La mañana siguiente.
Helen despierta muy desconcertada, sin saber en dónde está. Físicamente se encuentra mucho mejor pero su mente aún está al borde del colapso. ¿Dónde estoy? Se pregunta mientras observa el aposento y la cómoda cama en la que ha pasado casi toda la noche.
—Buenos días. — suena la dulce voz de una joven en la puerta.
—¿Tú...? ¿Tú quién eres? — frunce el ceño.
—Soy Margaret, parte de la servidumbre del castillo. Sierva personal del príncipe Alan — le extiende su mano, pero Helen, aún muy desconfiada, no se la estrecha. — Tranquila, solo vengo a ayudar. Te traje sábanas limpias, lociones y vestidos. Cualquier otra cosa que necesites solo dímelo. — coloca una enorme canasta sobre la cama.
—Lo que necesito es irme de aquí ahora.
—Me temo que eso no será posible. La trajeron aquí para ser castigada y ahora el príncipe Alan peleará por su libertad.
—¿Por mi libertad? ¿Qué significa eso?
—Podrás verlo con tus propios ojos esta tarde. Sostendrá una justa batalla contra Vittorio, y confío en que salga victorioso —a Helen le cuesta asimilar lo que oye. —Sé que has atravesado innumerables tormentos, pero todas estas tempestades pronto llegarán a su fin. El príncipe está de tu lado, y eso ya es mucho decir. Fue él quien te rescató de aquellos calabozos y me encomendó velar por ti.
—No necesito que nadie cuide de mí.
—Oh sí, sí que lo necesitas. Todos lo necesitamos en algún momento. — se acerca. — Te ayudaré a preparar la ducha. — Helen asiente y cuando Margaret está lo suficientemente alejada de la puerta, la empuja y corre hasta la salida.
Después de recorrer varios pasillos, llega hasta los enormes muros que protegían la entrada al reino. Todo estaba muy reforzado, era imposible entrar o salir sin que movieran las gigantescas compuertas.
—Deja de intentarlo, no lo conseguirás. — se oye la voz del príncipe Alan detrás de ella, arrimado a uno de los muros y con los brazos cruzados. — Me alegra que ya estés mejor.
—¿Mejor? No estoy nada mejor. Necesito volver a casa. — está desesperada.
—Lo sé, pero eso no será posible. No por ahora.
—¿No por ahora? ¡No puedo quedarme aquí!
—Pero tendrás que hacerlo. — se acerca. — Cortaste la cara de Vittorio y está en todo su derecho de hacer lo que quiera para castigarte. Así son las reglas.
—¡Él se lo buscó! ¡Él lo provocó! — está muy enojada.
—Y lo sé, pero a ellos no les importará. Así funciona esto, pero si queremos justicia debemos jugar de la misma manera.
—¿Jugar de la misma manera? — trata de calmar su ira.
—Exacto. — sigue acercándose. — Es de la única forma en la que podríamos ganar. — el intenso azul de su mirada le resulta tentador. Aunque Helen no entendía exactamente qué cosas tenía en mente como parte del juego, solo tenía cabeza para recordar que su padre estaba muerto.
—Él...él me confesó que asesinó a mi padre. También que fue responsable del incendio en el campo y quién sabe cuántas cosas más. Es capaz de hacer cualquier cosa. — las lágrimas descienden por sus mejillas.
—Y precisamente por ello pagará. Lo haré pedazos en un par de horas y, después, pondremos en marcha nuestro plan. Te ayudaré a vengar la muerte de tu padre. Solo dame la orden… y lo mataré.
—No. La muerte sería demasiado benévola para él. Debe sufrir. —un matiz desconocido se asoma en la voz de Helen; el rencor, que ella misma ignoraba albergar, comienza a revelarse con una intensidad inquietante.
—¿Y qué harás para conseguirlo? ¿Qué podría provocar el sufrimiento de una bestia como él? —pregunta, mientras ella baja la mirada hacia las palmas de sus manos, recordando aquel poder desconcertante que habita en su interior.
No sabe aún cómo dominarlo, pero es plenamente consciente de que con él podría arrasar cuanto desee.
—Ya encontraré la manera — responde con determinación. El príncipe intuye que le oculta algo más, pero decide no presionarla por el momento.
—¿Qué ocurrirá con mi familia? Debo regresar con ellos.
—Tu familia atraviesa una crisis. Tu madre vendió cuanto poseía para poder encontrarte; a tu hermano mayor le resulta intolerable volver al mismo lugar donde murió su padre, y Lucas… no es más que un niño que necesita cuidado y atención.
Helen pasa la mano por su cabello, intentando asimilar el peso de aquellas palabras.
—Enviaré una carta con mis guardias y provisiones suficientes para que puedan persistir. Al menos hasta que logren reponerse.
—¿Y quién escribirá la carta? ¿Usted?
—No me queda de otra.
—Preferiría hacerlo yo misma. Mi madre conoce mi letra, así que la dejará más tranquila.
—¿Sabes escribir? — parece impresionado.
—No todos los pueblerinos somos iletrados. — casi suena como un regaño. Helen empieza a sentirse mareada y e1 príncipe se acerca para asegurar que no se caiga.
—Aún no te has recuperado por completo. Necesitas alimentarte y reposar.
—¡Oh! Aquí está. Estuve buscándola por todo el castillo. — Margaret los alcanza.
—Sí, es un poco terca. Ya te acostumbrarás. — dice él, y Helen pone los ojos en blanco. — Entonces... ¿harás esto por las buenas o por las malas? — ¿tendría otra opción? Helen se pregunta. El príncipe acababa de salvar su vida y ahora su familia se encontraba en una apretada situación. Si las cosas salían bien en la pelea, tendría que trabajar para el reino por 7 meses y al menos el sueldo le serviría para ayudar a su familia. Aparte de que parecía ser una oportunidad para destruir al asesino de su padre teniéndolo más de cerca.
—Está bien. Puedo resistirlo. — nada podría ser peor que el dolor tras la pérdida de un ser amado.
—Ve con Margaret y déjate ayudar. Es de confianza. — Alan le asegura y Helen obedece. Camina detrás de ella hasta el aposento donde parece que se estará quedando durante los siguientes meses.
La bañera está preparada y a simple vista parece tener todo lo que necesita: vestidos, lociones, zapatos, prendas para el cabello y demás.