La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

17. Baile de máscaras.

Después de haber contado su versión de los hechos, Helen caminaba de un lado a otro en su aposento, incapaz de quedarse quieta. Su mente no dejaba de dar vueltas: ¿Qué pasaba allí afuera? ¿Habían logrado capturar a la impostora? ¿Cómo estaría la princesa Gertrudis después de todo aquello? Cada pregunta parecía multiplicarse, rebotando en su cabeza sin descanso. Podría abrir la puerta y salir a averiguarlo por sí misma, pero sabía que estaba prohibido. Los guardias buscaban a la falsa Junilda y, si se entrometía, solo complicaría la investigación. Lo último que quería era meterse en más problemas.

En el gran pabellón, el rey Belmont recorría el salón con pasos firmes, su rostro cargado de ira y preocupación. Alan y Aarón permanecían a un lado, escuchando cada palabra.

—¿Cómo es posible que en menos de un día dos intrusos pudieran acceder a los interiores del castillo? — gritó el rey — ¿Para qué se supone que están aquí?

El coronel, encargado de la seguridad, dio un paso adelante.

—Fue un descuido que no se repetirá, señor.

—¡Un descuido que casi se lleva la vida de mi hija y de tu esposa! —exclamó Belmont, golpeando ligeramente la mesa— Mañana el rey de Inglaterra pisará este lugar, y lo último que quiero es que se burle de nuestras tropas. Arreglen todo este desastre antes del amanecer, encuentren a los responsables y elimínenlos. ¿Les quedó claro?

—¡Sí, señor! —respondieron todos al unísono, inclinando la cabeza.

Por primera vez en mucho tiempo, los hermanos Rutherford coincidían con su abuelo: perder a su madre era su peor temor, y harían cualquier cosa para protegerla.

Alan giró la cabeza hacia los portones del castillo y vio a Max acercándose, el guerrero que había estado bajo su confianza desde hacía años. Su figura firme y el paso decidido traían consigo un aire de seguridad. Alan no pudo evitar una sonrisa al verlo.

—¡Max! —exclamó, dejando escapar una mezcla de alivio y alegría— ¡Por fin estás de regreso!

Max correspondió la sonrisa, pero también se inclinó respetuosamente.

—Mi señor, ha sido un viaje largo y arduo, tal como me encomendó. Pero regresar a su lado es... —sus palabras se detuvieron un instante, y su semblante se iluminó con sinceridad— Es un alivio volver a este castillo y verlo a usted bien, príncipe.

Alan dio un paso hacia él y le dio una palmada firme en el hombro.

—Me alegra verte sano y salvo, Max. Todo esto es... —suspiró, mirando hacia los guardias que aún organizaban la seguridad—, todo esto es un caos, pero con que estés de regreso, me siento más tranquilo.

Max asintió, consciente de la magnitud de la situación, pero también contento de estar otra vez bajo las órdenes de Alan, listo para protegerlo y garantizar que nada ni nadie se interpusiera entre el príncipe y los suyos.

—Cuando entré vi a alguien entre los escombros. — dice Max, en voz baja.

—¿A quién? — le pregunta en cuanto se alejan del pabellón del rey.

—Es Loana, la hija de Silas. — aclara.

—¿Loana? — está muy impresionado. ¿Qué cosa sería tan importante que la obligó a salir de su escondite para pisar las tierras que más odia? — ¿Dónde está?

—En el cobertizo. Por suerte llegué en el momento preciso. Dijo que era muy importante hablar con usted. — desde luego lo era.

El príncipe no dudó ni un segundo y al llegar, la encontró. Saca la daga por instinto en cuanto lo ve entrar.

—¡Wow, tranquila, soy yo! — levanta las manos vacías.

—Perdón, pero es que este lugar me pone de los nervios. — guarda la daga. — Ahora entiendo por qué todos tienen cara de pánico.

—No es por eso. Intentaron asesinar a mi madre y la sospechosa escapó. Todo el castillo está en alerta roja. Tuviste suerte de que Max te encontrara antes que cualquier otro. Te habrían matado sin pensarlo. — Loana respira profundo. — ¿Y qué es eso tan importante que tienes que decirme?

—Es sobre tu abuelo y la verdad detrás de la peste en el campo de los condenados.

—Lo siento Loana, pero no creo que tenga cabeza para esto ahora.

—Sí, sí deberías. Porque él fue quién lo provocó todo. — Alan la observa con el ceño fruncido. — Y te lo contaré todo, aunque me creas o no. — dice, y sigue explicándole exactamente todo lo que Silas le había dicho.

En el pasadizo secreto de la biblioteca.

—¿Puedes ver algo? —preguntó Cinco con voz temblorosa mientras otra de ellas proyectaba su conciencia fuera de la celda, flotando en la penumbra del lugar.

—Sí —respondió Tres con firmeza— Está en su aposento.

—¿Y qué esperamos? Debemos largarnos de aquí antes de que el rey haga el resto —dijo Dos, impaciente, mordisqueándose el labio.

—Si el rey no ha hecho nada todavía, es porque no sabe quién es —replicó Uno, con un dejo de urgencia en la voz.

—Entonces deberíamos usarlo como ventaja —intervino Cinco — Es hora de poner en marcha el plan que desde hace años tenemos guardado.

Un silencio tenso llenó la celda. Todas esperaban la respuesta de Cinco, observándola como si cada movimiento suyo fuera una señal. Pero algo estaba mal. Cinco sostuvo su cabeza entre las manos, y un estremecimiento recorrió su cuerpo como si un dolor intenso la atravesara de punta a punta.

Cuando el espasmo pasó, quedó completamente inmóvil, flotando apenas unos centímetros sobre la estrecha cama de la celda. Sus ojos brillaban con un resplandor extraño, sobrenatural.

—Está teniendo una visión —susurró Dos, apenas audible, con un escalofrío recorriendo su espalda.

Cinco no respondió. Sus labios se movían levemente, formando palabras que nadie podía escuchar, mientras imágenes invisibles parecían proyectarse en su mente: luces, símbolos, y una energía poderosa que pulsaba desde algún punto desconocido del castillo.

—¿Qué ves? —preguntó Tres, temblando un poco.

La intensidad de la visión hacía que el aire en la celda se volviera pesado. Cada una de las presentes sintió la energía vibrando alrededor, una mezcla de miedo, anticipación y asombro. Sabían que la revelación de Cinco cambiaría todo, que su plan, cuidadosamente guardado durante años, estaba a punto de ponerse en marcha, y que la séptima estrella podría ser la pieza clave que transformaría sus destinos.




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