La senda de las Flores [la senda #1]

25

—Esto es inesperado —Fer apartó su mano de la de Keveth como si su agarre le quemara. Apartó sus ojos del chico y en primera instancia los centró en la reina, que miraba a los dos con interés—. Pues en efecto, querido Keveth, no pondré ninguna objeción a tu decisión y recuerdo muy bien tu promesa, aunque no era esto lo que esperaba. Pero confío en tu criterio, siempre lo he hecho, si consideras que Fernanda es la princesa que necesitamos, doy mi autorización para que así sea —Fernanda miró hacia la congregación, su ritmo cardíaco se sentía desfasado, su cabeza bullía y sentía que podía desmayarse de un momento a otro. Las palabras de Walden cobraron sentido: «Si algún día vuelves al mundo humano».

—Alto —Fer alzó las manos, como si se encontrara en medio de un juego de básquetbol y pidiera un alto para planear una estrategia—. ¿Están hablando en serio? ¿Todo esto es en serio? ¿Yo... hada? —Sabía que su voz sonaba más alta de lo debido, pero no podía controlarse, aquello era de locos. Keveth la miró.

—¿Recuerdas aquel día en mi casa? ¿El cielo es azul? —Se miraron, Fer lo recordaba, las hadas no podían mentir, por lo que todo aquello en efecto debía ser real. Fer miró hacia sus pies, intentando ordenar sus ideas, una frase en el discurso de Keveth le vino a la mente, aunque no estaba segura de si se refería a lo de ser un hada o una princesa o si aplicaba para ambas: «Si es tu deseo».

—Si es tu deseo —repitió en voz alta y alzó la mirada, Keveth la miró con inquisición, la reina con una ceja alzada—. Eso quiere decir que no es una imposición, gané el torneo, pero puedo decidir no reclamar el premio, ¿estoy en lo correcto? —La reina soltó un suspiro y fue quien contestó.

—En efecto, no estás obligada a aceptar. Como bien dices, ganaste, y con ello viene el derecho a querer el premio o no. Por otro lado, ¿quién rechazaría la vida eterna y el título de princesa? Al menos en todo el tiempo que Daha ha existido, aún no tenemos constancia de que alguien nos haya rechazado. Si no, no seríamos tantos.

La reina soltó una risita a la que se unieron muchos de los presentes. Fer de inmediato buscó con la mirada a Doriat y este le sonrió. La conversación que tuvieron en el bar de Flores regresó a su mente: «¿Cómo se reproducen las hadas?» Pues tal parecía que ahora lo sabía. Así lo hacían, buscando humanos y concediéndoles favores, ¿pero era de verdad eso posible? ¿Acaso todos los allí presentes fueron humanos que luego se convirtieron en hadas?

—Esto no puede ser cierto —Keveth se acercó.

—Pero lo es, y por desgracia debes tomar una decisión —La reina sonrió.

—¿Decisión? ¿Es que acaso se puede dudar siquiera?

Fer sintió la ira bullendo en su interior. La sorpresa y la incredulidad esfumándose. Miró hacia la reina, hacia Walden y el resto de las hadas, luego sus ojos viajaron hacia los otros dos humanos que estaban allí con ella, Capteus y Elliot. A diferencia de antes, ya no parecían tan serenos e inmutables. Aunque no se habían movido de su lugar, ambos miraban hacia todos lados. Sus ojos viajaban hacia la reina, las demás hadas y en ocasiones hacia la misma Fernanda. De seguro por sus mentes también pasaban toda clase de interrogantes e incredulidad, pero en lo que a Fernanda respectaba, esa etapa tenía que ser superada de inmediato. Porque aquel día podía ver a la perfección cómo las hadas demostraban su maldad, sus dobles intenciones y sus verdades escondidas o tergiversadas.

