La Séptima Constelación

38. Salva, escapa o muere.

Una hora antes.

Atravesando el mar junto a la tripulación esencial de Byron, Helen se mantenía serena, aunque su atención permanecía alerta ante cualquier cambio en el entorno. Las aguas se extendían oscuras y profundas a su alrededor, moviéndose con una calma inquietante que contrastaba con las historias que había escuchado antes de zarpar. Hasta ese momento, nada fuera de lo común había surgido ante sus ojos, nada que confirmara las advertencias de Byron.

Sin embargo, el frío se aferraba a su piel y un mal presentimiento crecía en su interior. Helen no dijo nada, pero su mirada se perdió brevemente en el horizonte, consciente de que aquella calma podía ser solo el preludio de algo mucho más oscuro.

Mira a Byron detenidamente.

—¿Asustado? — le pregunta al notarlo escondido y mirando al cielo con miedo.

—Ya te lo dije, no me gusta este lugar. — sigue viendo el oscuro cielo, como si esperara algo.

—Hasta ahora no he visto nada espeluznante, solo mar y viento.

—Porque hasta ahora no habíamos cruzado el límite. — le señaló hacia el frente. Allí, marcando la entrada de aquella zona peligrosa de la que Byron había hablado, se alzaban enormes estatuas de dragones. Las fauces abiertas y las alas extendidas daban la impresión de que en cualquier momento cobrarían vida, como guardianes antiguos de un territorio prohibido.

El ambiente se volvió aún más denso. Incluso el mar, que hasta entonces se había mostrado inquietantemente tranquilo, parecía contenerse ante su presencia.

—Son enormes. — Helen está embelesada. Para que logren verse en la superficie, deben ser muy altas. — ¿A esto le tienes miedo? — lo mira otra vez, frunciendo el ceño.

—No… a eso. —volvió a señalar al frente, y toda la tripulación preparó los cañones para defenderse.

Eran enormes criaturas, semejantes a pulpos gigantes, que se balanceaban en el aire mientras protegían aquellas aguas de los intrusos. En cuanto los detectaron, tensaron sus aletas y expulsaron una potente vibración contra el barco, haciendo que este casi se hundiera. Todos se agacharon instintivamente, y los tripulantes aprovecharon la oportunidad para disparar los cañones.

Byron se levantó e intentó usar su poder para protegerlos, pero aquellas voces polifónicas de las almas que lo atormentaban le provocaron un intenso dolor de cabeza que lo debilitó por completo. Helen lo observó y comprendió que, al menos en ese aspecto, la historia que él le había contado era cierta. Así que tenía que hacer algo.

Antes de que otra vibración pudiera alcanzarlos, alzó su magia y formó una capa de escudos sólidos que protegieron a todos dentro del barco. El brillo blanco entrelazado con tonos azules de su poder resultó un espectáculo imponente para los presentes. Aliviados, comenzaron a vitorearla, a celebrarla, a mirarla como a una diosa… incluso Byron.

Sin embargo, aquellas criaturas intensificaron sus ataques, golpeando con mayor fuerza hasta lograr que el barco se desestabilizara violentamente. Todos cayeron hacia un lado, incluida Helen.

Los escudos se desvanecieron, y el barco… ya no tenía salvación.

—¡Helen! — Byron grita, nadando hasta que logra verla. — Tenemos que salir de aquí. — empezaba a darse por vencido.

—No. —dijo sin más, reuniendo fuerzas para incorporarse nuevamente.

Con un movimiento firme de sus manos, se apoderó del barco, obligándolo a elevarse y recuperar su estabilidad. La madera crujió bajo la presión de su magia, pero obedeció.

—¡Suban! ¡Ahora! —ordenó con autoridad.

Quienes aún podían moverse obedecieron sin dudar, trepando con rapidez. Una vez todos estuvieron a bordo, ella alzó sus manos otra vez y desplegó un domo de luz que envolvió por completo el barco. La energía, brillante y firme, resistió los embates finales de aquellas criaturas, permitiéndoles avanzar con velocidad. Hasta finalmente, tocar tierra.

El domo se desvaneció lentamente, y por un instante hubo silencio… hasta que estalló en aplausos y gritos de alegría. La tripulación celebraba con euforia, conscientes de lo que acababan de lograr: se habían convertido en los primeros sobrevivientes de la furia del mar.

—Sabía que lo lograrías. — Byron le dice al oído a Helen. A lo que ella solo responde con silencio.

Un grupo de guardias se presentan frente a ellos apuntándoles con el filo de sus flechas desde una distancia prudente.

—Byron. — dice un anciano, quien Helen supone que es el abuelo de quien tanto habló. — Jamás pensé que tendrías la osadía de volver aquí. — tenía cabello blanco y un traje marrón con detalles bañados en oro.

—Ya lo ves, los Dimou cumplimos nuestras promesas. — la tensión era incómoda para todos los presentes. — Padre murió. De tu linaje, ahora solo quedo yo. Y estoy listo para reclamar mi trono.

—¿Tu trono? Después de lo que intentaste hacerle a nuestro pueblo no tienes derecho de exigir nada. — parecía enojado, hasta que uno de los súbditos a su lado le susurra algo. Y luego de eso, sus ojos se centran en la hermosa joven de ojos azules que acompañaba a su nieto. Helen. — Pero tengo una curiosidad... ¿cómo atravesaste el oscuro mar?

—Sabía que harías esa pregunta. Así que...abuelo, te presento a Helen Laurent. La poseedora de la séptima constelación de la que tanto hablaron los dioses.

—¡Y fuiste capaz de traer a semejante aberración a este santo lugar! — ahora sí estaba muy enfadado.

—Perdón dijiste ¿santo? Porque de santo no hay nada aquí. Hace 10 años me desterraste y te juré que volvería para ser rey.

—Un fenómeno como tú no puede serlo.

—Ella es la reina de Francia. Su gente la ama. — Byron señala a Helen. — Es lo que todo pueblo le debe a sus soberanos.

—No. El amor es algo que nunca tuviste… y jamás tendrás. —dijo con frialdad, antes de dar media vuelta y ordenar a sus guardias que atacaran.

La orden apenas se había pronunciado cuando Byron, dominado por la ira, reaccionó al instante. Su poder se desató con precisión letal, y en un solo movimiento logró cercenar las cabezas de cada uno de ellos antes de que siquiera pudieran acercarse.




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