La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

18. Las visiones.

El baile, que hasta hacía unos instantes transcurría con normalidad terminó en una tragedia. Los invitados comenzaron a retroceder, confundidos y aterrados, mientras los gritos se mezclaban con el ruido de las armaduras al chocar unas contra otras.

Los guerreros ingleses reaccionaron de forma inmediata. Rodearon al rey Enrique con firmeza y lo escoltaron fuera del salón, atravesando los corredores iluminados por antorchas hasta conducirlo a sus aposentos privados. Allí permanecería resguardado hasta que la situación se aclarara.

En el gran salón, el caos se extendía. Las máscaras, que momentos antes simbolizaban juego y misterio, ahora yacían en el suelo, pisoteadas y olvidadas. Belmont, por su parte, no abandonó el trono. Permanecía sentado, aunque visiblemente afectado, mientras varios médicos se inclinaban ante él con frascos de esencias y paños húmedos. Uno examinaba su pulso con gesto concentrado; otro intentaba calmar su respiración, que se había vuelto irregular tras el sobresalto.

—¿Te encuentras bien, abuelo? — Alan le pregunta, sosteniendo su mano a su lado. A pesar de todo, todos están preocupados por él, desde la reina hasta sus nietos.

—Estaré bien. — intenta controlar su exasperada respiración.

—El corazón de Su Alteza estuvo a punto de cesar por completo. Fue providencia divina que Vittorio llegase en el momento justo —dijo el médico, mientras recogía con sumo cuidado sus instrumentos y los acomodaba en su estuche de cuero— Conviene que permanezca en reposo durante algunos días y que no sea expuesto a sobresaltos. Cualquier alteración podría elevar su pulso y agravar su estado, lo cual sería de mayor peligro.

—Nos encargaremos de que así sea, no se preocupe. — la reina dice. — Muchas gracias por sus servicios.

—Será siempre para mí un alto honor y un sincero placer servir. — hace una reverencia y la princesa Gertrudis lo acompaña hasta la puerta.

El coronel seguía con los demás, amontonando y quemando los cuerpos de los guerreros muertos respetando sus memorias con un minuto de silencio.

—Debería estar recostado en su lecho y no en este lugar. — dice Aarón. También está preocupado por su abuelo.

—No, me quedaré aquí un poco más.

—¿Para qué?

—El rey Enrique permanece aún en el castillo. Le debo una explicación.

—¿Y cuál será esa explicación? —preguntó Alan, soltando la mano y colocándose junto a su hermano— ¿Hablará con la verdad, o encubrirá lo sucedido con mentiras?

—Hablaré con la verdad. Nada saldrá de mis labios que no sea cierto.

—¿Y cuál es esa verdad? Deseo escucharla. Tal vez pueda ofrecer mi parecer —dice Alan, con firmeza.

La reina lo reprende con una mirada severa. Aunque en su fuero interno coincide con sus palabras, nada desea menos en ese instante que Belmont altere nuevamente su estado de salud.

—No te preocupes. Sé que hacer. Después tú y yo hablaremos.

Alan asiente, confiando en aquella determinación. Sin añadir palabra, se retira junto a Aarón. Al atravesar los largos pasillos del castillo, encuentra a Helen, cuyo semblante revela la angustia que ha procurado disimular. La preocupación por Sylvie la mantiene en desvelo.

—¿Cómo está? — les pregunta.

—¿El abuelo? — Aarón frunce el ceño.

—No, Sylvie... ¿qué sustancia fue la que Vittorio le introdujo en la sangre?

—No lo sabemos. — Aarón contesta mientras Alan se sumerge en sus pensamientos sin decir una palabra. — ¿Alan? — ambos notan su desconcierto, pero él solo camina rápidamente hasta Vittorio mientras ellos lo siguen. — ¡Alan!

Sujeta a Vittorio del cuello y lo estampa contra la pared bruscamente.

—¿No se te había ordenado permanecer apartado de tus funciones? Entonces, dime, ¿qué acabas de hacer? — le pregunta muy enojado.

—Alan, suéltalo. — Aarón lo hace entrar en razón y lo libera.

—¿Qué sustancia le administraste? ¿Dónde está ella ahora?— intenta controlarse y no agredirlo nuevamente.

—Se halla donde reposan las demás — respondió, dirigiendo la mirada hacia Helen, como si al pronunciar aquellas palabras revelase un secreto que no debía llegar a sus oídos— Lo que contenía era un neutralizador: una pócima singular, concebida por hechiceras, capaz de impedir el uso de todo lo que exceda los límites de lo natural. No fue sencillo conseguirla.

—Al parecer, no dejas de involucrarte en conflictos, Vittorio —declaró Aarón con sobria severidad.

—Lo que hice...fue salvar a mi rey. Es lo que siempre he hecho.

—Y también dio muerte a mi padre —afirmó Helen, mirándolo con una mezcla de furia y dolor, pues aún le resultaba arduo aceptar aquella pérdida que tanto la había marcado— No debería seguir con vida.

—Si tanto lo deseas, ¿por qué no me matas tú misma? —replicó él con fría provocación.

—Mide bien tus palabras —advirtió el príncipe con tono firme, dando un paso al frente para imponer su autoridad.

—Lo haré, no tengas prisa. Pero antes me aseguraré de que sientas todo el dolor que provocaste en mi familia. — incluso él puede percibir la ira con la que lo mira.

—Alan, Aarón, hijos. — Cristóbal se les acerca. — El rey los necesita en el trono. El rey Enrique está allí. — les informa.

Vittorio se retira y ellos acompañan a su padre. Mientras Helen, tratando de controlarse, camina por los corredores que conducen a la cocina, incluyendo el que lleva hasta la biblioteca. "Se halla donde reposan las demás". Sabía perfectamente a qué se refería. Quizás era momento de dejar el miedo atrás y enfrentar lo que sea que el rey estaba escondiendo.

Mira sus manos y confía en que su poder no la dejará sola esta vez.

—¡Señorita! No le es permitido transitar por este sector. El acceso está restringido —manifestó uno de los guardias apostados a la entrada, interponiéndose con firmeza en su camino.

—¡Oh! Ruego me disculpe; quizá confundí los pasillos. Soy nueva por aquí y aún desconozco los límites — respondió ella, dibujando en sus labios una sonrisa fingida — No obstante, ya que me encuentro aquí, ¿sería posible que me facilitara algún libro que alivie mis horas de tedio?




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