Con los nervios a flor de piel, Helen se plantó con firmeza frente a la corte, su espalda erguida y sus manos entrelazadas frente a ella, como si de esa manera pudiera anclar la tormenta que sentía en el pecho. El peso de la corona descansaba sobre su cabeza, no sólo como un ornamento de plata y piedras preciosas, sino como un recordatorio constante de la responsabilidad que había aceptado.
A su lado, el futuro rey de Francia permanecía tranquilo, la observaba. Más allá de ellos, gran parte de su familia fruncía el ceño o murmuraba con desaprobación, mostrando con claridad su oposición a aquel compromiso, pero Helen no desistió. Recordó la razón que la había llevado a aceptar este compromiso: no era por poder, ni por riquezas, ni por la comodidad que un título podía otorgarle, sino por un propósito mayor, por algo que la superaba y que ella estaba dispuesta a sostener, aunque todo a su alrededor pareciera conspirar en su contra.
—¿Estás lista para el baile? — le pregunta Alan al oído.
—No, estoy muy nerviosa. La gente no deja de mirarme. — responde en voz baja. Aunque por la melodía, nadie puede escucharla.
—Solo enfócate en mí. Olvida todo lo demás. — con mirarlo a los ojos es suficiente. Suficiente para inhalar hondo y seguir con su papel. El príncipe le extiende su mano y la guía hasta la pista de baile mientras todos se apartan para darles suficiente espacio. Helen se queda quieta en el otro extremo y Alan toca su corazón mientras camina hacia a ella a ritmo de la armonía. El penetrante contacto visual y la sutileza con la que la toca para bailar, hace que los invitados se sumerjan en el amor que muestran tener.
Mientras que el rey, sin poder controlar su evidente ira, se retira del salón.
—¿Qué está pasando? ¿No era Turquesa la que debería estar aquí? — la reina le pregunta a Gertrudis mientras los observan desde el trono.
—Ayer sucedieron muchas cosas, madre. Alan… solo tomó una decisión.
—Una decisión que, al parecer, tú apoyaste. — su madre la observó con severidad— A tu padre no le agradará en lo absoluto esto que han hecho.
—Ya lo sé. ¿Dónde está? — nota su ausencia.
—Se ha retirado. Hablaré con él y procuraré apaciguar la situación, pero no puedo asegurarte nada. Sabes bien que este tipo de compromiso resulta inaceptable ante la corte. — Gertrudis se queda en silencio y muy preocupada. — Honestamente, no me desagrada en absoluto. Todo lo que deseo es la felicidad de mi familia, y si Alan la encuentra a su lado, no seré yo un obstáculo más en su camino. — escuchar esto de la reina era alentador, pero aun así, Belmont tenía el veredicto más fuerte.
En los aposentos del rey.
—¿Cómo puede ser posible? ¿Cómo se atreve? — grita el rey, dando vueltas. La reina lo alcanza e intenta acercarse — Le he perdonado muchas faltas que a cualquiera más no le habría tolerado, pero esto… esto ya supera todo límite.
—Tranquilízate, ni siquiera sabes la razón de su decisión.
—¡Desafiarme! —exclamó, con la voz cargada de furia — ¡Esa es la razón! Es lo único que ha hecho desde que posee conciencia: esa necesidad de demostrarme que gobierna su propia vida y que nadie, absolutamente nadie, podrá manipularlo.
Cada palabra vibraba con la mezcla de frustración y asombro de quien no podía sino reconocer la fuerza indomable de aquel espíritu rebelde.
— ¿Y eso está mal? — la princesa Gertrudis se les une. — ¿No es lo que siempre les has enseñado a mis hijos, a tener autoridad? No puedes culparlo de tomar decisiones cuando solo lo ha aprendido de ti.
—No estás en posición de decir nada al respecto. Lo único que has hecho es justificar su rebeldía contra mí. — el rey se le acerca.
—Tú podrás ser mi padre, su abuelo y el rey de esta nación, pero yo soy su madre, y por supuesto que puedo intervenir. Me arrebataste el derecho de heredar el trono y dispusiste cada paso de mi vida para utilizar a uno de mis hijos como tu pieza en el tablero. No permitiré que la historia se repita. — clavó en él una mirada firme, casi desafiante— Si ya has decidido cuándo y cómo lo convertirás en rey, al menos concédele la libertad de elegir a la mujer que habrá de morir a su lado.
—Sabes perfectamente cuál es el problema. — pasó la mano por su barbilla, en un gesto pensativo que apenas lograba disimular su molestia— ¿Qué ha ocurrido con tu ahijada? ¿Qué clase de afrenta es esta?
Su mirada dejaba claro que no se trataba solo de una cuestión de afectos, sino de honor, alianzas y promesas que, a sus ojos, estaban siendo quebrantadas sin el debido respeto.
—Fue ella misma quien decidió poner fin al compromiso. No se sentía preparada y deseaba que Alan tuviese la oportunidad de desposarse por amor.
La princesa Gertrudis conocía la verdadera razón. Durante el resto de la tarde anterior, el príncipe no tuvo más remedio que confiarle la verdad. Ella había sido testigo de que tanto Josefina como su hija anhelaban aquel matrimonio con fervor, pero no lo revelaría. Mucho menos ante el rey. Sostener aquella versión era, por el momento, lo más conveniente para todos.
—¿Casarse por amor? —replicó él, con desdén — ¿Qué desvaríos son esos? ¿Cómo podría amar a una simple pueblerina?
Su incredulidad no solo cuestionaba el sentimiento, sino el orden mismo que, según él, debía regir la sangre y la corona.
—Te casaste con una pagana. Con la misma liga que hoy has convertido en tu enemiga. — mira a su madre, quien permanece en silencio sentada en un sillón. — Parece que los Rutherford se hallan destinados, generación tras generación, a quebrantar las normas del reino en nombre del amor. — el rey traga hondo, porque sabe que su hija, en esta ocasión, tiene razón.
—¡Vittorio! — vocifera el rey y entra de inmediato. — Trae a mi nieto hasta mí. Requerimos conversar. — ignora las palabras de su hija.
—Enseguida, mi señor. — se inclina y se retira.
—Con esa ira que ahora lo domina, esta conversación con el príncipe Alan no habrá de concluir en buenos términos —le advirtió — Y su salud podría agravarse en cualquier instante.