A unos pasos detrás de ella, Loana avanzaba con cautela, cada músculo de su cuerpo en tensión. Sus ojos recorrían el entorno con precisión, como si intentara desarmar cada rincón con la mirada. Su mano permanecía cerca de su arma.
—Esto no me gusta... — murmuró. Helen no respondió de inmediato. Su mirada estaba clavada al frente, fija en la estructura.
—A mí tampoco — dijo al fin, sin apartar la vista.
Cruzaron el umbral. El interior del templo estaba... perfecto. Las columnas se alzaban intactas, sin una sola grieta. No había polvo. No había abandono. Era demasiado perfecto.
Loana frunció el ceño.
—Esto no coincide con lo que vimos afuera.
Helen avanzó lentamente. Su mano se alzó y rozó una de las columnas. Sus dedos se deslizaron sobre la superficie... y algo en su expresión cambió.
—Es una ilusión —afirmó, con una seguridad que no dejaba espacio a dudas.
Loana giró hacia ella.
—¿Estás segura?
Helen cerró los ojos un instante y lo sintió. Más allá de la apariencia... había una distorsión. Algo oculto. Cuando abrió los ojos, la luz comenzó a reunirse en sus manos.
—Aléjate.
Loana retrocedió de inmediato. La energía creció. Helen alzó la mano y liberó la luz en una onda firme que atravesó el aire e impactó contra la estructura. Durante un segundo... nada ocurrió. Pero luego, todo se quebró. Las columnas se resquebrajaron con un sonido seco. El suelo se cubrió de polvo en cuestión de instantes. Las paredes se ennegrecieron, revelando grietas profundas, cicatrices del tiempo. La ilusión colapsó por completo y el templo verdadero emergió.
Loana tensó la mandíbula al observar el cambio. Helen bajó la mano lentamente, recorriendo con la mirada aquel nuevo escenario.
—Esto... es lo que estaban ocultando —murmuró.
—Pero ¿quién... o quiénes? —preguntó Loana, en voz baja.
—Buena pregunta.
Una voz masculina surgió detrás de ellas. Ambas se giraron de inmediato.
—Ah... hola —continuó, con un tono casi ligero— Me presento: Byron Dimou. Aunque probablemente me conozcan mejor como... el hijo de Bemus.
El silencio que siguió fue denso. El joven estaba de pie, completamente relajado, como si aquella escena no representara peligro alguno. Sus ojos negros brillaban con una intensidad inquietante... y su sonrisa, aunque elegante, tenía algo profundamente incorrecto.
—¿Impresionadas? —añadió, ladeando ligeramente la cabeza— Es comprensible. No todos los días se conoce al heredero del hombre que casi destruye su nación.
—Intentó destruirla —corrigió Helen — Pero falló.
Byron soltó una leve risa.
—Sí, algo escuché. Su obsesión con Ann lo llevó demasiado lejos... incluso para sus propios estándares.
Sus ojos se clavaron en los de Helen.
—Era mi padre. Pero eso no significa que estuviera de acuerdo con él.
Helen lo observaba, sin bajar la guardia. Había algo en él... algo que no encajaba.
—Así que, aunque creas que tengo razones para lastimarte —continuó Byron—, te aseguro que no es el caso. Llevo mucho tiempo esperándote.
—¿Esperándome? —Helen entrecerró los ojos— ¿Cómo sabías que vendría?
—No eres la única que conoció a alguien que veía el futuro.
El nombre de Cinco cruzó la mente de Helen como una punzada.
—Si eras lo que decían... —prosiguió él—, sabía que vendrías por venganza. Así que decidí adelantarte el trabajo.
—¿Qué trabajo?
La sonrisa de Byron se ensanchó.
—Eliminar a tus cazadores. A los dioses.
El entorno volvió a distorsionarse. Pero esta vez no era una ilusión perfecta. Era peor. El templo se llenó de cadáveres. Cuerpos esparcidos, inertes... incluyendo aquellos que alguna vez fueron considerados dioses. Helen sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones por un instante. Caminó entre ellos y observó.
Eran reales.
—Eran un problema —dijo Byron, con ligereza — Egoístas. Hipócritas. Así que los eliminé... por ti.
Helen se giró lentamente hacia él.
—¿Cómo sé que esto no es otra manipulación?
Byron rió, divertido.
—Soy bueno... pero no tanto como para borrar existencias así. Aún.
Helen apretó la mandíbula.
—¿Y ya? ¿Eso es todo?
—Oh, no —respondió él— Falta el más importante. Mi abuelo.
Loana cruzó los brazos.
—¿Y por qué no lo mataste tú?
Por primera vez, la expresión de Byron cambió... apenas.
—Porque me odia. Y porque hay que cruzar un mar... que incluso yo prefiero evitar.
—¿Le tienes miedo al mar? —ironizó Loana.
—A ese mar —corrigió él— Hay almas atrapadas allí... almas que me recuerdan. Y no con cariño.
Su tono seguía siendo relajado... pero algo en su mirada se volvió oscuro.
—Nadie entra ahí. Nadie sale.
Helen dio un paso al frente.
—¿Y qué te hace pensar que voy a ayudarte?
La sonrisa de Byron regresó.
—Porque no se trata de ayudarme a mí. Se trata de evitar lo que viene.
Sin previo aviso, la sujetó del brazo y el mundo se rompió. Visiones. Fuego. Gritos. Su pueblo. Su familia. Alan. Su madre... más vieja, más cansada... muerta. Todo destruido. Todos muertos. Helen jadeó al volver en sí.
Loana se acercó de inmediato, pero Helen la detuvo con un gesto.
—¿Lo ves? —susurró Byron, soltándola— Esto no termina aquí.
El temblor en el cuerpo de Helen no era de miedo. Era de rabia.
—¿Cómo lo evito? —murmuró, más para sí que para él.
—Únete a mí. Usa mi poder. Y destruyamos cada amenaza antes de que nazca.
Helen lo miró fijamente.
—¿Y qué ganas tú?
Byron sonrió, inclinándose apenas hacia ella.
—No soy una buena persona, Leny.
El apodo cayó como una provocación.
—Desde que nací, cargo lo mismo que tú. Soy el avatar de algo... que este mundo no entiende. Pero ahora... ya no tenemos que obedecer a nadie.
Sus ojos brillaron con algo salvaje.
—Podemos decidir quién vive... y quién no.
Helen no apartó la mirada.