En las rondas anteriores, Fernanda tuvo tiempo suficiente para aclimatarse y prepararse para lo que tenía que enfrentarse. Minutos de caminata, horas de descansar junto a la sombra para trazarse una estrategia. Sin embargo, parecía que eso no iba a suceder para aquella última ronda. Keveth no exageró, les darían menos tiempo y más peligros a los que enfrentarse.
La parte de los nuevos obstáculos ella podía entenderla. Era la naturaleza de las hadas después de todo, regodearse en el sufrimiento humano, reírse ante la desesperación y tristeza humana. Por otro lado, la parte del tiempo era la que la intrigaba. Según Doriat, las hadas eran eternas, por lo que, si tenían toda una vida sin final, ¿por qué molestarse en acelerar las cosas? Claro que quizás aquello respondiera más a la fragilidad de la vida humana que a la de ellas. Después de todo, Fernanda estaba segura de que ni la reina ni nadie de su corte deseaba ver a un montón de ancianos lanzándose golpes suaves unos a otros.
Casi estuvo a punto de reírse al vislumbrar aquella imagen cuando el susurro llegó hasta sus oídos. Parecía la voz de una mujer y solo pronunciaba una palabra: Fernanda. Cargó una flecha en el arco y examinó la zona. Todo parecía normal. Un caminito de tierra se abría paso por entre frondosos matorrales salpicados de flores blancas. El susurro continuaba, como traído por el viento e invitándola a avanzar por aquel camino.
Dio un par de pasos, intrigada por lo extraño de la situación, pero entonces se detuvo. Keveth le había advertido que la reina incluyó algo de magia para esa última ronda. ¿Podría ser acaso que aquel susurro era parte de esa magia? ¿Una especie de magia para hacerla caer en una trampa? Bajó el arco, aún con la flecha en él, mirando hacia el camino sin dejar de escuchar el murmullo.
Regresaría sobre sus pasos e ignoraría todo aquello. Esa fue la decisión que tomó en un pensamiento o al menos lo fue hasta que una pequeña luz le dio en los ojos. Alzó la vista y, aunque estaba a distancia y se movía a velocidad, Fernanda supo que se trataba de una de las pixies sosteniendo aquellos espejos mágicos con los que la reina y las demás hadas podían observar el torneo. Fernanda se lo pensó mejor. La reina no quería verla vagar por toda la zona hasta que se diera de bruces con algún concursante, la reina quería un espectáculo. Quería reírse, aplaudir, gritar y gemir de emoción. Aun sin estar segura de ello, algo le decía que si se enfrentaba a alguna de aquellas trampas mágicas y salía ilesa de ella, tendría algún tipo de punto extra, una ventaja o algún tipo de premio aparte. Así que asió con fuerza su arco y se adentró por el caminito de piedra.
Conforme avanzaba, el susurro se fue desvaneciendo, pero en cambio un olor le comenzó a llegar. Un olor dulce que le hacía cosquillas en la nariz y le hacía la boca agua. Se sintió un poco mareada, como una drogadicta siendo expuesta al objeto de su deseo. Aceleró el paso, los matorrales se hacían cada vez más densos y los árboles más frondosos. La luz del sol se colaba muy poco y casi daba la impresión de que el camino seguido se había adentrado en una especie de túnel natural hecho de árboles y arbustos altos. Entonces llegó por fin a un claro. Había en él una larga mesa rodeada de sillas vacías. Sobre la mesa estaban dispuestos los más coloridos y apetecibles alimentos. Fernanda se acercó bajando su arco y guardando la flecha en el carcaj.
Había allí alimentos que no había visto desde que fuera arrastrada hasta Daha por Keveth y Doriat. Vio panecillos espolvoreados con azúcar nevada. Vio vasos con gelatina y quesillos. Fuentes de chocolate y bandejas de fresas listas para ser remojadas en él. Había vasos rellenos de diferentes capas de pasteles y natillas. Cremas, yogures y manjares sin fin. Sin darse cuenta de que lo hacía, su arco cayó al suelo, sus ojos estaban perdidos por todas las delicias de la mesa. Deseaba comerlas, era lo que más deseaba en el mundo. Alargó la mano, a punto de tomar un ponquecito de chocolate cubierto de crema blanca y con una cereza en la punta, pero su mano se detuvo a medio camino. En su mente escuchó una voz, una voz espeluznantemente parecida a la de Keveth.
«¿En serio, Fernanda? ¿Todo este camino recorrido para tirarlo por la borda por un ponqué?»
«Pero soy una pastelera». Ella deseaba responderle al Keveth real, con su mano temblando en el aire, a centímetros del ponqué. «Amo los dulces y debo dar mi opinión sobre los de Daha».
«Eres tonta si crees que esto es real».
La voz de Keveth se desvaneció. Pero la mesa de postres seguía estando allí, pareciendo tan real como la misma Fernanda. Sin darse cuenta, su frente se había perlado de sudor y un ligero dolor le recorría el brazo por tenerlo tanto tiempo en el aire. Lo dejó caer junto a su cuerpo. Contempló la mesa con una mezcla de anhelo y miedo. ¿Había una trampa allí? ¿En qué consistía?
—¿A quién debo esperar? —Fernanda habló en voz alta mientras se hincaba y recogía su arco—. ¿Hansel y Gretel o la bruja malvada?
Se giró hacia la izquierda, reuniendo todas sus fuerzas para no ceder a su deseo. Se alejó de la mesa internándose en la oscuridad. Caminó varios minutos, sintiendo como si el aire le faltara, su estómago protestaba y los pies comenzaban a dolerle, cuando creía que no podría más, salió por fin de los frondosos ramajes y tomó una bocanada de aire mientras se dejaba caer al suelo y rodaba por el pasto verde. El cielo estaba oscuro y lucecitas brillaban. Se dio cuenta de inmediato, mientras estaba tendida allí, de que el ambiente había cambiado. Ya no se sentía sofocada y cansada y el aire era menos denso y más refrescante. Era como si desde el momento en que decidió alejarse de la mesa, todo la hubiera obligado a volverse, pero ella no lo hizo.