La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

9. Fiesta en el pueblo.

Amanece.

En el castillo, como de costumbre, todos se reúnen para desayunar y al parecer, Alan está de mejor humor. No pretende pelear a tan tempranas horas de la mañana y su madre se alegra de notarlo.

—¡Vaya! Ni siquiera parece que estemos en riesgo de guerra. Me alegra que mantengamos la armonía. — Gertrudis comenta. En la mesa solo faltan la reina y el rey, los que poco después también se unen.

—¿Dónde estabas anoche, hermano? — pregunta Aarón. — Vittorio me dijo que saliste en caballo a tardes horas de la noche. — come de sus deliciosos panecillos.

—Salí a inspeccionar un poco. — Alan no quiere dar muchos detalles de lo que realmente hacía.

—¿No encontraste nada? — el coronel Cristóbal pregunta.

—No. — le da un trago a su copa. — Y espero que la situación no empeore, pero después de haber matado a sus infiltrados, seguramente dará otro paso. Hay que estar preparados.

—Es evidente que se trata de algún tipo de advertencia. Continuarán sus ataques; por fortuna, según las estadísticas, nosotros los superamos en número — dice Aarón.

—¿Podemos no hablar de esto en el desayuno? Estoy segura de que habrá más momentos oportunos. — la princesa Gertrudis les pide y obedecen.

—Anoche estuve pensando mucho. — Belmont rompe el silencio.

—¿El rey pensando? Qué novedad. — Alan y sus comentarios intrusivos. Ya todos lo conocen, así que el rey solo lo fulmina con la mirada y respira hondo.

—He estado… buscando algún medio para afrontar toda esta situación y decidí enviar una carta hasta Inglaterra por medio del Mercader, con la intención de alcanzar algún acuerdo. Esperaremos su respuesta y… a partir de allí tomaremos la decisión final —continúa el rey.

—Me parece una gran decisión. — Tomasia está sorprendida, ya que su esposo estaba acostumbrado a siempre responder con más violencia. — Me impresionas. — acaricia su mano y el rey la besa.

—Bueno, parece que esta situación está generando resultados diferentes. — Gertrudis vuelve a decir.

—A menos que...nuestro rey tenga más cartas bajo la manga. — Alan lo mira. — ¿Es ese el caso?

—No, puedo jurar que esta vez no tengo ninguna carta escondida. — la extraña tranquilidad del rey no convence al príncipe Alan pero sonríe para seguirle el juego. — De hecho, creo que todos estos problemas no están alejando de temas que verdaderamente importan. Como lo de la búsqueda de tu futura esposa, por ejemplo. — a Alan se le quita el apetito instantáneamente. — ¿Ya tienes alguna señorita de buena familia a la vista?

—No creo que sea importante esto ahora — Alan no quiere seguir con el tema. Estas cosas lo agobian.

—Al contrario, yo creo que sí. — la reina ratifica con mucha emoción. — Es de suma importancia determinar quién habrá de ocupar mi lugar como reina. Sin duda, debe tratarse de una doncella de nobles principios, de familia distinguida, bien instruida y, por sobre todo, de impecable porte. No deseamos que nuestro linaje sea mancillado. — Alan solo se rasca una ceja mientras Aarón lo mira con una burlona sonrisa.

—Yo también coincido —dijo la princesa Gertrudis— Para una boda real hay mucho por preparar, y aún resta atender todo lo que precede al gran día: la dote, las cenas familiares, los anuncios oficiales… son muchas las cuestiones que requieren nuestra atención.

—Pero no creo que haya tanta prisa; ni siquiera sabemos cuándo el abuelo piensa abdicar — comentó, con la esperanza de que no fuera pronto.

—En realidad, será antes de lo que imaginaba —repuso el rey — Quizá hacia finales de este año.

—¿Qué? ¿Tan pronto? Pero si es así entonces solo tenemos dos meses para prepararlo todo. — Gertrudis casi colapsa.

—Puedo esperar un poco más si fuese necesario, pero… está en mis planes retirarme antes del año nuevo. Así también Francia verá coronado a un nuevo rey — afirma Belmont con firmeza, seguro de su decisión. Su certeza residía en la confianza de que para entonces habría completado el ritual, asegurándose así la inmortalidad y el poder que le correspondería.

—Pero no creo estar preparado todavía.

—Sí lo estás. Me lo demuestras todos los días. — dice el rey, refiriéndose a la constante osadía con la que siempre le responde.

Todos seguían desayunando tranquilamente, hablando entre ellos mismos. Sin embargo, Alan permanecía inmóvil un instante más de lo necesario, observando el movimiento de los sirvientes y los gestos de los nobles. Su apetito había desaparecido.

Finalmente, se levantó de la mesa sin mediar palabra. La comida podía esperar; había asuntos mucho más urgentes que requerían toda su atención. Entre ellos, el interrogatorio con Sylvie, cuya importancia no admitía demora.

Pero, en un instante inesperado, otro pensamiento cruzó su mente: Helen. ¿Por qué permitía que se acercara a él tanto? Se preguntó en silencio. ¿Por qué le dejaba pasar cosas que, sin dudarlo, habría castigado con dureza o incluso con la muerte a alguien más? Aquello no era un simple desafío; era un misterio que comenzaba a molestarlo, a quebrar su rígida concepción del orden y del control.

No podía permitir que la cercanía de Helen se convirtiera en un problema para él. Así que decidió actuar de manera indirecta: en lugar de acudir él mismo al pueblo, envió a dos de sus guardias de más confianza a buscarla y escoltarla. Aun así, mientras los guardias partían por el sendero que conducía al pueblo, un pensamiento persistente se negaba a abandonarlo.

La joven, con su audacia y su terquedad, había logrado desarmar algo dentro de él, un sentimiento que Alan aún no comprendía del todo y que, de algún modo, le inquietaba.

—¡Alan! — Aarón lo alcanza por los corredores. — ¿A dónde vas? Últimamente no me dices nada.

—Porque no tengo nada que decirte. — siguen caminando hasta las caballerizas.

—Te conozco muy bien hermano, algo de tus sospechosas salidas no me estás contando.

—Tú tampoco me cuentas sobre las tuyas, así que estamos a mano. — le da de comer a Morpheus antes de montarse sobre él.




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