La señora Yoko

La señora Yoko

Era como si el aire se hubiera vuelto gélido, pero no era eso; en realidad, solo era que estaba un poco más fresco de lo normal, como si tratara de recuperar un recuerdo, muy forzado y algo mundano, a decir verdad. Era tan difuso que quería esforzarme por alcanzarlo, pero a su vez, tal acción involucraba un ejercicio mental un tanto extenuante; al levantarme con desconcierto, la señora Yoko me miraba con cierta sensación perpleja, pero no era sorpresa, era como las situaciones quisquillosas que estremecen un secreto conjunto.

Vaya a saber que cada vez que despertaba aún podía ver las pequeñas burbujas transparentes, azules, rosas, amarillas y verdes, como aquellas que se impregnan en las fotos cargadas de emoción pero que solo yo podía ver; me erguía de la esquina del cuarto y tomaba el pequeño jarrón de jade, estaba frío y muy liso, y entonces un líquido rojizo emanaba un delicado vapor que se adhería a la taza como un suave susurro.

Degustaba el té, despacio, con un cuerpo ligero, frente al océano, y la señora Yoko, a mi lado, hacía pequeñas bolas de arroz, diminutas; y aunque sentía cierta curiosidad, en realidad, me daba pereza descubrir por qué lo hacía, al final, nunca la había visto comérselas o guisarlas, solo observaba el pulpo frito que cocinaba cuando hacía esas pequeñas bolas. Entonces, cuando ya no me interesaba volver a mirar, mis ojos se paralizaban ante el paisaje: el gran árbol de durazno al frente del ventanal se mecía con ritmo y gracia, pero con una profunda sensación de tranquilidad y comprensión, es por ello que, cada que caía uno de sus frutos, no podía evitar tomar uno para preparar algún postre, uno que ni siquiera necesitaría azúcar para endulzarse.

Con un poco de recelo, observaba cada movimiento de la señora Yoko, pero parecía que simplemente miraba algo conjunto; más sé que, en el fondo, la señora también me veía, como si se tratase de un análisis interminable entre los dos, más no me molestaba, y aunque a veces me agotaba, era simple: poco a poco reconocía que era un maldito cobarde egoísta y mentiroso.

Estaba aterrado de descubrir facetas mías que rompieran mis propios preceptos, mis propias reglas, el sentido del cual había prescindido durante mucho tiempo, y es que lo que más miedo me daba era saber que, de alguna forma un tanto inmadura, no quería perder a quien era; esto es, conocía a la perfección que dentro de lo que yo valoraba como importante existía un yo pasado tan funcional pero roto, que era útil, y ahora, era yo el ser más inútil y soso.

Me daba una profunda vergüenza, no las cicatrices, sino lo que eso significaba, y era aún más vivo el sentimiento de recelo al saber que me traicionaba a mí mismo con banalidades que no podía dejar de sentir; es por ello que, cuando la duda me invadía hacia ello, hacia las bolitas de arroz, prefería mirar las hojas del durazno, porque en ellas hallaría la certeza de algo tangible.

La señora Yoko arrimaba un pequeño cuenco de sopa, al parecer de calabaza con fideos y setas; era cálido, el tacto amaderado contra mis palmas, mis dedos contorneando la base y luego, mis ojos se posaban en el caldo cafesoso. Sin decir más, tomé un sorbo, sintiendo cómo bajaba ese líquido caliente por todo mi esófago hasta el estómago, era como un abrazo interno; y entonces, otra vez, la señora sonreía ligeramente cuando pretendía no voltear a verme.

Entre todo, a pesar de que fuese un joven fracasado, ella, de alguna manera —eso quiero creer—, me veía como un niño perdido, ensimismado, confundido, desorientado del sí, del yo, del él, de lo que fuese, y era extrañamente cómodo; sabía que estos momentos serían efímeros, pero aun así, me preguntaba qué tanto es efímero ¿Cómo se mide el instante? o es que, ¿Quizá solo es el peso del reloj en el recorrido de la vida?

Entonces, sentía un tacto frío, rugoso; no, suave, granular, fresco: un pedazo de sandía se posaba en la mano de la señora Yoko. Como siempre, incluso si no era temporada, había sandía en la mesa, dulce por el verano, y con miel si era invierno, al igual que los camarones fritos; siempre recordaba eso, aun cuando a mí me daba igual. Me daba vergüenza agradecer con un corazón desgarrado, así que solo podía sonreírle débilmente, y en un silencio tan gentil, los pajarillos cantaban con tranquilidad y después se alborotaban con la llegada de Odi; el gato de la señora Yoko, y eso era especial porque tal como un eclipse, escuchaba la risa suave de la señora y yo sonreía a la par.

Al ver el reloj en el estante contiguo al televisor, me di cuenta de que era esa hora especial, y entonces, incluso con zozobra, me permití decirle gracias a la señora Yoko, a Odi, a los pájaros, al durazno, al océano y… a Dios, en completo silencio. Solo con la compañía de mis propios pensamientos, recité cada palabra minuciosamente, pero entonces, a pesar de ello, me disgustaba ese cambio, es decir, sentía que hablaba mucho, que decía mucho, que era muy escandaloso; y aun así, mencionaban que no podían leerme, que me faltaba expresarme, pero, si siento que soy tan ruidoso, ¿Cómo es que no lo soy?

Al despertar, de nuevo me encuentro en mi habitación; es cálida y fresca, el viento mece las cortinas con rudeza, y al fondo de la ventana derecha puedo notar un paisaje maravilloso: las nubes son suaves, esponjosas y se mueven con delicadeza, mientras que los árboles bailan en dirección de la brisa, el sol se posa como los colores vivos del verano y los pájaros se pasean anunciando que están presentes.

Siento un poco de confusión, de nuevo; incluso cuando dormí, no puedo dejar de sentir cierta pesadez, ese cansancio interminable que me agota hasta dormir de nuevo, y ahora ya ni siquiera los analgésicos básicos me ayudaban, solo podía pedir que me quitaran este dolor que incluso me paralizó el cuello. Más al voltear al pequeño taburete al lado de la cama, me encontré con un vaso, tenía hielo y era rojo, y al acercarlo para oler la fragancia pude darme cuenta: era la infusión casera de la señora Yoko; menta y frutos rojos, y a pesar de que siempre tomara el té caliente, a pesar de que este estuviera bañado en un vapor frío, me hizo sentir sereno.



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En el texto hay: misterio, bornout

Editado: 10.07.2026

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