera dicho que estaba bien denunciarlos, ella seguía sintiendo que era una jugada sucia, que los había condenado a un horror. Aunque solo habían sido devueltos al mundo humano o al menos la reina dijo que se les devolvería después de unos días en los límites de Daha, lo que fuera que eso significara.

El cielo se veía naranja cuando el aire empezó a zumbar. Todos empezaron a mirar en derredor intentando ubicar el motivo de aquel sonido, pero el motivo estaba por todos lados. Lo apreciaron cuando las pixies cesaron el aleteo y se detuvieron cada una frente al rostro de un participante. Fer las había visto con anterioridad, en la cena que la reina dio para sus favoritos y también en una ocasión en que Keveth usó una para comunicarle un mensaje. Sin embargo, en aquel momento la pixie no tenía espejo y se suspendía a solo cinco centímetros del rostro de Fernanda, por lo que la muchacha podía apreciarla en todo su esplendor.

La verdad era que pensaba en las pixies como frágiles mariposas, pero teniendo aquella de cerca se percató de que el único parecido con una mariposa eran las alas iridiscentes. El cuerpo era humanoide, rondando quizás los siete centímetros de alto. Sin embargo, parecía andrógino. A simple vista, Fernanda no era capaz de afirmar si la pixie frente a ella era mujer u hombre. Su cuerpo era liso, desnudo, y el pequeño rostro tenía una belleza exótica, sin definirse en ningún sexo.

—Sígueme, Fernanda.

La voz era igual de andrógina. Suave, como un murmullo traído por el viento. La muchacha obedeció y caminó tras la pixie que revoloteaba por el frente. Fer fue consciente de cómo los demás participantes seguían a su vez a las pixies que los guiaban. A medio caminar, Fernanda fue capaz de decir hacia dónde iban. Era el mismo camino que recorrió con Keveth para la cena en honor de los favoritos de la reina. Lo que quería decir que iban de camino al palacio.

Fer no entendía por qué tenían que ser guiados de aquella manera, pero lo atribuyó a las extrañas costumbres de las hadas. Cuando el palacio se perfiló ante ellos, notó que eran guiados a diferentes ritmos. Por delante de ella vio la espalda de Capteus y la asiática, a su lado estaba Elliot y una rubia que Fer había visto en contadas ocasiones. Se figuró que los dos restantes iban tras ellos. Cuando cruzaron las puertas, se fueron separando, siendo guiados a diferentes lugares del palacio, divididos por la misma formación en que fueron llevados.

—La reina vendrá a verlos —le dijo la pixie, acercándose todo lo posible a Fernanda para que esta pudiera escuchar su voz suave—. Tienen su consentimiento para hablar entre ustedes mientras esperan. Pero no sobrepasen los límites ni incumplan las reglas.

La pixie voló lejos del rostro de Fer y esta vio a las otras dos pixies desaparecer con ella por una ventana. Los dejaron en una especie de estudio, lo suficientemente amplio como para que pudieran caminar por él. Aunque Elliot se dejó caer en un sofá de cuero marrón que estaba bajo una ventana lateral. La rubia caminó hacia el escritorio, una superficie de madera pulida en donde descansaban dos jarrones con flores lilas.

No había estanterías de libros en aquel lugar, en cambio un par de cuadros adornaban la estancia. Fer vio paisajes y hadas revoloteando en ellos. Todas adornaban sus cabezas con una corona de cristal, dentro de la cual estaban atrapadas flores lilas. Fernanda alzó ambas cejas. ¿Serían aquellas hadas antiguos reyes y reinas de la corte de las Flores? La verdad era que no había abundancia de aquellos retratos, por lo que, si la respuesta era afirmativa, la corte de las Flores no habría tenido muchos reyes a lo largo de su historia.

—Este mundo es tan… llamativo —la primera en hablar fue la rubia. Estaba sentada en la superficie de la mesa. Llevaba un vestido azul celeste muy ligero y el cabello recogido en un moño alto que dejaba al descubierto su largo cuello. Elliot sonrió mirando hacia el suelo.

—Llamativo es una palabra muy pobre para describirlo. No creo que haya una palabra lo suficientemente digna para describir a este lugar y sus habitantes —Fer frunció el ceño.




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