Al día siguiente, todo transcurría con normalidad. Los Rutherford, como casi todas las mañanas, se reunían en el desayuno. En este caso, con un invitado más: el rey Enrique. Belmont aún seguía lidiando con las secuelas desde que Sylvie desaceleró los latidos de su corazón y tenía que guardar el secreto de su reunión con Silas.
—Espero que la monotonía de Francia no lo esté aburriendo. — le dice al rey Enrique mientras desayunan.
—Para nada. Hoy, de hecho, planeo dar un paseo por el pueblo. Quizá descubra algo que despierte mi interés. — Enrique parece siempre estar de buen humor.
—En dos días será el anunciamiento de nuestra futura reina. ¿Estará presente? — Gertrudis pregunta.
—¿Cómo podría perdérmelo? Por supuesto. Sería un honor. — mira a Alan, quien también parece estar muy contento esta mañana.
—Sí. Será un día muy importante. Me honraría mucho con su presencia. — el príncipe Alan dice con una sonrisa, provocando en Enrique cierta sospecha, ya que nunca solía hablarle con tanta amabilidad.
—¿Preparado para la vida de un matrimonio? — su abuelo le pregunta.
—Más de lo que te imaginas. — Gertrudis también lo observa con recelo. Nunca había estado tan emocionado por su compromiso con Turquesa.
—¿Qué harán con los paganos? ¿Ya tomaron una decisión? — el coronel Cristóbal cambia de tema.
—Este asunto está cerrado. No es algo de lo que ya debamos preocuparnos. — el rey contesta con tranquilidad. — No volverán a molestarnos.
—¿Por qué estás tan seguro? ¿Hablaste con Silas, acaso? — Alan inquiere. — Con eso de que...eran buenos amigos en el pasado no me sorprendería. Ni siquiera sabemos qué fue lo que los separó.
—No son temas para conversar en la mesa. Es un asunto familiar.
—Oh, no se preocupen por mí. Yo ya me retiro. Tengo...un recorrido que hacer. Con su permiso — el rey Enrique se limpia la comisura de los labios con las servilletas de tela fina y se retira con sus guardias hasta la carroza que los transportará.
Una vez a solas, únicamente la familia Rutherford, miran al rey para que comience a hablar. Ya que todos estaban interesados en escuchar la historia.
—La madre de Silas era la madrina de Belmont. — responde Tomasia, al ver que al rey le cuesta. — La cercanía entre familias los convirtió en casi hermanos. Iban juntos a todas partes, eran inseparables. Pero cuando el padre de Belmont descubrió que eran paganos, todo cambió. Los obligaron a separarse y pasaron por etapas. Primero fue la decepción, luego la ira y el rencor hasta que ya no quedó nada. El rey no toleraba la desobediencia, así que envió a sus guerreros a asesinar a todos los de su especie. A todos los que iban en contra de sus principios. A todos los que adoraran a otro Dios. — por su expresión, parece sumergirse en los recuerdos. — Evidentemente algunos lograron salvarse y cuando Belmont tuvo la oportunidad de cambiar las cosas, decidió seguir los pasos de su padre. Pasaron años y un día después de ser coronado, su primera orden fue iniciar una guerra entre ambos bandos. Una guerra que jamás terminó.
—¡Qué tragedia! — exclama Gertrudis.
—¿Y cómo sabes todo esto, abuela? — Aarón pregunta.
—Porque yo fui el acuerdo de paz. — muestra el sorprendente triángulo que tiene marcado en la piel de su muñeca. Dejando a todos atónitos con tal revelación. — Nuestros padres nos comprometieron cuando ya no quedaba remedio. Y aunque no nos llevábamos, nos usaron para mantener la paz entre los Rutherford y los Foster. Entre la realeza y los paganos. — la reina confiesa y los ojos de Belmont confirman su historia.
—¿Quieres decir...?
—Sí, así es. Silas es mi hermano. — incluso Alan se queda sin habla, pero ahora podría entender la razón de muchas cosas. Como porqué Silas se ha resistido tantos años para atacar a los Rutherford (ya que su hermana siempre estuvo allí), porqué siempre se recalca que existe un acuerdo irrompible entre ambos bandos, porqué Silas se empeña en detener a Belmont de su demencia y porqué el rey parecía mostrar piedad en cuanto de él se trataba. — Soy el claro ejemplo de que ser pagano no significa ser una persona detestable. Pero la razón de esta enemistad va más allá de quiénes son o no. — mira al rey firmemente, quien ha permanecido en silencio a su lado.
—¿Por qué nunca nos habías dicho esto? — Alan le pregunta.
—Porque no era importante hasta ahora. Hay secretos que son inevitables de ocultar. — un silencio incómodo se apodera del desayuno.
En el campo de los condenados.
Enrique.
Con máscaras que ocultaban sus rostros y desde una distancia prudente, el rey de Inglaterra observaba el sitio donde su padre había perecido muchos años atrás. Aquel lugar guardaba un peso simbólico para los franceses, y no por motivos de gloria o alegría, sino por la memoria sombría que impregnaba la tierra.
Mientras él y sus guardias vigilaban en silencio, un grupo de analistas, cubiertos con máscaras en forma de pico de cuervo, recolectaba muestras del suelo aún marcado por las llamas y el tiempo.
—¿Cómo es posible que siga así? —sus dedos rozaron una roca calcinada, sintiendo el calor que aún guardaba— Todo parece como si hubiera sucedido ayer.
—Dicen que de aquí proviene todo lo demás —respondió su guardia de mayor confianza, a su lado— Que aquí se originó la maldición que pesa sobre Francia.