La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

1. El comienzo.

Hace muchos inviernos, cuando el joven Belmont Rutherford recibe la corona con apenas once años, el peso del reino cae sobre sus hombros como una armadura demasiado pesada. La hereda tras la muerte trágica de su padre en una sangrienta guerra contra Inglaterra, conflicto que deja los campos ennegrecidos por el humo, las murallas marcadas por el hierro enemigo y al pueblo sumido en un silencio de luto.

En su niñez arrebatada, Belmont se sienta en el trono dorado sin comprender del todo la magnitud del poder que sostiene entre sus manos. Aun así, comienza a tomar decisiones firmes, algunas prudentes y otras nacidas del temor y la incertidumbre. Nadie osa contradecirlo; no por respeto, sino por el carácter absoluto de la corona que porta. A su alrededor permanecen consejeros de túnicas oscuras, hombres veteranos que le susurran estrategias, tratados y castigos, procurando guiar al muchacho entre intrigas de corte y amenazas de guerra que acechan más allá de las murallas.

Pero ningún consejo logra aliviar la herida más profunda. Belmont ha presenciado la muerte de casi toda su sangre, víctimas de las interminables disputas entre reinados. Recuerdos de gritos en los corredores del castillo que lo persiguen incluso en sueños.

Consumido por la desesperación y sin hallar consuelo en sacerdotes ni en sabios, el joven rey decide hacer lo impensable: cabalga en secreto hasta la choza de la bruja del pueblo, una figura temida cuyo nombre apenas se pronuncia. Se dice que la tierra que rodea su morada está enferma, cubierta por hierbas marchitas, castigo por las artes oscuras que practica. Los rumores aseguran que todo aquel que cruce su umbral queda marcado por una maldición eterna.

Sin embargo, nada de eso detiene a Belmont. El miedo a la condena es menor que el vacío que lleva dentro.

Tomó su carruaje y al llegar al límite los caballos no avanzaron, por lo que tuvo que caminar hasta el lugar. Una cabaña en medio de tanta deforestación. Sus guardias estaban asustados, pero aun así, esperaron a su rey cerca para socorrerlo de ser necesario.

—¿Quién ha tenido el valor de pisar estas tierras? No estoy acostumbrada a.…recibir visitas. — se oyó la voz de la anciana en medio de la oscuridad.

—He venido a pedir su ayuda. — Belmont trataba de controlar su miedo. — Sé que tiene muchos conocimientos y necesito que los comparta con su rey. — en medio del suspenso, la anciana se acerca y finalmente pueden verse a la cara. Tenía pelo gris, una túnica y uñas negras, pero no parecía ser ese ser del averno del que todos hablaban.

—Con todo el respeto que se merece… mi rey. — la mujer inclina apenas la cabeza en una reverencia contenida, más cercana a la cortesía que a la verdadera obediencia. — Mis conocimientos no podrían ayudarle. No se enfocan en salvar, que es lo que posiblemente busca… sino en destruir.

Su voz no tiembla; suena serena, como si hubiese pronunciado esas mismas palabras innumerables veces ante almas desesperadas. Una ráfaga de viento se cuela por las rendijas de la choza y hace crujir las vigas ennegrecidas del techo. El olor a hierbas secas, ceniza y tierra húmeda envuelve el lugar con una pesadez difícil de soportar.

—Mire a su alrededor y lo notará —añade.

Belmont obedece en silencio. Sus ojos recorren el pequeño claro que rodea la cabaña. Las hojas que deberían lucir verdes y llenas de vida yacen quemadas en los bordes. La hierba aparece marchita, de un tono enfermizo que se extiende hasta donde alcanza la vista, y los árboles cercanos alzan ramas desnudas.

Ningún pájaro canta. Ningún insecto zumba.

El joven rey traga saliva con dificultad, sintiendo por primera vez el verdadero peso de la decisión que lo ha llevado hasta allí. Sin embargo, no retrocede. Porque la desesperación que lo consume es aún más profunda que el miedo.

—Me temo que eso es justamente lo que busco. — da un paso al frente — Quiero destruir a mis enemigos. El reino corre peligro y no puedo permitir que se me arrebate todo lo que mi padre me dejó. — parece estar muy decidido.

—¿No confía en sus guerreros? — sigue dando vueltas por toda la cabaña.

—Más bien, no confío en mi suerte. Fui testigo de la muerte de toda mi familia. Ahora que mi esposa dará a luz muy pronto...

—Quiere asegurarse de que nada salga mal. — la bruja completa su oración.

—Así es. — Belmont asiente.

—Siendo así entonces...muy bien — se sienta en su mecedora. — Lo escucho.

El rey resopla.

—Mis guerreros habrán de librar un enfrentamiento en la próxima semana. En la contienda pasada conocimos la derrota, y no consiento que tal deshonra vuelva a abatirse sobre nosotros. Si usted sabe de algún ardid o senda que nos conduzca a la victoria, juro por mi nombre y mi linaje que le concederé lo que pida a cambio de tan preciada ayuda.

—¿Qué podría un rey dignarse a ofrecerme?

—Terrenos, súbditos, un templo, el respeto de la gente. Cualquier cosa que desee.

La anciana esboza una media sonrisa.

—Nada de cuanto ha sido dicho despierta mi interés. Lo que en verdad aviva mi curiosidad es saber si está dispuesto a pagar cualquier precio con tal de conquistar esta guerra. —desliza sus manos sobre el humo que se eleva de los velones.

—Estoy dispuesto. — lo único que Belmont deseaba, era salvar a la familia que pronto tendría y a su corona.

La anciana ladea la cabeza.

—Antes de partir hacia la batalla, derrame esta pócima en la última cena de sus soldados. Ningún cuerpo podrá resistirla, y bastará con que uno solo la arroje fuera de sí para que el mal se propague entre los demás.

—Pero... mis guerreros morirían.

—Ese es el precio. — por un momento Belmont dudó, pero lo más importante era eliminar a su enemigo, el rey de Inglaterra, que también participaría en la batalla, así que ante eso toda duda desvaneció.

—Entonces estoy dispuesto a pagarlo. — extendió su mano y en ella se le fue entregado la poción que no daría por hecho su victoria, pero sí la salvación de todo su reino. Aún no sabía si debía confiar en las palabras de aquella anciana de la que todo el mundo mal hablaba, pero no tenía más opción, así que envió a su mano derecha, Vittorio, a envenenar la comida de todos sus guerreros, incluso los de más confianza. Cosa que solo sería un secreto entre él, la anciana y el rey.




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