La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

7. El lado oscuro.

Después de dejar a Helen a una distancia prudente de su hogar, lo bastante cerca para asegurar su llegada y lo suficientemente lejos para no comprometerla con su presencia, Alan emprendió el camino de regreso al castillo. La noche comenzaba a caer sobre los campos, tiñendo el cielo de tonos apagados, y el silencio del trayecto le permitió ordenar en su mente cada suceso ocurrido en el bosque.

Al llegar, informó sin demora de lo sucedido. Sus palabras bastaron para que el rey comprendiera la gravedad de la situación. Las órdenes no tardaron en propagarse por los pasillos: se duplicaron las guardias y se dispuso vigilancia no solo para la familia real, sino también para las aldeas cercanas. Aquella protección extendida al pueblo no respondía únicamente a la amenaza exterior; era también una estrategia, un intento del rey por recuperar la confianza de su nieto y mostrarse como un soberano digno de lealtad.

Sin embargo, el peligro que se cernía sobre el reino tenía raíces más antiguas. Durante años, Inglaterra y Francia no habían logrado sostener una paz verdadera. Los tratados firmados se deshacían con el tiempo, y las viejas heridas seguían abiertas bajo la superficie de la diplomacia.

Los ingleses continuaban señalando a la corona francesa como responsable de la tragedia ocurrida en el campo de los condenados, donde su rey y la totalidad de sus guerreros habían perdido la vida en condiciones inexplicables. Aquella derrota, envuelta en misterio, se había convertido en un agravio imposible de olvidar.

Y ahora, con nuevos movimientos en las sombras, la amenaza de guerra dejaba de ser un recuerdo del pasado para transformarse en un peligro inminente.

—¿Pactarán otra guerra? — Aarón pregunta mientras debaten la situación en el salón de reuniones del rey.

—No, no de momento. — el rey contesta.

—¿No? ¿Y qué esperamos? ¿Que llegue todo el ejército? — Alan refuta. — Encontré un mapa en sus bolsillos, obviamente querían entrar de alguna forma y atacar.

—¿Pero por qué serían solo tres? — el coronel Cristóbal duda. — Para entrar y atacar a todo un reino deben ser más que eso. A menos que tuvieran un plan.

—Quizás querían infiltrarse y en el mejor momento, atacar. — dice Vittorio.

—No lo creo. Llevaban la bandera de Inglaterra en sus armaduras. Para querer infiltrarse es algo absurdo. — Alan recuerda.

—Tienes razón. Quizás hay más escondidos en el pueblo, esperando su momento para atacar. — el rey está de acuerdo. — Dime, heredero mío… ¿qué crees que debería hacerse en una situación como esta? — mira a Alan, quien lo fulmina con la mirada.

—¿Se trata acaso de una especie de prueba?

—Debería serlo, mas no es así. Tan solo creo que, en estos momentos, podrías sobrellevar esta situación mejor que yo. — el príncipe sabe que el rey nunca dice ni hace nada sin sus segundas intenciones, pero no armará otra disputa ahora, suficientes problemas tienen ya.

—Si no tuviera la certeza de que ya se hallan entre nosotros, ordenaría resguardar la frontera; pero ¿de qué serviría, si con toda probabilidad ya han penetrado en estas tierras? Será, entonces, más prudente disponer escuadrones que registren hasta los rincones más ocultos de Francia, hasta dar con su paradero.

—¿Y qué hacemos con ellos cuando los encontremos?

—Serviles té no será. — Alan contesta y el rey esboza una media sonrisa. — Supongo que algún líder tendrán, así que lo usaremos como medio para negociar con su rey.

—¿Ya tienen un rey? — Aarón pregunta.

—Cuando el rey falleció, su único heredero no era más que un niño, de modo que aguardaron algunos años antes de ceñirle la corona. Durante ese tiempo, el trono permaneció bajo el gobierno de la reina —respondió el coronel Cristóbal— Ahora que el príncipe ha alcanzado la madurez, todo indica que anhela venganza.

—¿Pretende vengar la muerte de su padre después de tanto tiempo? Es absurdo. Si acudió a la guerra, debió saber que la muerte siempre es una posibilidad. ¿Por qué no aceptar la derrota? — dice Aarón.

—Díganos algo, majestad —Alan se aproxima a Belmont— ¿Qué fue lo que en verdad ocurrió en aquel lugar? ¿Cuál fue el origen real de tanta muerte? — camina a su alrededor, mientras el rey dirige una mirada escéptica hacia Vittorio.

—Ya lo sabes. Fue una maldición, una peste que devoró la propia naturaleza.

—Pero si también fue una maldición para Inglaterra, ¿por qué sus tierras no están en sequía como las nuestras? ¿Por qué todo lo extraño parece venir de aquí? — Alan pregunta sosegadamente.

—No sé cómo responderte eso. Supongo que yo tampoco lo sé. — miente, y Alan lo sabe, pero prefiere no hostigarlo más, al menos no por hoy. Tienen asuntos mas importantes de los qué preocuparse ahora.

—A propósito de los ingleses, acaban de informarme que han traído a otro a las mazmorras —anuncia Vittorio, tras escuchar a un guerrero en la puerta.

Todos se miran entre sí; después de todo, Alan tenía razón.

—Yo me encargo — dice el príncipe.

Sin añadir nada más, se vuelve y comienza a caminar por los corredores de piedra, acompañado por Vittorio. Descienden por escaleras angostas, atravesando pasillos cada vez más fríos, hasta que el aire adquiere ese olor metálico y denso propio de los calabozos. Allí, el silencio no es completo: se mezcla con el goteo persistente del agua filtrándose entre las piedras y con el crujido lejano de las cadenas al moverse.

Finalmente llegan.

El prisionero inglés cuelga sujeto por los brazos, retenido por gruesos hierros fijados al muro. Su cabeza cae hacia un lado, y su rostro, cubierto de sangre seca y reciente, evidencia los golpes que los guardias le han propinado durante el interrogatorio previo.

Alan lo observa sin prisa. En su expresión no hay sorpresa ni compasión, solo una atención fría, propia de quien ya ha visto demasiada violencia como para impresionarse por ella. La cercanía del dolor ajeno no parece perturbarlo; al contrario, su quietud sugiere que busca algo más que castigo: respuestas.




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