Un nuevo día.
La vida de Helen era una monotonía. Se levantaba, desayunaba con su familia, abrían la panadería, vendía, tomaba el sol, de vez en cuando conversaba con Odette y mucho menos. Aquellas visiones seguían dándole vueltas en la cabeza una y otra vez, así que volvió a ese árbol cerca del lago para saber si podría obtener más, pero nada pasó. Todo seguía como lo recordaba: con mucha sequía y sin forestación. ¿Qué estoy haciendo? Se pregunta.
Mientras regresa por las estrechas calles del pueblo, un escalofrío recorre la espalda de Helen. Algo en el aire, en el eco de sus propios pasos, le hace sentir que no está sola. La certeza la golpea cuando nota que una sombra la sigue. Un hombre de larga túnica emerge entre la penumbra de los edificios, su figura alargada avanzando con determinación. Helen se estremece, y el miedo se enreda en su pecho. Instintivamente, intenta acelerar el paso, pero el corazón le late con fuerza, y sus piernas temblorosas no logran distanciarse lo suficiente.
El terror la empuja a correr, pero no lo suficientemente lejos. El hombre no pierde ni un paso, y pronto la acorrala en un callejón oscuro, sin salida, Helen siente el contacto frío y apestoso de sus manos cubriéndole la boca. Intenta forcejear, empujarlo con todas sus fuerzas, bloqueando su paso y tratando de escapar, pero cada intento parece inútil ante la firmeza de aquel extraño que la mantiene atrapada.
El hedor que lo rodea y la fuerza de sus manos hacen que Helen comprenda que la situación es más peligrosa de lo que jamás pudo imaginar.
—Tú no puedes caer en sus manos. Será nuestro fin. — dice mientras saca una daga de su cinturón, pero antes de que pueda hacerle daño con ella, un elemento sorpresa se une a la situación. Una jovencita de pelo castaño y túnica gris se acerca y mientras hace un movimiento con sus manos, sus ojos se tornan algo brillosos y aquel hombre empieza a agonizar sujetándose el pecho.
La daga cae al suelo. El hombre, con sus manos todavía aferradas a la garganta de Helen, se arrodilla de manera temblorosa, como si un peso invisible lo arrastrara hacia abajo. Su respiración se vuelve corta, irregular, y sus ojos, antes llenos de amenaza, comienzan a nublarse. Lentamente, la vida se escapa de él, y cae finalmente al pavimento frío.
Helen permanece inmóvil, incapaz de apartar la vista del cuerpo sin vida que yace ante ella. El alivio se mezcla con un temblor profundo; su corazón late con fuerza, pero cada latido parece recordar el instante en que la muerte estuvo tan cerca. Sus manos tiemblan mientras intenta recuperar la compostura, preguntándose con incredulidad: ¿Qué acaba de suceder?
La confusión y el miedo se enredan en su mente, y aunque busca respuestas, nada parece darle sentido. Solo hay un indicio, un rastro de claridad en medio del caos: aquella chica que apareció de la nada parece saberlo todo.
Helen la observa, tratando de comprender. La joven desconocida permanece allí mientras Helen lucha por recomponerse y encontrar su propio aliento.
—¿Tú quién eres? — le pregunta sin entender lo que está sucediendo. — Tus ojos. ¿Qué les pasa a tus ojos? — cuestiona si lo que ve es real o parte de otra de sus alucinaciones.
—Mi nombre es.... Sylvie. — se retira la túnica de la cabeza mientras el brillo blanco de sus ojos desvanece. Lo primero que llega a la mente de Helen al escuchar ese nombre es que el príncipe Alan también la está buscando, así que es razón suficiente para desconfiar de la situación y de ella.
—¿Qué fue lo que hiciste? — se aleja y mira el cadáver del hombre en el suelo.
—Solo detuve los latidos de su corazón. — confiesa como si no significara nada.
Algo revuelve el estómago de Helen.
—Si eres una bruja, será mejor que te mantengas alejada de mí. — su familia la crio con estrictos principios religiosos, por lo que cualquiera que practique magia negra resulta una abominación a sus ojos.
—No soy una bruja. Creo que soy... lo mismo que tú. — Sylvie sigue acercándose y Helen no tiene escapatoria. El callejón está cerrado a su espalda y de la única manera que podría salir corriendo, es yendo a la dirección de donde Sylvie viene. — Yo no soy el enemigo, hombres como ese sí y acabo de salvarte de uno de ellos — señala al muerto.
—¿Quién era? — pregunta.
—Era un pagano. — se acerca al cuerpo y muestra la marca en forma de triángulo en su muñeca.
—¿Qué significa? — Helen se acerca para observarlo mejor.
—Para ellos, creo que es el símbolo del fuego.
—Pensé que tenían prohibido pisar estas tierras. — está muy confundida.
—Y es así, pero parece que están desesperados. Algo los está obligando a salir de la oscuridad del bosque.
—¿Desesperados por qué? ¿Por qué un pagano querría matarme? — ante el miedo de Helen, Sylvie lo piensa por unos segundos antes de responder.
—Porque desean impedir que caigamos en manos del rey... y no les importa matarnos en el intento. —confiesa Sylvie, dejando a Helen con el alma helada y aún más confundida que antes.
En el castillo.
Cada día el príncipe Alan despierta con más ganas de desafiar a su rey, sobre todo después de su incómoda conversación de ayer y esta vez, decidió llegar tarde al desayuno. Aparentemente es el último en llegar y el rey no deja de reprocharlo con la mirada. Saluda y toma asiento. Los siervos les comienzan a servir, pero hasta que el rey no empieza a comer, nadie más puede hacerlo, cosa que a Alan le parece una de sus tantas tonterías.
—Ya que todos estamos presentes, hay temas que debemos tocar. — dice el rey, comenzando a comer para que todos lo hagan.
—¿Y cuáles son esos temas, padre? — pregunta Gertrudis con ciertas sospechas.
—Tal vez sobre la manera tan repugnante que tiene de gobernar. — Alan refuta. Todos lo miran con espanto porque solo él tiene la osadía de hablarle de esa forma al rey sin que sufra las consecuencias.