La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

6. Los ingleses.

6. Los Ingleses.

—¡Dios! ¿Qué hace ahí? Qué imprudente. — se cubre el busto con sus manos y agacha la mirada con vergüenza.

—¿No cree usted más imprudente bañarse desnuda en su totalidad en un lago al que cualquier persona tiene acceso? — el príncipe esboza una media sonrisa. Tal parece que molestarla se convertirá en su nuevo pasatiempo favorito.

—Nadie viene aquí, es mi lugar.

—¿Tu lugar? No lo creo. — la fulmina con la mirada, cargada de reproche y autoridad.

—¿Sería posible concederme un instante de privacidad? Preciso vestirme.

—Proceda, si así lo desea. — continúa observándola con atención.

—Le ruego que vuelva su semblante en otra dirección. — empieza a molestarse.

—¿Estás dándome órdenes? — cruza los brazos y al sentir que la irritación se apodera de ella, se incorpora lentamente. Se da la vuelta, dejando un espacio entre ambos, otorgándole la privacidad que tanto pide.

Helen emerge del lago con prisa. El lienzo que lleva a mano absorbe el agua que cubre su piel y su cabello, aunque aún deja escapar mechones largos y oscuros que caen sobre sus hombros. Sus dedos hábiles buscan los cierres de su vestido, atando con rapidez los lazos delanteros mientras la tela húmeda se adhiere a su piel.

Cuando finalmente se endereza y los lazos quedan bien sujetos, se vuelve hacia el príncipe, quien no ha dejado de observarla en silencio, su mirada refleja una mezcla de curiosidad y cierta reprimenda contenida. La tensión entre ambos es palpable.

—¿Qué asuntos le traen por estos lados, príncipe? — le inquiere.

—Exploro y observo. Como futuro rey deseo conocer mejor a mi pueblo. — si bien esa es una razón, no es la más real.

—Tengo la impresión de que no está diciendo la verdad — se le acerca con cautela.

—Yo no miento. — la mira directamente a los ojos, como si le quisiera decir algo más con dichas palabras — Tampoco tendría motivo para hacerlo. Lamento que su confianza en los hombres sea tan escasa.

—No en los hombres en general, sino en usted y en todo lo que representa. — ella contesta y casi se arrepiente al instante. A veces olvida que está frente a un miembro de la realeza.

Él la observa, fascinado.

—¿Por qué me odias tanto? —pregunta, con la duda que lo ha acompañado desde que la conoció.

—El odio no tiene lugar en mi corazón — susurra Helen, intentando retroceder. Pero Alan no cede. Su mano firme se posa sobre su brazo, deteniéndola y guiándola de nuevo hacia su frente. El contacto provoca un estremecimiento involuntario que recorre todo su cuerpo, y Helen siente cómo el corazón le late con fuerza, incapaz de dominar la reacción que esa cercanía despierta.

Helen inclina la cabeza y baja la mirada.

—¿Por qué ahora bajas la mirada?

—Es lo adecuado, ¿no?

—No para ti. — la suelta del brazo — Eres la única que me trata como cualquier cosa, menos como aquello que en verdad soy. Otros ya habrían muerto por mucho menos que todo lo que tú has osado hacer. — un escalofrío recorre todo el cuerpo de Helen. Finalmente comprende que ha estado jugando con alguien demasiado poderoso, incluso para su propio ingenio.

—Tal vez porque tengo bien presente que, ante Dios, todos somos iguales. Son mis costumbres. Lamento profundamente haberle causado tantos inconvenientes. — le ofrece una sonrisa que no alcanza a ser sincera.

—No, me gusta. — algo en sus palabras logra afectarla. Era la primera persona que reaccionaba con tanta calma ante su carácter — Si fueras igual que todos no me serías de utilidad; por tanto, puedes conservar tus costumbres, aunque bajo ciertas normas. — se distancia un poco más de ella.

—¿Cuáles son esas...normas?

—Necesito conocer con mayor profundidad al pueblo que pronto habré de gobernar: sus costumbres, su condición social y todo aquello que deba comprender para decidir las medidas venideras. Y también… para que me ayudes a hallar a esa tal Sylvie. — la sola mención de Sylvie la deja en una situación comprometida. —¿Has encontrado algo acerca de ella?

Helen traga hondo, conteniendo la inquietud que amenaza con delatarla.

—Apenas ha transcurrido un día; no tengo forma de saber nada aún. Además, como ya le he dicho, necesito conocer la razón por la que la busca antes de entregarle cualquier información. — su voz delata un leve temblor, y él percibe con claridad el nerviosismo que intenta ocultar.

—No sé de qué me das capaz, pero no le haré daño alguno. Solo deseo hacerle unas cuantas preguntas. — ella intenta descifrar si sus palabras son de verdad, pero el rostro de él permanece imperturbable, inescrutable; no logra certeza alguna y comprende que deberá arriesgarse.

—Está bien. Concédame más tiempo y, si descubro algo, le haré saber… aunque no será sin recompensa. Recuerde que existe un acuerdo entre nosotros. —Alan alza levemente las cejas, sorprendido una vez más por lo impredecible que suele ser.

—No creo que te halles en posición de negociar. — contesta y Helen lo fulmina con la mirada. — Muy bien. Obtendrás lo que quieres — cede al fin, aunque con visible resistencia. — Tu familia estará a salvo. Siempre y cuando me des lo que quiero.

—Muy bien. Entonces, trato hecho.

Helen pronuncia aquellas palabras con una serenidad que no termina de ocultar la expectación que la atraviesa. Extiende su mano, manteniéndola suspendida entre ambos. Permanece así, aguardando a que él la estreche y selle el acuerdo conforme a las costumbres de honor que rigen incluso los vínculos más inciertos.

Alan no responde de inmediato. Su mirada desciende hacia la mano y en sus facciones se dibuja una vacilación casi imperceptible. Detesta el contacto físico con la mayoría de las personas; no por desdén, sino por una reserva arraigada que lo mantiene siempre a distancia, como si el simple roce pudiera quebrar el control que ejerce sobre sí mismo.

Helen siente aun así un orgullo por haber tenido el valor de proponer aquel pacto. Sin embargo, al ver que la mano del príncipe no se mueve, el calor de la seguridad se disipa con rapidez y es reemplazado por una punzada de vergüenza que le oprime el pecho.




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