La Séptima Constelación

41. Donde todo pudo terminar.

El séptimo día había llegado. Durante una semana entera, Helen y Loana no habían conocido el descanso. Habían recorrido bibliotecas ocultas, cámaras selladas bajo templos olvidados y pasadizos abandonados. Antiguos pergaminos y textos prohibidos pasaron por sus manos sin ofrecer más que fragmentos inconclusos... piezas de un rompecabezas que se negaba a encajar.

Pero el tiempo no se detenía y Alan tampoco. Cada día que pasaba, las marcas oscuras en su piel avanzaban como raíces vivas, extendiéndose bajo su carne, consumiéndolo lentamente desde el interior. No eran simples cicatrices. Eran la huella de Mohat.

Aquella mañana, Helen se encontraba de pie frente a una mesa cubierta de manuscritos abiertos. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio, recorrían por enésima vez las mismas líneas.

—No puede ser esto... —murmuró, apenas sosteniendo la voz— Tiene que haber otra forma.

Loana, apoyada contra una columna de piedra, negó con lentitud.

—Llevamos siete días buscándola. Si existiera otra opción... ya la habríamos encontrado.

Helen cerró los ojos con fuerza.

—Entonces iremos al lago.

Loana levantó la mirada de inmediato.

—Helen...

—Si hay respuestas que los hombres no pudieron escribir —continuó ella, firme—, entonces las buscaré donde nacen los poderes antiguos.

***

El lago permanecía exactamente como lo recordaban. Helen avanzó sin titubear. No miró atrás y no dudó. Loana la observó en silencio.

—Si algo sale mal... —empezó.

—No saldrá mal. —la interrumpió Helen, sin girarse— No lo permitiré.

Y entonces, sin más, se sumergió. El agua la envolvió por completo, pero no era fría... ni pesada. Era como caer en otra realidad. La luz desapareció poco a poco, sustituida por un brillo tenue que parecía emanar del propio fondo del lago. Descendió, más y más profundo. Hasta que dejó de sentir el peso de su cuerpo. Hasta que el silencio dejó de ser vacío y fue entonces cuando las vio.

Las Ninfas del agua emergieron como figuras hechas de luz y corriente. Sus formas eran humanas... y no lo eran a la vez. Sus cabellos flotaban como hilos de agua, y sus ojos brillaban con una profundidad imposible.

—Has tardado en venir, hija de la luz. —susurró una de ellas, aunque ninguna movió los labios.

La voz resonó directamente en su mente. Helen no se intimidó.

—Necesito ayuda.

Otra ninfa avanzó, rodeándola.

—Las ayudas tienen precio.

—Estoy dispuesta a pagarlo.

—Todos dicen eso... hasta que comprenden lo que significa.

Helen sostuvo su mirada.

—Díganmelo.

Estaba segura.

—La ayuda que buscas... no es curar.

El corazón de Helen se tensó.

—Entonces ¿qué es?

—Reescribir.

Las aguas a su alrededor vibraron.

—El mal que lo consume no puede ser eliminado... porque ya ha sucedido.

Una pausa.

—Pero puede ser evitado.

Helen sintió cómo algo dentro de ella se quebraba.

—¿Evitarlo...?

—Regresando al origen. —susurraron todas al unísono— Antes del ritual. Antes de que Belmont completara aquello que no debía existir.

El mundo pareció detenerse.

—¿Viajar en el tiempo...?

—Romper la línea. Alterar el curso.

Helen bajó la mirada, intentando procesarlo.

—Eso... lo cambiaría todo.

—Exactamente.

Las ninfas se acercaron aún más. Su presencia ahora era sofocante.

—El mundo que conoces... dejará de existir tal como es. Las decisiones que has tomado... desaparecerán. Las personas que amas hoy... podrían no recordarte. Incluso él, podría no ser el mismo.

Helen cerró los ojos.

—Pero viviría como una persona normal.

—Sí.

—¿Y qué hay de lo sobrenatural? ¿Todo desaparecería? —preguntó ella.

Las ninfas sonrieron, si es que aquello podía llamarse sonrisa.

—Siempre existirá. No puedes destruirlo, solo cambiar su forma.

—Entonces... ¿tengo el poder de hacerlo?

Las aguas brillaron con intensidad.

—Tienes el poder de hacer lo que desees. Pero no sin sacrificio.

Helen abrió los ojos lentamente.

—¿Qué perderé?

Esta vez, ninguna respondió de inmediato y eso fue peor.

—Todo lo que hoy llamas tuyo. Tu historia. Tu amor. Tu presente.

El corazón de Helen latía con fuerza descontrolada pero no retrocedió. No dudó. Solo asintió. Aunque tenía que pensarlo mejor, liberar a Alan era lo más importante ahora.

Cuando emergió del lago, el aire frío golpeó su rostro. Loana corrió hacia ella.

—¿Qué viste?

—Ya sé cómo salvarlo.

Loana sintió un escalofrío.

—¿Cómo?

—Tengo que destruir nuestro presente.

El viento soplaba con más fuerza ahora, levantando pequeñas olas en la superficie del lago. Helen permanecía de pie, aún con el agua escurriendo por su cabello oscuro.

—No. —dijo de inmediato. —No, Helen. —repitió, acercándose con firmeza— Sea lo que sea que viste ahí abajo, no puedes estar pensando en hacerlo de verdad.

Helen sostuvo su mirada.

—Es la única forma.

Loana negó con la cabeza, incrédula.

—No existe una "única forma" cuando lo que estás diciendo implica destruir todo lo que conocemos.

—No lo destruiré. —corrigió Helen — Lo reescribiré.

—Eso es peor. —la interrumpió Loana— No tienes idea de lo que eso significa. ¿Sabes lo que puede pasar si alteras el tiempo? No es solo Belmont. No es solo ese maldito ritual. Es todo. Cada decisión. Cada encuentro. Cada error... cada acierto.

Helen no apartó la mirada.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —insistió Loana— Podrías no conocer a Alan. Él podría no enamorarse de ti. Podría ni siquiera... existir en tu vida.

Las palabras fueron directas, crueles pero necesarias. Helen inhaló con lentitud.

—Pero no estará muriendo.

Loana apretó los dientes.

—¿Y tú? —preguntó, señalándola con firmeza— ¿Qué pasará contigo? ¿Qué pasará con todo lo que has construido? ¿Con todo lo que eres ahora?




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