Helen no apartaba la mano de su abdomen. Aún intentaba comprender. Aún intentaba asimilar. Amara se irguió lentamente, alzándose de nuevo con toda su imponente presencia. Pero ya no había intención de ataque en ella. Como una marea decidió retroceder por voluntad propia.
Helen la observó, confundida... pero también consciente de que algo había cambiado. Amara dio un paso atrás. Su mirada —si es que podía llamarse así— permaneció fija en Helen durante unos segundos más, como si confirmara algo que solo ella comprendía. Y entonces, sin emitir aquel sonido infernal que la caracterizaba, comenzó a retirarse.
El suelo se abrió nuevamente. La grieta que antes había surgido ahora se formaba como un portal que reclamaba a su creadora. Amara descendió hacia ella. Pero antes de desaparecer por completo, se detuvo apenas un instante, como si dejara algo atrás.
Y entonces, se fue.
La grieta se cerró y el silencio volvió. Pero esta vez... era real. Helen permaneció de pie, aún procesando lo ocurrido. Su mirada seguía fija en el lugar donde Amara había desaparecido, intentando encontrarle sentido a todo.
—Nunca fue una bestia... —murmuró, más para sí misma que para nadie más. Comprendió que Amara no había sido el verdadero enemigo. Había sido usada... pero no era salvaje por naturaleza. Sus amos lo eran.
Bajó la mirada por un momento, aún con la mano sobre su vientre, sintiendo el peso de todo lo que ahora sabía. Un aleteo rompió el silencio y el dragón llegó. Alan venía sobre él. Había logrado montarlo.
El dragón aterrizó cerca de Helen, agitando el aire a su alrededor. Alan bajó de él sin apartar la vista de ella.
—Tenemos que volver —continuó Alan, extendiéndole la mano— Las cosas en Francia no han terminado.
Su mirada descendió nuevamente a su vientre, y por un instante, el peso de esa nueva realidad la hizo vacilar. Subirse a ese dragón, volver a la guerra, seguir avanzando... ya no era una decisión solo suya. Pero tampoco podía detenerse. No ahora, no después de todo.
Alzó la vista y miró a Alan. Y con cuidado, tomó su mano. Subió junto a él al dragón. La criatura respondió al instante, desplegando sus alas con fuerza mientras se preparaba para elevarse una vez más.
Francia; el vaticano.
Como si se tratara de una secta, todos los monjes del Vaticano practicaban un culto clandestino con el propósito de invocar a un arcángel que pudiera defenderlos de lo que, según ellos, era una blasfemia: Ann y Mohat, dentro de los soberanos de Francia. Creían que aquellos dioses que habían marcado la historia del mundo habitaban ahora en Alan y Helen Rutherford, y sentían que su deber era encontrar la forma de detenerlos, tal como los antiguos guardianes lo habían hecho siglos atrás.
El cielo comenzó a cubrirse de nubes negras.
—Son ellos, ya están aquí. — dice el papa desde la azotea, persignándose ante la imagen que sus ojos ven. Aquel dragón que casi cubría todo el cielo con sus enormes alas se dirigía hacia ellos bajo el control del rey. Tenía su objetivo claro y todos sabían que no podían escapar de él. Valium lanzó su ardiente fuego sobre toda la iglesia hasta que ni un alma con vida quedó. Todo quedó calcinado y todo el oro que poseían se disolvió.
Habían destruido todo el vaticano por completo.
Helen llegó al campo de los condenados con una certeza inquebrantable sobre lo que debía hacer. Aquel lugar había sido el detonante de las primeras desgracias de su nación, todo a causa de Belmont. Y solo erradicando la peste que aún residía allí podría ofrecerle a Francia un nuevo comienzo.
De pie en el centro del terreno, se retiró la túnica de la cabeza e inició su misión. Expansió su magia a través de todo el lugar, dejando que su poder se extendiera como una fuerza imparable. La tierra negra se elevó bajo su voluntad, y una a una, fue sellando cada brecha que conectaba a Francia con aquello más oscuro.
Todos los agujeros y portales que habían quedado abiertos se cerraron con éxito. Y así, la maldición del campo de los condenados llegó a su fin.
—¿Lo hiciste? —preguntó Alan mientras se acercaba a ella, aún con la respiración marcada por la batalla, pero con la mirada fija, expectante.
Helen lo observó por un instante. El viento agitaba suavemente su cabello, y en sus ojos ya no había duda.
—Lo hice —respondió, con un leve asentimiento — Hoy Francia nacerá de nuevo.
Alan sostuvo su mirada, comprendiendo el peso de aquellas palabras. No se trataba solo de una victoria... sino de un cambio inevitable, de todo lo que habían atravesado para llegar hasta ese punto.
El pueblo, los paganos y los demás refugiados se habían unido con un mismo propósito: reconstruir lo que la guerra había intentado borrar. No fue inmediato ni sencillo, pero poco a poco, entre manos cansadas y voluntades firmes, comenzaron a levantar de nuevo su hogar.
El castillo, que una vez fue el hogar de Alan, también renacía. Sus muros, antes derrumbados, volvían a elevarse piedra por piedra, no como símbolo de poder... sino un lugar donde todos pudieran empezar de nuevo.
Tras su regreso, Helen buscó un momento para sí misma. Se alejó del bullicio, de las voces, del peso de las decisiones, y caminó hasta aquel lago que tanto amaba. El agua permanecía serena, reflejando el cielo. Se detuvo a la orilla y respiró profundamente.
Por primera vez en muchos años... había paz. Sus pensamientos, sin embargo, no estaban vacíos. La certeza que había descubierto en medio de la batalla ahora ocupaba su mente con una fuerza distinta. Llevó su mano al vientre, de manera casi instintiva, y cerró los ojos un instante. Aquello lo cambiaba todo. Ya no se trataba solo de sobrevivir, ni de luchar, ni de reconstruir. Ahora había una razón más. Una que no nacía del deber... sino del amor.