La senda de las Flores [la senda #1]

21

Bailó gran parte de la noche, cosa que en el mundo humano no solía suceder. Fernanda nunca había sido muy buena para el baile y antes que hacer el ridículo prefería permanecer sentada a la mesa bebiendo el trago de turno o, de preferencia, en casa, con su gata en el regazo y alguna buena serie en la tele. Sin embargo, aquella noche no parecía ser ella misma y no estaba muy segura de qué lo estaba provocando. ¿La bebida de naranja morada? ¿El fantástico mundo hada? ¿La sonrisa cómplice de Doriat? Lo cierto era que el motivo poco importaba para cuando terminaba su segundo baile con Doriat.

La brisa fresca de la noche sopló mientras una canción alegre daba paso a una suave y Fernanda tuvo que excusarse porque no daba para más. Doriat le dejó un beso en la mano y se consiguió otra pareja de baile en un parpadeo. Mientras tanto, Fer se alejó del jardín. Necesitaba un respiro y, con las risas, la música y el murmullo de conversaciones, sentía que estaba abrumada e incluso como de vuelta a su mundo, en alguna aburrida fiesta a la que a medianoche se hubiera arrepentido de asistir.

—Por un segundo pensé que bailarías con Elliot —Fer se detuvo y examinó el lugar. Por aquella zona la iluminación era más pobre y solitaria, así que no supo quién le hablaba sino hasta que salió a su paso. Con un ligero sobresalto, Fer notó que el racimo de flores construido por las solitarias florecitas que Doriat se dedicara a arrancar y a entregarle yacía entre las manos de Keveth, que toqueteaba los pétalos y la miraba con cierto interés.

—Oh, no recuerdo haber perdido eso —Fer alargó la mano, pero Keveth no le entregó el racimo, en cambio extrajo una flor lila y se la tendió.

—¿Te diviertes?

—De hecho, sí —Fer toqueteó la florecita, Keveth tomó una roja en esta ocasión y se la tendió, ella la tomó mientras agregaba—. Casi podía sentir la mirada de Aziza y la tuya sobre nosotros. Prometimos no volver a hablarnos y es lo que haremos. ¿Puedes relajarte? —Keveth tomó una flor blanca y se la dio.

—Estoy relajado, solo hacía un comentario. Hay demasiada tensión en las miradas que se lanzan, si no tienen cuidado la reina podría notarlo.

—Pero solo puede descalificarnos si hay prueba de que cedimos a algún instinto o de que tenemos alguna relación y no es el caso —Keveth sonrió mientras tomaba una flor azul, Fer la contempló antes de tomarla porque le recordaba a la flor azul regalo de un antiguo, pero luego la tomó y nada sucedió. Además, la sonrisa de Keveth parecía real, y eso era más perturbador que alguna flor con poderes mágicos que la dejara dormida eternamente.

—Eso es cierto. Pero si se llegaran a dar las situaciones correctas en el momento preciso, te aseguro que ambos cederían a sus instintos y nadie puede prohibirle a la reina o a cualquier otra hada mover los hilos que puedan crear esas situaciones —Fer estrujó las cuatro flores que Keveth le había dado: lila, roja, blanca y azul. Se convirtieron en un amasijo de pétalos que le tiñó las manos.

—Oh, verdad, olvidaba lo que a las hadas les gusta jugar con los humanos.

—No puedes culparnos, ustedes lo dejan muy fácil.

—¿Ah, sí? —Keveth dejó caer el resto de flores de sus manos.

—Es justo lo que estoy diciendo —Fernanda se cruzó de brazos, intentando poner la misma cara de inexpresión de Keveth y finalmente dijo.

—Una adivinanza para ti —En esa ocasión no sonrió ni mostró ningún tipo de reacción, como siempre, pero había un brillo de interés en sus ojos oscurecidos por la falta de luz—. Un torneo no querido ganará, una decisión no deseada tomará, un profesor no deseado ignorará y todos al final sorprendidos por ella estarán. ¿Quién es?

—¿Es una adivinanza o una premonición?

—¿Tú qué piensas? —Se miraron un instante, entonces él elevó los brazos y acercó sus manos al rostro de Fer. La corona de flores se había torcido por el baile y Keveth la enderezó, luego le apartó el cabello tras los hombros y la miró un segundo como si estudiara su imagen. Finalmente pasó por su lado y se fue, sin decir o hacer nada más.

Antes de iniciar la cuarta ronda les dieron un día más para que descansaran de la fiesta anterior. Al levantarse al día siguiente, Fer permaneció un rato tendida en la cama rememorando todos los detalles de la noche anterior. Había cosas que para ella no terminaban de tener sentido, pero a esas alturas sabía de sobra cómo se comportaban las hadas como para atreverse a hacer una pregunta. En defensa de Keveth y Doriat, era posible que ellos no supieran más que ella

Para Fernanda, todo el tema de la profecía en la coronación de la reina le resultaba extraño. ¿Qué clase de profecía era esa de que en algún momento su reinado y su propia vida peligrarían? ¿Cómo era posible si Doriat le había dicho que eran inmortales? ¿Acaso existía una forma de matar a un hada? Fernanda se imaginó un camión cargado de hierro en polvo y bañando hadas con él. Por otro lado, ¿cómo sabía la reina en qué momento buscar un heredero? ¿Acaso el cumplimiento de la profecía se acercaba o era todo solo un simple capricho real? Pero la pregunta más importante de todas era: ¿Por qué a ella siquiera le importaba todo el asunto?
Era cierto que las hadas estaban metiendo a los humanos en medio de toda su problemática política, pero a pesar de eso después se irían de allí, así que, ¿por qué tenía que siquiera perder el tiempo pensando en ello?

Se duchó luego de un rato y bajó a desayunar. El comedor estaba prácticamente desierto salvo por Capteus, que, sentado en una de las mesas centrales, devoraba un tazón lleno de manzanas. Fer se sirvió un par de frutas dispuestas en los dispensadores y se preguntó una vez más quién los llenaba. ¿Pixies, hadas normales, magia? Luego de comerse su desayuno salió a caminar por los alrededores. La adivinanza dicha e inventada solo para Keveth estaba comenzando a atormentarla. ¿Cómo se le ocurrió decir tal cosa? ¿Darse por ganadora cuando aún le faltaban seis participantes por vencer?




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