La Séptima Constelación

4. El incendio.

El príncipe desciende de su caballo con una calma que contrasta con la violencia que acaba de interrumpir. Sus botas tocan el suelo con firmeza, y cada paso que da hacia ellos parece medir el peso de su autoridad. El murmullo del pueblo se apaga poco a poco, como si la sola cercanía de su presencia obligara al silencio.

—¿Qué crees que haces? —pregunta, juzgándolo con una mirada severa. Nadie osa moverse. La figura del príncipe intimida por igual a guerreros y pueblerinos.

—Alguien tenía que ser castigado, mi señor —responde Vittorio, inclinando la cabeza. El gesto es imitado de inmediato por todos los presentes, que bajan la vista con sumisión.

—El único que saldrá castigado de aquí serás tú si no bajas ese maldito látigo.

La furia contenida en sus palabras no deja espacio para la duda. Vittorio la percibe con claridad y, sin atreverse a replicar, obedece. Sus manos se tensan un instante antes de guardar el látigo, como si con ello también tuviera que tragarse el orgullo.

—Será mejor que regreses al castillo.

—Pero, señor...

—¡Largo!

El grito del príncipe resuena con tal fuerza que cualquier intento de objeción muere. Vittorio no tiene más opción que acatar la orden. Cuando se aleja lo suficiente, los guerreros liberan a Jason y a Lucas. Ambos corren de inmediato hacia Helen y la ayudan a incorporarse con cuidado.

El príncipe observa la escena durante un breve momento. Luego dirige la mirada hacia ellos.

—¿Qué ha sucedido aquí?

—El campo que comenzaba a prosperar ha sido consumido por el fuego, mi señor. — Benjamín responde.

—¿Quedó algo intacto?

—Todo indica que no, pero sería justo esperar hasta mañana.

—De acuerdo. Pueden regresar a sus casas —ordena con tono firme.

Los pueblerinos no necesitan escuchar más. Uno a uno comienzan a dispersarse, todavía murmurando entre sí, lanzando miradas furtivas hacia el príncipe y hacia Helen antes de alejarse por los senderos del lugar.

—Todos... excepto tú, hermosa.

La última palabra cae con una suavidad inesperada y sin embargo su voz retumba en el interior de Helen con una fuerza que no logra comprender. Es una sensación extraña, incómoda, como si algo invisible se agitara bajo su pecho, consumiéndola en silencio. No siente el más mínimo deseo de hablar con él. Todo en su interior le pide marcharse, perderse entre los árboles, fingir que nada de esto ha ocurrido. Y aun así, su cuerpo no obedece del todo a su voluntad.

Se detiene y respira.

—Date la vuelta. — le ordena.

Con una lentitud cargada de resistencia, se da la vuelta. Jason y Lucas observan con confusión, pero regresan a sus casas junto a su padre con los ojos de los guerreros sobre ellos, confiando en el príncipe.

—¿Cuál es tu nombre? — da dos pasos más hacia ella.

—Helen. — mantiene la cabeza agachada mientras él la fulmina con la mirada.

—¿Por qué Vittorio estaba a punto de castigarte, Helen? — nadie había pronunciado su nombre con tanta presión y sutileza.

—Además de ser un patético inútil y un miserable bueno para nada, no sabría qué más responderle. — sube la mirada, pero la baja de inmediato.

—Qué lenguaje. — frunce levemente el ceño. No había conocido a una doncella que dijera alguna grosería jamás.

—Solo intentaba defender a mi padre de un castigo injusto. — aclara.

El príncipe no aparta su mirada de ella.

—Tengo la sensación de haberte visto antes. — camina a su alrededor, como si estuviera examinando cada uno de sus movimientos. Lo que hace que se ponga nerviosa porque sabe perfectamente que es cierto. — ¿Puedes mirarme a los ojos, por favor? — vuelve a estar frente a ella.

—No estoy segura de poder hacerlo.

—Hazlo — le ordena. Y solo así, Helen lo mira por tan solo unos segundos. Ahí es cuando se da cuenta de que ya había visto esos hermosos ojos azules. Aquella que tuvo la osadía de ponerse de pie entre tantos arrodillados. — ¿Por qué no me sorprende que seas la misma joven que intentó humillarme?

—¿Humillarlo? Creí que conseguiría algo más que eso. — Helen comienza a sacar su verdadero carácter.

—¿Ah sí? — cruza los brazos. — ¿Cómo qué?

—Como hacerle entender que no todos estamos a sus pies y que todavía existen personas que no le temen. — responde con ira.

Para Alan es surrealista escuchar estas palabras, ya que nadie había tenido el valor de decirlas jamás, al menos no en su presencia.

—¿Y por eso hiciste semejante cosa? Sabes que podrían matarte por ello, ¿verdad? — sigue acercándose.

—Pero sigo viva. — el príncipe no tiene claro qué le fascina más, si su osadía o su belleza. — ¿Piensa torturarme? Tal parece que eso es lo único que saben hacer. — lo mira a los ojos con valentía, desafiándolo.

Resopla, para no perder la cordura.

—Dejaré pasar tu falta de respeto esta vez… porque creo que puedes servirme de mucho. — se acerca demasiado y juega con un mechón que sobresale de su cara.

—¿Y en qué podría servirle una simple pueblerina a un príncipe? — se aleja de su alcance.

Alan sigue fulminándola con la mirada calmadamente.

—Estoy buscando información sobre una chica llamada Sylvie. ¿La conoces?

—No conozco a ninguna Sylvie. — dice la verdad.

—Pero puedes investigar. — el príncipe sigue caminando a su alrededor — Supongo que conoces este lugar mejor que nadie.

—¿Quiere convertirme en su espía? — sonríe y frunce el ceño. Tan solo la idea la aturde mucho.

—Más o menos, sí. — vuelve a estar quieto frente a ella.

—No puedo hacerlo. Ni siquiera sé para qué la busca.

—Entonces quizá debería llevarte al castillo para que Vittorio termine lo que empezó contigo.

—No creo que usted fuera capaz de hacer algo así.

—¿Tú que crees?

La pregunta apenas termina de pronunciarse cuando uno de los guardias desenvaina su espada y avanza un paso hacia ella.

—¡Está bien!... Está bien.




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