La Séptima Constelación

39. Valium

Helen despierta, rodeada de una oscuridad absoluta. Se había golpeado con fuerza contra las ramas y el césped al caer, pero logró recuperarse con rapidez. Se puso de pie y alzó la mirada; con algo de magia, podría regresar a la superficie. Sin embargo, había algo que la impulsaba a quedarse, a descubrir los secretos que aquel lugar ocultaba.

El característico sonido de la bestia hizo retumbar los escombros. Helen creó una pequeña esfera de luz y avanzó con cautela por el camino. Tras recorrer unos pocos metros más, finalmente llegó a su guarida. A pesar de estar dormida, la criatura era tan grande e imponente como Byron la había descrito. Ahora comprendía de dónde provenía aquella apariencia: su creador no era inferior a ella. Sus tres cabezas se extendían tanto como el propio palacio, y con tan solo una de sus alas, sería capaz de aplastar una ciudad entera.

Sus tres cabezas se extendían tanto como el propio palacio, y con tan solo una de sus alas, sería capaz de aplastar una ciudad entera

—No puede ser... —estaba profundamente asombrada— Sí eres real —susurró. Aunque todo indicaba que debía marcharse antes de que fuera demasiado tarde, su instinto la obligó a acercarse aún más. Extendió la mano y tocó la dura e impenetrable textura de su piel.

Belmont, el grimorio de Ann, las guerras que habían abierto fisuras, los portales, las criaturas, los dioses... la presencia de Mohat, Bemus, Byron, Elle, Alan... y ella misma.

Todas aquellas historias estaban conectadas de alguna forma. Y eso fue precisamente lo que comprendió al tocar la piel de aquel dragón de tres cabezas. El Vaticano parecía ser el único lugar donde aún persistían amenazas para la seguridad de su nación. Aquella grieta que a Alan se le fue revelada pero que ahora, ella también vio. El papa había aceptado la conexión entre ambas naciones. Entre ambos mundos. Confiando en su instinto al creer que era el castigo de Dios contra el hombre por adorar a otros dioses.

Y lo supo entonces con certeza: debía regresar para cerrar esa grieta para siempre. Para destruir la iglesia.

Apartó la mano y se alejó, pero al darse la vuelta y comenzar a caminar, tropezó, liberando involuntariamente una onda de su poder. Aquella descarga, por desgracia, bastó para arrancar al dragón de su larga siesta. Sus huesos crujieron, y poco a poco empezó a moverse con una inquietante facilidad, hasta que una de sus cabezas abrió los ojos.

Byron también lo sintió en la superficie y corrió en busca de Elle.

—¿Dónde estabas? — él pregunta.

—Caminando por ahí, ¿tú qué tienes?

—El dragón, puedo sentirlo, ha despertado.

—¿Y qué con eso? ¿No era lo que querías?

—Sí, pero no ahora. Leny todavía está aquí.

—¿Leny? ¿Ahora le tienes sobrenombre? — se molesta — Deja las distracciones Byron y mantente cuerdo para nuestros planes.

—No recuerdo la parte en la que todo se haría a tu manera. Ni siquiera tenías cabeza, ni madurez para pensar con claridad.

—Tú tampoco, pero aun así aquí estamos. Helen no está de nuestro lado y ya me aseguré de que no sea un problema.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Dónde está? ¿Qué le hiciste? — Byron se enfurece.

—De verdad me sorprende que te preocupes tanto por ella.

—Me preocupa que no entiendas que vale más tenerla como aliada que como contraria. Tú no sabes todo lo que le hizo a mi padre. Navegó hasta aquí sola. Gracias a ella pude cruzar el mar. Un poder así es lo que necesitamos para abrir los demás portales.

—¿Y cómo pensabas hacer eso? Está muy claro que no lo iba a permitir.

Byron pasa la mano por su cabello.

—Solo dime qué hiciste, Elle. — intenta mantener la calma.

—La empujé al vacío. Hice con ella lo que supuestamente el abuelo había hecho contigo. Que mentiroso eres.

—No puedo creer que hayas hecho esto. Acabas de empeorarlo todo.

—No, primito. Acabo de ganar ventaja. Porque ella jamás saldrá de ahí. Valium no lo permitirá. Así que es mejor que empieces a cumplir tu palabra y hagamos lo que desde el inicio debimos. Yo ya comencé. — dice y se retira de su presencia, dejándolo muy disgustado.

Atemorizada, Helen comenzó a correr lejos de la bestia mientras esta se alzaba, destrozando todos los muros que la cubrían. No sabía hacia dónde ir; simplemente se internaba por el primer camino despejado que encontraba, mientras el dragón arrasaba todo a su paso, persiguiéndola sin descanso.

¿Había alguna salida en aquel laberinto? Helen esperaba que sí. Pero ¿por qué tendría que encontrar una, si podía crearla ella misma?

Mientras corría hacia un muro, formó enormes campos de poder y los lanzó una y otra vez, hasta abrir un gran orificio por el que logró salir hacia un campo vacío. Detrás de ella, la criatura desplegó sus alas, revelando por completo lo formidable y poderosa que era. Tras sobrecargarse de energía, el dragón lanzó fuego blanco desde sus tres fauces, del cual Helen logró protegerse.

Cuando el ataque cesó, reunió las fuerzas necesarias y desató un contraataque que alcanzó a herirlo, aunque no fue suficiente. Antes de que pudiera reaccionar de nuevo, la bestia la golpeó con una de sus enormes y pesadas alas, arrojándola lejos de su alcance.

Elle volvió a estar frente a la madre de las mantas, esta vez con un grimorio en las manos y una túnica oscura que la cubría casi por completo. — Mi Amara, mi alma. — toca la textura de su piel. — Es hora de despertar. — dice mientras aquella criatura también volvía de su extensa siesta.

Adolorida, Helen intentó ponerse de pie, pero el dragón la inmovilizó, aprisionándola contra el suelo con sus garras. No podía moverse. Sus tres cabezas descendieron lentamente, acercándose cada vez más a su rostro.




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