Durante varios segundos, nadie se movió.
La casa estaba completamente a oscuras.
Elara podía escuchar su propia respiración y el latido acelerado de su corazón.
La única luz provenía del símbolo que había aparecido nuevamente sobre su brazo.
Violeta.
Brillante.
Vivo.
Su madre fue la primera en reaccionar.
—¿Quién es usted?
Morgana no apartó la mirada de Elara.
—Alguien que ha estado esperando este momento durante mucho tiempo.
El padre de Elara se colocó delante de su hija.
—No se la va a llevar a ninguna parte.
Morgana lo observó con tranquilidad.
—Entiendo que tenga miedo.
—¿Miedo? —repitió él—. Una desconocida aparece en nuestra casa de madrugada, dice que nuestra hija pertenece a otro mundo y pretende llevársela. Claro que tengo miedo.
Elara miró a Morgana.
—¿De verdad existe Elaria?
—Sí.
—¿Las hadas existen?
—Sí.
—¿Las brujas?
—Sí.
—¿Los vampiros?
Morgana hizo una pequeña pausa.
—También.
Elara sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas.
—Entonces todo lo que pensaba que era ficción...
—Nunca fue ficción —respondió Morgana.
Elara miró a sus padres.
Su madre tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Nosotros tampoco sabíamos nada —dijo ella.
Morgana negó lentamente.
—Y no tenían por qué saberlo.
—Entonces ¿por qué ella? —preguntó su padre—. ¿Por qué nuestra hija?
Morgana bajó la mirada hacia el símbolo.
—Porque hay magias que eligen a sus propios portadores.
Elara sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Morgana la miró directamente.
—Significa que tu magia no pertenece a ninguna de las seis casas conocidas de Lunaris.
Elara frunció el ceño.
—¿Seis casas?
—Sí.
—¿Y la séptima?
Morgana guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
—Eclipse —susurró Elara.
La directora asintió.
—La casa que fue borrada de la historia.
Elara no quería irse.
No porque no quisiera conocer Elaria.
La verdad era que una parte de ella deseaba hacerlo desesperadamente.
Quería saber qué estaba pasando.
Quería descubrir qué era aquella magia.
Quería entender por qué había una casa que parecía estar relacionada con ella.
Pero también tenía miedo.
Mucho miedo.
—¿Cuánto tiempo estaré fuera? —preguntó.
Morgana respondió con sinceridad.
—No lo sé.
Su madre se acercó inmediatamente.
—Entonces no irá.
—Mamá...
—No —dijo ella—. No sabemos quién es esta mujer ni qué pretende.
Morgana no discutió.
En cambio, sacó algo de debajo de su capa.
Era un pequeño cristal transparente.
Lo colocó sobre la mesa.
El cristal comenzó a brillar.
Y, de repente, apareció una imagen en el aire.
Una ciudad.
Una ciudad enorme.
Torres iluminadas.
Puentes flotantes.
Calles llenas de luces.
Criaturas caminando entre las personas.
Una mujer con alas pasó volando frente a una de las torres.
Más lejos, varias pequeñas criaturas luminosas se escondían entre los árboles.
Elara se quedó sin palabras.
—Elaria —susurró Morgana.
La imagen cambió.
Apareció un enorme lago de aguas cristalinas.
Después un mercado lleno de tiendas extrañas.
Luego un castillo.
Y finalmente una enorme academia.
Torres oscuras se elevaban hacia el cielo.
Sobre la entrada había un símbolo de luna.
—La Academia de Lunaris —dijo Morgana—. Allí aprenderás a controlar tu magia.
Elara observó la imagen.
Por alguna razón, aquella academia le resultaba familiar.
Como si hubiera visto sus torres antes.
—Yo soñé con ese lugar.
Morgana levantó la mirada.
—¿Qué?
—Anoche. Estaba en un bosque. Había una puerta... y un chico.
Morgana se quedó inmóvil.
—¿Un chico?
Elara asintió.
—Cabello oscuro. Parecía conocerme.
La expresión de Morgana cambió.
—¿Te dijo su nombre?
—No.
La directora respiró profundamente.
—No debes acercarte a él.
Elara frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas pertenecen a secretos que es mejor no despertar.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte ahora.
Elara cruzó los brazos.
—Entonces definitivamente voy a preguntarle quién es.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Morgana.
—Tienes más carácter del que esperaba.
Una hora después, Elara estaba frente a su habitación preparando una pequeña maleta.
Ropa.
Unos libros.
Su teléfono.
Una fotografía familiar.
Y la página misteriosa que había encontrado en su habitación.
La guardó cuidadosamente entre las páginas de uno de sus libros.
Su madre entró.
—¿Estás segura?
Elara se giró.
—No.
Su madre sonrió tristemente.
—Yo tampoco.
Se acercó y la abrazó.
Elara cerró los ojos.
—Voy a volver.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes estar segura?
Su madre se separó un poco para mirarla.
—Porque eres mi hija. Y no importa qué mundo exista allá afuera, siempre tendrás un hogar aquí.
Elara sintió un nudo en la garganta.
—Te quiero.
—Yo también.
Su padre apareció en la puerta.
Intentó sonreír.
—¿Lista para conocer un mundo lleno de vampiros?
Elara soltó una pequeña risa.
—No estoy segura de querer conocer vampiros.
—Bueno, al menos intenta no convertirte en uno.
—Papá.
Los tres rieron.
Por unos segundos, todo pareció normal.
Pero entonces...
Toc, toc.
Morgana esperaba abajo.
Elara respiró profundamente.
Tomó su mochila.
Y bajó las escaleras.
Morgana los llevó hasta un pequeño parque situado a pocas calles de la casa.
Editado: 13.09.2026