Helen permanecía inmóvil tras haber quemado el rostro de un hombre con solo tocarlo, sin comprender cómo aquel poder había surgido de ella. Al mirar sus manos intactas, sintió un miedo profundo al entender que algo desconocido había despertado en su interior.
—¿Segura que estás bien? —preguntó el príncipe Alan en voz baja, inclinándose apenas hacia Helen mientras avanzaban.
—Sí, estoy bien — respondió con serenidad.
Antes de que pudieran cruzar el umbral del salón principal, el coronel Cristóbal apareció desde el ala oriental.
—¡Hijo! Qué bueno que ya estás aquí. — se acercó con paso decidido y colocó una mano firme sobre el hombro de Alan— ¿Estás bien?
El príncipe frunció el ceño ante la gravedad en el rostro de su padre.
—Por supuesto. ¿Qué sucede?
Por un instante, creyó que se trataba de lo ocurrido con los tenebris en el pueblo, de aquella sombra que se había extendido como un presagio. Pero no habría manera de que lo supieran tan pronto.
—Atacaron a la princesa Robledo. Suponemos que ha sido para hacerte daño.
Alan apenas tuvo tiempo de asimilarlas cuando un vestido de seda azul se precipitó hacia él. Turquesa, con el rostro pálido y los ojos aún enrojecidos, se aferró a su pecho.
—Amor mío, qué bueno que ya estás aquí —murmuró con voz quebrada.
Helen sintió un nudo incómodo en el estómago. Intentó mantenerse erguida, indiferente, pero la cercanía entre ambos la hirió más de lo que quiso admitir. Desvió la mirada hacia una ventana alta.
¿Por qué me siento así?, se preguntó en silencio, molesta consigo misma. Alan, rígido, tardó un segundo en corresponder el gesto. Con suavidad, separó a Turquesa lo suficiente para mirarla a los ojos.
—Tranquila, ya pasó. Estarás bien. — luego alzó la vista hacia el coronel— ¿Atraparon al intruso?
—Sí. Tu abuelo está con él en las mazmorras en estos momentos —respondió Cristóbal— Menos mal que pudimos evitar lo peor.
El comendador Robledo, de porte severo y bigote cuidadosamente peinado, se acercó. Su esposa, Josefina, mantenía los dedos entrelazados con nerviosismo.
—Tenemos que marcharnos ahora mismo —declaró el comendador, tomando a su hija del brazo— Ya no es seguro aquí.
—Si no lo es aquí, mucho menos lo será en nuestra casa —refutó Josefina.
—Mi hija seguirá en peligro mientras esté aquí y siga comprometida con el príncipe —insistió el comendador, clavando los ojos en Alan.
El príncipe sostuvo la mirada sin soberbia, solo con una comprensión silenciosa que lo hacía parecer mayor que sus años.
—¡Esto no es su culpa, padre! —intervino Turquesa, apartándose para colocarse frente a él— No huiré como si fuese débil.
En ese instante, apareció Gertrudis, envuelta en un vestido oscuro bordado con hilos plateados. Su porte era digno incluso en la preocupación.
—No se preocupe, las siervas se encargarán de recoger sus pertenencias —dijo con suavidad— Les ofrezco una disculpa por todo… no solo por lo de esta noche. Pero, como comprenderán, toda monarquía tiene sus enemigos. Es el precio que se paga. Lamento que mi ahijada casi haya sido víctima de ello.
Turquesa tomó las manos de la princesa con fervor.
—No tiene por qué disculparse. Acepté ser la prometida de su hijo consciente del peligro que ello implica. Seré la reina que todos necesitan que sea: fuerte.
Y entonces, contra su voluntad, Helen dejó escapar una breve risa nasal. No fue burlona del todo, sino incrédula. El sonido rompió la solemnidad del momento.
Varias cabezas se volvieron hacia ella.
—¿Qué te parece gracioso, niña? —preguntó Josefina con mal tono.
Helen abrió la boca para responder, pero Alan se adelantó.
—Disculpen —dijo con firmeza contenida— Ha sido una noche difícil para todos.
Tomó a Helen del brazo con cortesía y la condujo lejos antes de que la tensión escalara.
Mientras avanzaban por los corredores iluminados por antorchas, Helen notó algo inquietante: había más guardias de lo habitual. Guerreros y alabardas relucientes custodiaban cada esquina. El castillo, que solía sentirse como un refugio parecía inseguro ahora.
Alan detuvo el paso frente a la puerta del aposento de Helen.
—No debiste reír —murmuró, aunque sin dureza.
Ella lo miró de frente por primera vez en toda la noche.
—¿Y debía aplaudir? —respondió en voz baja— Habla de fortaleza como si supiera lo que es.
El príncipe guardó silencio unos segundos.
—Gracias por acompañarme en la aventura esta noche, pero no se repetirá.
—¿Qué? Esto no fue una aventura, el pueblo está en peligro. ¿Qué quiere decir con que no se repetirá? — se alteró ella, dando un paso al frente.
—Puedo parar esto solo. No puedo ponernos en peligro a los dos, ¿lo entiendes? Suficiente tengo con que tú seas la primera sospechosa de la desaparición de Sylvie.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Helen sintió que la sangre le hervía.
—¡Pero sabe que no he sido yo! ¿Cuántas veces tengo que decírselo?
—¿Entonces no contestarás mi pregunta de hace rato?
—No tengo nada que decirle porque no tengo nada que ocultarle. Y si tanto desconfía de mí entonces regréseme a mi casa y no volverá a verme nunca más.
Se giró con la intención de entrar en su aposento. Pero antes de que pudiera cruzar el umbral, Alan la sujetó con firmeza del brazo.
—Escúchame —dijo con voz baja pero autoritaria—, recuerda que estás bajo mis órdenes y me debes respeto. Cosa que claramente no me has tenido desde el primer momento. Pero si quieres mantenerte a salvo, muchas cosas deberán cambiar.
La obligó a mirarlo.
—No puedo resolverlo todo a la vez —continuó— Y si también tengo la preocupación de que podrías estar en peligro, todo se iría a la mierda.
Helen frunció el ceño ante la crudeza de la expresión. No era habitual oír a un príncipe hablar con tal descuido.
—Casi te pierdo una vez. No dejaré que se repita.