La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

3. Mariposas azules.

Tras el largo recorrido por el pueblo, la familia real regresa al castillo para dar inicio a la celebración en honor del cumpleaños de Alan. Los salones han sido engalanados con tapices bordados, candelabros dorados y arreglos florales que llenan el aire de fragancia. El sonido de la música resuena por los corredores, mientras las bailarinas se disponen en el centro del salón para bailar.

El banquete es un despliegue de opulencia: mesas largas cargadas de manjares y postres, fuentes rebosantes de vinos y licores, y platos que relucen bajo la luz de los candelabros. Alan permanece sentado en la cabecera, acompañado por Tomasia y Belmont a su lado, degustando con calma las delicias mientras observa a las bailarinas moverse con gracia y ritmo. Todos los presentes son miembros de la realeza; los pueblerinos no tienen acceso al interior del castillo, salvo aquellos destinados a servir o a recibir castigos.

Con el paso de las horas, los invitados se retiran uno a uno, dejando el pabellón finalmente vacío.

—¿Ha gozado la celebración? — Belmont le pregunta, sentado a su lado.

—Mucho. No tienes que hacer esto, pero lo agradezco.

—Sí tengo que. Eres mi nieto. — golpea levemente su hombro. — Pero el día aún no termina aquí. — le hace señas a Vittorio y de inmediato, pasa a un grupo de jovencitas. — Todas a tu disposición. Elige a una o.…a todas si quieres. — esboza una media sonrisa y Alan entiende a qué se refiere.

Observa con atención a cada una de ellas.

—Posee buen gusto, pero me temo que ya tengo a alguien más en mente. Si no le importa.

—Respetaré tu elección, pero variar de vez en cuando no resulta mal. Te libera de las emociones y te mantiene… vivo. Ningún hombre ha osado tocar a las doncellas que se encuentran ante ti.

Las señala y Alan vuelve a mirarlas.

—Ninguna emoción logrará alterar mis principios, abuelo, si eso es lo que te inquieta. Ninguna de estas doncellas podría ofrecerme aquello que verdaderamente me satisface.

—Está bien. Lo entiendo — el rey bebe de su copa y le hace un gesto a Vittorio para que retire a dichas doncellas de su presencia — Por cierto, noté que algo te molestó durante nuestro paseo por el pueblo. Sabes que puedes confiarme cualquier cosa, ¿verdad? Mandaría a la horca a quien se atreviera a faltarte al respeto. — cambia de tema.

—No fue nada que merezca mi atención. —responde Alan— Y no te inquietes, si algún día alguien osa faltarme al respeto, yo mismo le cortaría el cuello. —esboza una media sonrisa y se incorpora— Ahora, si me disculpas, debo atender otros asuntos. — El rey comprende, asiente, y el príncipe se dirige a otro de sus aposentos.

El castillo dormía bajo un silencio pesado. El príncipe Alan avanzaba con paso firme pero lento, la capa negra abierta sobre los hombros. El día había sido eterno, las felicitaciones interminables, las sonrisas falsas, el peso de la corona invisible que llevaba desde que nació. Pero ahora, en la penumbra de la medianoche, solo quedaba una cosa que realmente deseaba. Y ella lo sabía.

De pronto, una dama aparece caminando frente a él, pero sin prisa, casi desafiándolo a alcanzarla. El vestido de seda color noche se adhería a su cuerpo como una segunda piel, la falda abierta por un lado dejaba ver la curva larga y peligrosa de su muslo cada vez que daba un paso. No giró la cabeza. No necesitaba hacerlo. Sabía que él la estaba mirando.

De pronto ella giró a la izquierda, hacia uno de los corredores secundarios que apenas usaban los sirvientes. Alan la siguió sin dudar, el pulso ya golpeándole en la garganta, en las muñecas, en la entrepierna. Ella se detuvo frente a una puerta de madera oscura, antigua, sin guardia. La mano de ella se posó en el picaporte, pero no lo giró todavía. Solo entonces giró el rostro lo suficiente para que él viera la media sonrisa que le dedicaba por encima del hombro desnudo.

—¿Se ha perdido, su majestad? —susurró, juguetona.

Alan dio el último paso. Apoyó una mano en el marco de la puerta, justo por encima de la cabeza de ella, encerrándola sin tocarla todavía.

—No me perdí —respondió en voz muy baja — He venido a reclamar lo que me pertenece.

Ella ladeó la cabeza, dejando que un mechón de cabello le cayera sobre el pecho. El movimiento hizo que el escote se deslizara un centímetro más.

—¿Y qué es exactamente lo que le pertenece, mi príncipe?

Él acercó la boca a su oreja, tan cerca que sus labios rozaron el lóbulo al hablar.

—Todo aquello que has osado imaginar mientras merodeabas por mis pasillos.

Alan deslizó los dedos por la madera hasta encontrar la mano de ella en el picaporte. La cubrió con la suya, más grande, más fuerte, y juntos giraron el metal. La puerta se abrió con un chasquido suave. Ella entró primero, retrocediendo sin darle la espalda, los ojos clavados en los de él como si quisiera devorarlo antes de que la tocara. Alan la siguió, cerró la puerta de un golpe seco con el talón y, sin esperar ni un segundo más, la empujó contra la pared con controlada violencia.

Sus bocas chocaron antes de que ninguno pudiera decir otra palabra.

Ella alzó las manos y tiró de la capa de él hacia abajo; la prenda cayó pesada al suelo.

—Llevas toda la noche pensando en esto —murmuró ella contra sus labios — ¿Verdad?

Él no respondió con palabras. En vez de eso, la giró de golpe, pegándola de espaldas contra su pecho. Una de sus manos subió hasta el escote del vestido y tiró hacia abajo. Los pechos de ella quedaron al aire, los pezones ya endurecidos por el frío y por la anticipación. Alan los cubrió con las palmas, masajeándolos con rudeza mientras su boca encontraba el hueco entre cuello y hombro y mordía, no lo suficiente para marcarla —todavía—, pero sí para arrancarle un gemido largo y tembloroso.

Ella arqueó la espalda, empujando las caderas hacia atrás contra la evidente erección que presionaba a través de los pantalones de él. Alan siseó entre dientes y deslizó una mano hacia abajo, levantando la falda abierta por el lateral hasta que sus dedos encontraron piel desnuda. No llevaba nada debajo. Por supuesto que no.




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