Elara nunca había creído en la magia.
Para ella, las historias sobre hadas que vivían en bosques encantados, brujas capaces de mover objetos con las manos y criaturas que aparecían durante las noches de luna llena eran solamente eso:
historias.
Cuentos que los adultos inventaban para entretener a los niños.
Leyendas que aparecían en libros antiguos.
Nada más.
Aquella mañana, como cualquier otra, Elara se despertó con el sonido de su despertador.
—Cinco minutos más... —murmuró, escondiendo la cara debajo de la almohada.
—¡Elara! —gritó su madre desde el piso de abajo—. ¡Vas a llegar tarde!
Elara abrió un ojo.
Miró el reloj.
Se quedó completamente quieta.
—¡No!
Saltó de la cama.
—¡¿Por qué no sonó la alarma?!
Corrió por su habitación buscando su uniforme, mientras intentaba peinarse al mismo tiempo.
Su habitación era pequeña, pero acogedora. Tenía fotografías pegadas en las paredes, una estantería llena de novelas y varias plantas junto a la ventana.
Una de ellas llamó su atención.
Era una pequeña planta que llevaba meses sin crecer.
Elara la había cuidado desde que la compró, pero nunca había conseguido que floreciera.
Sin embargo, aquella mañana tenía una pequeña flor blanca.
—¿Qué...?
Se acercó.
La flor se abrió lentamente frente a sus ojos.
Elara frunció el ceño.
—Eso es imposible.
La tocó con la punta del dedo.
En cuanto lo hizo, una pequeña chispa violeta apareció entre sus dedos.
Elara retiró la mano de golpe.
La chispa desapareció.
—Debo estar soñando.
Miró nuevamente la flor.
Seguía allí.
Perfectamente abierta.
—Elara —volvió a gritar su madre—. ¡Ahora sí vas a llegar tarde!
—¡Ya voy!
Elara tomó su mochila y salió corriendo.
No volvió a pensar en la flor.
Al menos, no durante las siguientes horas.
El día transcurrió con normalidad.
Clases.
Tareas.
Amigos.
Risas.
Nada extraño.
Hasta la última hora.
Elara estaba sentada junto a la ventana cuando sintió algo extraño.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Miró hacia afuera.
El cielo estaba despejado.
Pero, durante apenas un segundo, vio una luz violeta atravesarlo.
Parpadeó.
Ya no había nada.
—¿Estás bien? —preguntó una compañera.
—Sí.
—Pareces asustada.
—Creo que vi algo.
—¿Qué cosa?
Elara volvió a mirar por la ventana.
—No lo sé.
No quiso decir nada más.
Cuando terminó la jornada, salió del colegio y comenzó a caminar hacia su casa.
El aire estaba extraño.
Demasiado pesado.
Las calles estaban más silenciosas de lo habitual.
Y entonces volvió a sentirlo.
Una presión en el pecho.
Como si algo la estuviera llamando.
Elara se detuvo.
Miró a su alrededor.
Nadie.
Solo coches pasando y personas caminando.
—¿Qué me pasa?
Continuó caminando.
Pero mientras avanzaba, las luces de las calles comenzaron a parpadear.
Una.
Dos.
Tres.
Después todas se apagaron.
Elara se quedó inmóvil.
—No...
Un fuerte viento atravesó la calle.
Su cabello se levantó.
Las hojas de los árboles comenzaron a girar a su alrededor.
Entonces escuchó un sonido.
Una especie de susurro.
—Elara...
Se giró rápidamente.
—¿Quién está ahí?
Nada.
Solo silencio.
—¿Quién dijo mi nombre?
No obtuvo respuesta.
De pronto, una luz violeta apareció frente a ella.
Era pequeña al principio.
Como una luciérnaga.
Pero comenzó a crecer.
Elara retrocedió.
La luz se acercó hasta quedar frente a su pecho.
Y entonces desapareció dentro de ella.
Elara sintió que algo explotaba en su interior.
Cayó de rodillas.
—¡Ah!
Una energía desconocida recorrió todo su cuerpo.
Sus manos comenzaron a brillar.
Violeta.
Intensamente violeta.
—¡¿Qué está pasando?!
Intentó levantarse, pero una fuerza invisible la rodeó.
Las ventanas de las casas comenzaron a vibrar.
Los coches se detuvieron.
Los relojes digitales de la calle se apagaron al mismo tiempo.
Y sobre la ciudad...
el cielo comenzó a cambiar.
El azul desapareció.
Las nubes se volvieron violetas.
La luna apareció aunque todavía no era de noche.
Y alrededor de ella se formó un enorme círculo oscuro.
Un eclipse.
Elara levantó la mirada.
No podía respirar.
No sabía qué estaba sucediendo.
Pero alguien, en algún lugar muy lejano, sí lo sabía.
En un mundo que Elara desconocía...
una enorme torre se alzaba sobre una ciudad iluminada por cientos de luces mágicas.
Elaria.
Una ciudad que los humanos jamás habían visto.
En el centro de ella se encontraba la Academia de Lunaris.
Sus torres atravesaban las nubes.
Sus muros estaban cubiertos de símbolos antiguos.
Y aquella noche, todos los cristales mágicos de la academia comenzaron a brillar.
Los profesores salieron de sus habitaciones.
Los estudiantes abandonaron los dormitorios.
Las criaturas de la ciudad levantaron la mirada.
Una campana sonó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
La directora Morgana salió al balcón de la torre principal.
Su rostro perdió el color.
—No...
Una profesora se acercó corriendo.
—Directora, ¿qué está ocurriendo?
Morgana no respondió.
Miraba el cielo.
El eclipse había aparecido.
Después de siglos.
—¿Qué significa esto? —preguntó la profesora.
Morgana cerró los ojos.
—Significa que ella despertó.
—¿Quién?
La directora abrió lentamente los ojos.
—Eclipse.
La profesora palideció.
—Eso es imposible.
Editado: 20.08.2026