Después de una larga siesta, profunda y pesada como si su cuerpo hubiera querido huir de la realidad por unas horas, una de las siervas irrumpió en el aposento de Helen sin delicadeza alguna. Las ruidosas palmadas resonaron, obligándola a abandonar el escaso consuelo del sueño. Así las despertaban a todas porque debían ser las primeras en levantarse y las últimas en descansar. Antes de que los Rutherford siquiera abrieran los ojos, el castillo tenía que parecer perfecto.
Helen se incorporó con rapidez, aún con el peso del cansancio en los párpados. Se duchó, se lavó los dientes y poco después se integró al comedor de la servidumbre. El lugar ya estaba lleno de murmullos y pasos apresurados. Eran muchas, más de las que cualquiera imaginaría, y cada una sabía que el tiempo era un lujo inexistente. El desayuno era sencillo pero suficiente, y solo disponían de diez minutos exactos para ingerirlo. Nadie se atrevía a demorarse.
Las asignaciones estaban claramente divididas. Algunas se encargaban exclusivamente de los aposentos del rey y la reina. Otras atendían las habitaciones de Gertrudis y del coronel Cristóbal, siempre exigentes en los detalles. Un grupo se ocupaba de los huéspedes, en ese momento los Robledo, cuya presencia había incrementado la tensión en el ambiente. Otras se dedicaban a la limpieza general del castillo: pasillos interminables, salones de mármol, ventanales altos que parecían tocar el cielo. Y estaban también las que permanecían en la cocina, enfrentándose al calor constante y a las órdenes incesantes.
Apenas el último sorbo era tragado, las sillas se movían al unísono. No había espacio para la pereza ni para la distracción. El día comenzaba de verdad, y con él, la silenciosa carrera por cumplir sin fallar.
—¿Puedo sentarme contigo? — Helen le pregunta a Margaret, ya que es a la única que conoce.
—Claro, adelante. — se echa hacia un lado y le deja espacio en el asiento. — ¿Lista para tu primer día de trabajo?
—Honestamente no sé si lo estoy. — comienza a comer. — Todas parecen saber qué hacer, pero a mí nadie me ha dicho nada.
—Es porque recibirás instrucciones directamente de la mucama. Lo hacen con todas las siervas personales de un miembro de la realeza.
—Espero que no sea tan difícil.
—Yo diría que es el más complicado. Vives con una constante presión emocional todo el día. — esto la asusta un poco. — Las siervas de la princesa Turquesa ven la gloria cuando su turno termina. Solo dicen que es insoportable.
—¿Dijiste "la princesa Turquesa"? — frunce el ceño. Ya había escuchado sobre ella en algunas ocasiones.
—Sí, la princesa Robledo. La prometida del príncipe Alan.
Algo amargo recorre la garganta de Helen, quitándole el apetito.
—¿Y está aquí?
—Sí. Se quedó por unos días cuando el comendador, su padre, viajó al extranjero para hacer negocios. Honestamente se me hizo solo una excusa, pero la princesa Gertrudis es muy hospitalaria con ellas. Creo que mañana se marchan. No es muy apropiado que los prometidos convivan en una misma casa antes de consumar el matrimonio. — le explica. — ¿Ya la conocías?
—No, pero había escuchado algunas cosas. — no la conoce personalmente y por alguna confusa razón, no le tiene mucho afecto que digamos.
—Tú no te preocupes por eso, hasta que no se convierta en su esposa no la tendrás muy cerca. De hecho, a todas pareció sorprenderles que el príncipe te escogiera como su sierva personal.
—¿Por qué? ¿No lo eras tú?
—Soy a la que más confianza le tiene, pero nunca me ha dejado entrar a su habitación. Solo estoy ahí para limpiar sus zapatos, planchar su ropa, ya sabes. La mucama hace todo ella personalmente cuando de su príncipe adorado se trata.
—Sí, me lo puedo imaginar.
—Ella te dirá todo lo que necesitas saber. Te dará un recorrido por todo el castillo para que no te pierdas. Este lugar es enorme.
—¿No podrías dármelo tú?
—Aunque quisiera no puedo. Tengo muchísimo trabajo que hacer. Pero ven, te llevaré con la mucama antes de irme. — la toma de la mano y caminan hasta el salón donde ella se encuentra. Tan solo su apariencia y su fría expresión, es suficiente para que Helen quiera salir corriendo de allí.
—Buena suerte. — Margaret le susurra y se marcha, dejándolas completamente a solas.
Un silencio muy incómodo mientras la mucama la observa de arriba abajo pone a Helen nerviosa.
—Así que dime, Laurent…
La voz de la mucama sonó firme, sin levantar el tono, pero con esa autoridad que no admitía distracciones. Se encontraba de pie frente a Helen, con la espalda recta y un pequeño cuaderno apoyado contra su antebrazo.
—Helen. — la corrigió al instante — Laurent es mi apellido.
—Bien, Helen. Dime qué sabes hacer. — añadió mientras se colocaba los lentes sobre el puente de la nariz y la observaba con detenimiento, como si evaluara no solo sus palabras, sino también su postura, su respiración y hasta su seguridad.
Helen carraspeó levemente.
—Sé leer, escribir…
—Sobre los quehaceres del hogar, ¿qué sabes hacer? — la interrumpió sin darle espacio para continuar, anotando algo en su cuaderno.
La joven parpadeó, ligeramente desconcertada por la brusquedad.
—Pues… sé hacer pan, lavar los trastes, lavar ropa, limpiar y… no sé qué más quiere que le diga. — se le escapó una risa breve, nerviosa. Aquella especie de interrogatorio le parecía exagerado, casi absurdo. Al final, limpiar era limpiar en cualquier lugar… ¿o no?
La mucama levantó la mirada por encima de los lentes, sin sonreír.
—Bien. Entonces olvida todo lo que sabes desde este momento. Nada se hace igual aquí. Así será más fácil que te adaptes.
Helen frunció el ceño, confundida.
—¿Cómo? ¿Con qué lavan la ropa aquí, con una barita mágica? — preguntó con ironía, dejando que una sonrisa traviesa asomara en sus labios.
Pero la expresión de la mucama no cambió. Sus ojos permanecieron severos. La sonrisa de Helen se borró poco a poco al comprender que no había espacio para bromas. Allí, incluso la forma de sostener un trapo parecía tener reglas invisibles.