Elara no durmió aquella noche.
¿Cómo podía hacerlo?
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el mismo eclipse.
La misma luz violeta.
El mismo símbolo sobre su piel.
Y aquella voz.
La heredera ha despertado.
No sabía quién había hablado.
No sabía qué significaba aquella palabra.
Ni siquiera sabía de qué era heredera.
Solo sabía una cosa:
algo había cambiado.
Y no podía volver atrás.
—¿Quieres que te prepare un té?
La voz de su madre la sacó de sus pensamientos.
Elara estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas contra el pecho.
—No tengo sueño.
Su madre se sentó a su lado.
—Lo sé.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
Su padre permanecía junto a la puerta, observándola.
Desde que habían regresado a casa, ninguno de los dos había sabido qué decir.
Habían intentado llevarla a un hospital, pero antes de salir de casa las luces comenzaron a explotar una tras otra.
Después, el símbolo de su brazo había desaparecido.
Como si nunca hubiera existido.
—Tal vez fue una reacción extraña —dijo finalmente su padre—. Quizás deberíamos llevarte al médico mañana.
Elara bajó la mirada.
—¿Y qué voy a decirle?
—No lo sé.
—¿Que hice que las luces de toda una calle se apagaran?
Su padre guardó silencio.
—¿Que apareció un eclipse cuando todavía era de día?
Silencio otra vez.
—¿O que escuché una voz que me llamó heredera?
Su madre tomó su mano.
—No tienes que entenderlo todo esta noche.
Elara respiró profundamente.
—Pero yo quiero entenderlo.
Miró su brazo.
El símbolo ya no estaba.
—Porque siento que esto no terminó.
Su madre le acarició el cabello.
—Mañana será otro día.
Elara quiso creerle.
Pero en el fondo sabía que no era cierto.
A las tres de la madrugada, Elara finalmente consiguió quedarse dormida.
Y entonces soñó.
Estaba caminando por un bosque.
No era un bosque normal.
Las hojas brillaban con pequeñas luces azules y las flores se movían aunque no había viento.
A lo lejos podía escuchar agua.
Siguió el sonido hasta llegar a un lago.
En medio del lago había una enorme puerta de piedra.
Elara se acercó.
—¿Dónde estoy?
Una figura apareció detrás de ella.
Una mujer.
Llevaba un vestido largo y oscuro.
Su rostro estaba cubierto por una capucha.
—Llegaste demasiado tarde.
Elara retrocedió.
—¿Quién eres?
La mujer levantó una mano.
El símbolo apareció sobre la piel de Elara.
La mujer susurró:
—Eclipse te ha elegido.
—¿Qué significa eso?
La mujer no respondió.
La puerta del lago comenzó a abrirse.
Un sonido profundo atravesó el bosque.
Y entonces una segunda voz habló detrás de Elara.
—No la escuches.
Elara se giró.
Un chico estaba parado entre los árboles.
Cabello oscuro.
Rostro serio.
Ojos que parecían esconder demasiados secretos.
Cassian.
Elara no sabía quién era.
Pero en el sueño tenía la sensación de haberlo conocido antes.
—¿Quién eres?
Cassian se acercó.
—Alguien que sabe lo que viene.
—Entonces dime qué está pasando.
Él miró el símbolo de su brazo.
—No tienes idea de lo que despertaste.
—¡Entonces explícamelo!
Cassian abrió la boca.
Pero antes de poder hablar, el suelo comenzó a temblar.
La puerta del lago se abrió completamente.
Una oscuridad enorme salió de ella.
Cassian tomó a Elara del brazo.
—¡Corre!
—¿Por qué?
—¡Porque ya te encontraron!
Elara miró hacia el lago.
Dos ojos violetas aparecieron en la oscuridad.
Y una voz susurró:
—Eclipse ha regresado.
Elara despertó de golpe.
—¡Ah!
Se incorporó en la cama.
Estaba sudando.
Miró alrededor.
Su habitación.
Su cama.
Su ventana.
Todo parecía normal.
Hasta que escuchó un golpe.
Toc.
Elara se quedó inmóvil.
Otro golpe.
Toc.
Venía de la ventana.
Se levantó lentamente.
Apartó la cortina.
No había nadie.
Solo la calle vacía.
—Qué extraño...
Entonces vio algo en el cristal.
Una pequeña marca violeta.
El mismo símbolo.
Elara retrocedió.
Y antes de que pudiera reaccionar, la ventana se abrió sola.
Una corriente de aire entró en la habitación.
Las páginas de sus libros comenzaron a pasar rápidamente.
Una hoja salió volando y cayó frente a sus pies.
Elara la recogió.
Era una página que nunca había visto.
En ella había un dibujo antiguo.
Seis símbolos.
Y debajo de ellos, uno más.
Un eclipse.
Elara sintió un escalofrío.
En la parte inferior de la página había una frase escrita con tinta negra:
“Cuando la séptima casa despierte, el mundo mágico volverá a temer.”
—¿Qué...?
La puerta de su habitación se abrió.
Su madre apareció.
—Elara, ¿qué haces despierta?
Elara escondió rápidamente la hoja detrás de su espalda.
—Nada.
Su madre la observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
Pero antes de que pudiera decir algo más...
sonó el timbre de la casa.
Una vez.
Después otra.
Su padre apareció en el pasillo.
—¿Esperamos a alguien?
Nadie respondió.
El timbre volvió a sonar.
Elara sintió nuevamente aquella presión en el pecho.
La misma sensación de la noche anterior.
Algo estaba llegando.
Su padre bajó las escaleras.
—Quédense aquí.
Elara y su madre lo siguieron.
Cuando abrió la puerta, no había nadie.
Solo una pequeña caja negra colocada en el suelo.
Editado: 13.09.2026