Una gran tormenta asaltó el amanecer, por lo que no hubo mucho movimiento en las calles. Alan se sentía un poco hostigado con la presencia de Turquesa en el castillo y la insistencia de su madre al querer unirlos. Si antes no quería casarse ni perder el tiempo con el tema del matrimonio, ahora menos. Odia actuar bajo presión.
Por ello, después del desayuno, va hasta las caballerizas para pasar tiempo con Morpheus, su caballo y cepillar su largo pelaje.
—Buenos días. — Turquesa aparece son una sonrisa. Alan no esperaba que fuera hasta allí. — Lamento no haber podido estar en el desayuno, es que acostumbro a levantarme un poco tarde. — se excusa, cuando la verdad es que a él no le importa.
—Descuida. — sigue cepillando su caballo.
—Veo que Morpheus ha crecido mucho. Está tan apuesto como su dueño. — se acerca y lo acaricia. Alan la mira y nota que está intentando coquetear con él.
—Gracias por el cumplido, supongo. — esboza una media sonrisa.
—Lamento profundamente si la insistencia de mi madre resulta ser un inconveniente —frunce el ceño, fingiendo ignorancia— Sé que eres consciente de que tienen planes de unirnos en matrimonio; yo también lo he notado. Nuestras madres desean asegurarse de que nuestro porvenir sea intachable.
—Me alegra que tú también lo hayas notado.
—¿Y qué opinas al respecto? — Turquesa juega con sus uñas mientras espera una buena reacción. El príncipe se detiene y resopla, pensando en cómo responderle sin herir sus sentimientos.
—Ni siquiera nos conceden la oportunidad de decidir lo que realmente deseamos. Nos presionan y nos privan de la libertad de escoger — la mira fijamente a los ojos— Y yo amo… sentirme libre. — su cercanía hace que Turquesa pierda el control sobre los latidos de su corazón— Mientras más me obligan a hacer algo, menos lo hago. Detesto que intenten dominarme y espero que tú también lo hagas. — se aparta, colocando el caballo de nuevo con comodidad en su lugar.
—Por supuesto. Pero, si he de ser honesta, no me parece un mal plan. Me refiero a que… mi familia podría sufragar la dote sin inconvenientes, y ambas se beneficiarían. Mi padre posee numerosas tierras que estaría dispuesto a compartir con el rey, y sus relaciones en el extranjero resultarían de gran utilidad.
—Creo que sin la necesidad de casarme contigo, el rey obtiene lo que quiere de tu padre. Así que esa no sería una excusa.
—Pero seguirás necesitando una buena esposa con quien compartir el reino. Y bueno… yo soy educada, sé leer y escribir. Pensé que sería más sencillo para ti hacerlo con alguien que ya conoces — Turquesa muestra un entusiasmo evidente.
—Mas mereces casarte por amor, y yo jamás podré otorgarte eso — el príncipe habla con total sinceridad— Tú y tu madre pueden permanecer todo el tiempo que necesiten en el castillo; es un honor tenerlas aquí. Hagan lo que hagan, solo procuraremos manejar las cosas con calma, ¿te parece?
—Por supuesto, mi lord. — inclina la cabeza.
—Tengo cosas que hacer, si me permites. Ten cuidado con el fango. — le advierte y se retira. Aunque la lluvia ha parado, ha dejado muchos charcos alrededor de todas las afueras del castillo. Las respuestas del príncipe le han dejado un mal sabor, pero no sería un impedimento para seguir intentándolo. Ya no se trataba de lo que quería su madre, sino de lo que su avaricia le exigía.
Sale de las caballerizas y observa todo el castillo desde cierta distancia.
—No me daré por vencida tan fácilmente. Algún día todo esto debe ser mío también. — dice para sí misma y esboza una media sonrisa. Mira el suelo mojado con mucha repugnancia y sostiene su vestido para no mancharlo mientras camina de regreso al interior del castillo.
En el pueblo.
Todos están acobijados en sus casas hasta que pase la tormenta. Algunos tenían que colocar pozuelos para que las filtraciones de agua no inundaran sus casas, por suerte, la de Helen resistía. Odette por ir a visitarla muy temprano, tuvo que quedarse en aquel lugar hasta que las lluvias se calmaran y pudiera regresar a su hogar.
—Y cuéntame... ¿cómo se conocieron el príncipe Alan y tú? Anoche los vi muy juntitos en la fiesta. — Odette le pregunta mientras están sobre la cama del aposento de Helen.
—¿Por qué preguntas eso? ¿Qué importancia tiene? — intenta evadir el tema.
—Tiene todo de importante. Es el futuro rey. — insiste.
Helen resopla.
—Nos conocimos de la forma más insólita. El día de su presentación, cuando recorrió el pueblo en su cumpleaños, no quise arrodillarme y lo miré a los ojos, aunque no era mi intención — recuerda aquel instante — Que nuestros ojos se cruzaran mientras él también me miraba fue una coincidencia. Entre tanta gente, fue casualidad que sus ojos se posaran sobre mí.
—Escuché algo sobre eso pero no de la manera romántica en la que me lo estás contando tú. La gente comenta que quizás te castigarán si sigues comportándote de esa manera.
—No hay nada de romántico en esto, Odette. Sabes muy bien que jamás podría sentir amor por esa gente.
—Eso no fue lo que vi anoche. — Odette sonríe. — Pero cuéntame, ¿qué pasó después?
—Seguía apareciendo en mi camino repentinamente y mi carácter lo impresionó. De alguna manera le agrada cómo soy y.…seguimos hablando.
—¿Hablando sobre qué?
—Sobre el pueblo. Le interesa saber más de nuestras costumbres así que me ofrecí a ayudarlo.
—Se oye más como una excusa. Fácilmente podría pagarle suficiente a cualquier vocero o guardián del pueblo para que le dé toda la información que necesite. — Helen sabía que también era una posibilidad, así que comienza a sospechar de las verdaderas intenciones del príncipe. — El príncipe es muy apuesto. Es el deseo de todas las doncellas del pueblo y la nobleza. No te imaginas las que pagarían lo que no tienen para al menos tenerlo tan cerca como frecuentemente lo tienes tú.
—Pues nada de eso me interesa. Mientras más cerca al enemigo tengas, más lo podrás controlar. Eso es justamente lo que estoy haciendo.