La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

13. La Desaparición De Helen.

Después de un mal día, el príncipe Alan debió volver al castillo para cumplir con su deber y asistir a la cena donde su matrimonio con Turquesa se definiría entre familias. Luego de ducharse, vestirse y peinarse, se unió al comedor tarde.

—Disculpen mi demora, tuve algunos imprevistos. — se sienta al lado de Turquesa.

—No se preocupe, lo importante es que ya está aquí. — dice Josefina con una sonrisa.

—Por cierto, qué bueno que ya está de regreso. — le dice al comendador, quien como lo previsto, regresaría para esta noche.

—Muchas gracias príncipe. — inclina la cabeza.

—Pronto ya no lo llamarás príncipe, sino yerno. — comenta el rey.

—No...no estoy entendiendo. — el comendador frunce el ceño.

—En su ausencia pasaron muchas cosas, dentro de ellas que nuestro heredero escogió a Turquesa para ser su esposa. — explica Gertrudis, lo que no deja muy contento al comendador.

—¿Sin mi aprobación?

—Pero sí con el mío. — revalida Josefina. — Ahora solo esperamos tu bendición para que nuestra hija pueda casarse plácidamente. — se miran con disconformidad, ya que el comendador sabe que mucho antes de Turquesa nacer, Josefina ya tenía cierta obsesión por casarla con el príncipe. Solo tiene cabeza para pensar en cómo obtener más poder.

—Esperamos contar tu apoyo, padre. Sería muy importante para mí. — Turquesa entrelaza su mano con la de Alan sobre la mesa. Gesto que no le agrada al príncipe.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? ¿Podríamos tener una conversación de padre e hija antes de tomar una decisión?

—Creo que no es necesario, mi amado. Nuestra hija está muy dispuesta, no hay que darle muchas vueltas al asunto. — Josefina interviene.

El comendador la observa con mala cara y luego mira los ojos llenos de felicidad de su hija. Duda de las verdaderas intenciones de su madre, pero si esto era lo que su pequeña princesa deseaba, no se interpondría en ello.

—De acuerdo. — guarda la calma. — Tienen mi bendición. — dice.

Turquesa se levanta de la mesa para abrazarlo vigorosamente.

—Gracias padre. — le dice al oído. Alan también le asiente con la cabeza como agradecimiento mientras que el rey intenta hacer su papel, pero está muy incómodo con la incertidumbre de si era o no aquella pieza que faltaba para completar el ritual por el que ha luchado muchos años de su vida.

—Entonces no hay mucho más que decir, a partir de este momento somos una familia. — Belmont levanta su copa y los demás hacen lo mismo para brindar. Momento que es interrumpido por la abrupta entrada de Vittorio cayendo en el suelo mientras se desangra de la herida en su cara. Todos se levantan de la mesa del espanto y el rey, junto a Cristóbal y Alan, se acercan para observar. Logran ver la enorme herida que tiene en su cara y Alan parece reconocer de qué armadura ha provenido.

Después de un rato, le han cocido la herida y parece estar mucho mejor. El príncipe siente un poco de compasión por él, pero es más el interés en saber quién le ha hecho esto y por qué.

Él, el rey y Aarón entran para que pueda explicarles mejor.

—¿Quién te hizo esto? — le pregunta Belmont.

—Ella otra vez, la hija de Benjamín. Ni siquiera controla su temperamento para respetar la memoria de su padre. — contesta, mirando de reojo al príncipe Alan.

—¿Qué hiciste para merecerlo? — Alan cruza los brazos.

—Me parece que no es la pregunta adecuada. — dice el rey.

—Perdón, pero es que no me creo que lo haya hecho porque sí. Es una chica que no se mete con nadie a menos que la provoquen. — asegura.

—Solo me estaba asegurando de que todo estuviera en orden por el pueblo. La encontré y le di mis condolencias. Empezó a culparme de la muerte de su padre y se puso histérica, hasta que de repente me golpeó con algo filoso en la cara. Estoy seguro de que era una daga. Incluso creo que conozco ese material. — mira al príncipe Alan con sospechas.

—¿Y desde cuándo te gusta ir por el pueblo dando pésames? La última vez que te vi con ella estabas a punto de castigar a su familia injustamente ¿y ahora le das tus condolencias? Me parece más que comprensible su reacción.

—Independientemente de lo que haya sido, esto no está bien. Si pueden ir golpeando a nuestros guerreros sin consecuencias ¿quién podrá protegernos de ellos después? — exclama el rey.

—¿Protegernos de ellos? — Alan se ríe. — En años jamás dijiste algo así sobre los paganos, de los cuales sí deberíamos hacerlo. — observa el aparente nerviosismo del rey tras mencionar a los paganos. — ¿Sabías que he encontrado a más de tres de ellos en nuestras tierras? — su cara le responde. — Pero eso tu peón no te lo dice ¿verdad? — ante el nuevo silencio del rey, Alan vuelve a reírse. — Olvídense de la hija de un hombre muerto. Respeten su dolor. — le reprocha a Vittorio. — Si es cierto que hizo esto sin razón alguna, la enfrentaré yo mismo y tomaré decisiones — les dice y cuando ya no tiene nada más que hacer allí, se retira.

—¡Hey! ¿Qué harás con Helen? — Aarón lo alcanza por los pasillos mientras caminan.

—Hablar. Escucharé lo que tenga que decirme al respecto. — se coloca la túnica negra.

—¿Tú crees que Vittorio haya sido el responsable de la muerte de su padre? — frunce el ceño.

—¿Con tantas cosas en su contra aún lo dudas? — Alan contesta y Aarón resopla. — No le pasará nada, tranquilo.

—No me preocupa ella, me preocupa todo lo que estás haciendo para molestar al abuelo. Sé que tienes razón en todo lo que dices, pero... ni siquiera me has dicho si las encontraste o no.

—¡Baja la voz! — Alan mira a su alrededor. — Y sí, ahí están. — antes dudaba en contárselo, puesto que, a cambio de él, Aarón siempre ha sido el que todo lo cuestiona. — Han estado encerradas durante todos estos años, pero por una...extraña razón, ahora quieren quedarse. Es más como si...lo necesitaran. — Aarón no puede creer lo que escucha.

—¡Por todos los santos! Necesito verlas. — intenta irse, pero Alan lo detiene.




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