Había sido arrancada de su mundo bajo un pretexto que ni siquiera le fue explicado del todo. Le prometieron un favor especial de la reina de las hadas sin explicarle nunca en detalle de qué se trataba. La hicieron entrenarse como si aquello fueran unas olimpiadas, un concurso de belleza o una cacería y todo para que al final se convirtiera en una de ellas. ¿Y dónde quedaba su vida entera? ¿Adónde se iban sus veinticinco años humanos vividos? Su negocio, sus planes, su gata, las personas que conocía, las cosas que le faltaban por vivir en el mundo humano.

Se enderezó intentando centrar su cabeza. Primero clavó su mirada en Keveth, luego examinó a los presentes y por último llevó sus ojos hacia la reina, que la miraba con inquisición. Fernanda tomó aire y dijo.

—No es mi deseo —sentenció, sintiendo algo parecido a la rabia y la indignación viajar por las hadas presentes—. No es mi deseo convertirme en un hada, no es mi deseo ser su princesa. Han jugado conmigo, me han omitido la verdad en vista de que no pueden mentir. No me interesa Daha ni la corte de las Flores, no me interesan sus favores. Lo único que quiero es volver a mi mundo, al mundo real. Donde puedes sentir al máximo cada emoción, donde no omites la verdad no porque no puedes mentir sino porque está mal. Donde, sí, es posible que no haya magia, al menos no como la de ustedes, pero hay otro tipo de magia. El esfuerzo que hacemos los humanos día con día por mejorar e intentar dar el todo por el todo, sin la ayuda extra de eternidad y magia. Quiero volver con mis conocidos, con la sonrisa de mi ayudante, con el maullido de mi gata. No quiero volver a saber nada más de las hadas.

Guardó silencio, su pecho subiendo y bajando. La reina se adelantó y la miró con un rostro inexpresivo, aunque tras sus ojos Fer podía ver la sombra de la inconformidad.

—Una sorpresa más. Parece que este torneo estaba destinado a ser inolvidable. Bueno, como sea, creo que es una lástima —La reina se volvió hacia la congregación—. De nuevo, no tenemos un precedente respecto a esto. Pero en vista de que todo el asunto del torneo y el ganador tienen como único propósito la creación y la unión a nuestro mundo de una nueva hada, considero oportuno nombrar un ganador por descalificación —La reina estuvo en silencio unos segundos, dejando que su decisión fuera procesada por los presentes—. No pienso desperdiciar todo un torneo, sobre todo cuando tengo la certeza de que cualquiera de los otros participantes hubiera abrazado con los ojos cerrados esta oportunidad única en la vida. Así pues, en vista de que Fernanda se ha descalificado a sí misma, tendremos otro ganador. En nombre del poder que me otorga la corona, nuestro segundo lugar, el valiente Capteus, será nuestro ganador —Primero hubo silencio y un segundo después un aplauso solitario se escuchó y pronto fue acompañado por otros más, algo aturdido Capteus se movió de su lugar y caminó hasta situarse junto a la reina. Esta alzó una mano llamando al silencio—. Bien, has escuchado todo lo anteriormente dicho, así que ya lo sabes, pero antes quiero aclarar un par de cosas. Como nuestra ganadora se ha autodescalificado, el nombramiento de Keveth como príncipe queda anulado, por consiguiente permanezco sin heredero. Capteus, no podemos olvidar que quedaste en segundo lugar, por eso no puedo otorgarte el poder de nombrar una princesa entre tus guías. Lo lamento —La reina miró hacia dos mujeres hadas entre los presentes, Fernanda supo que se trataba de las guías de Capteus, sin embargo, ellas no parecían disgustadas, al contrario, miraban a su pupilo con una sonrisa—. Así pues, Capteus, ¿aceptas recibir mi favor especial, convertirte en un hada, unirte a Daha, aceptarme como tu reina y acatar las reglas de la corte de las Flores? —Capteus miró hacia Fernanda y nada más percibir su mirada, ella supo cuál sería la respuesta del chico. Este miró hacia la reina y luego hacia las hadas del público, sus labios se ensancharon en una sonrisa.




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