La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

25. El árbol caído.

Sale el sol.

La mucama junto a más siervos, irrumpen el aposento del príncipe para despertarlos. El resplandor que entraba por las enormes ventanas, los molesta a ambos. Los vasallos abren los nuevos baúles con indumentaria que la princesa Gertrudis les había ordenado mientras Alan y Helen se levantan.

—¿Qué es esto? — el príncipe les pregunta sin comprender.

—Nuevas noticias. La primera es: el rey de Inglaterra parece que firmará el acuerdo de paz esta noche. — la mucama contesta.

—Por fin. Un estorbo menos. — pone los ojos en blanco.

—¿Y la segunda? — Helen frunce el ceño.

—Tributo al árbol caído. Se hace todos los años desde que la peste invadió esta nación. — la mucama contesta mientras acomoda sus atuendos en los sillones.

—¿Qué sentido tiene? ¿Por qué no sabíamos esto?

—Es un evento...privado. Solo los miembros de la realeza tienen acceso a esta conmemoración.

—¿Dónde está ese árbol? — sigue confundida y por la tranquilidad que muestra el príncipe, se da cuenta de que ya estaba al tanto de esto.

—Será mejor dejar las preguntas para el final y empezar con el aseo. — los siervos se dividen y comienzan a prepararlos para el evento. El príncipe ya se sabía los protocolos de memoria, así que no sería un problema para ellos. Helen, en cambio, sí. — No es nada correcto que una doncella amanezca en los aposentos de su prometido antes del casamiento. — la mucama empieza a sermonearla.

Helen frunce el ceño.

—Bueno, casi muero ayer, creo que debería ser el menor de nuestros problemas. — las siervas ajustan los lazos de su corset hasta casi dejarla sin aire.

—La muchedumbre no lo pensará de la misma manera. — Helen pone los ojos en blanco y se queda en silencio. — Bien, para esta ocasión hay reglas de vestimenta que debe respetar.

—Déjeme adivinar: solo debo usar el color negro. — la interrumpe.

—Eso es correcto, pero por esta ocasión, solo los hombres deben usarlo. Las damas, deberán ir con colores que representen el otoño. — de solo escucharlo, Helen empieza a sentir jaquecas. — Estos son los colores que tenemos a su disposición. — dos de los siervos mueven los percheros con 6 vestidos con los colores: marrón, camel, beige y naranja. Todos perfectamente confeccionados y adornados con sutiles accesorios de plata y oro. — Todos fueron hechos para usted. Puede elegir qué ponerse.

—¿Todos estos? — está impresionada.

—Todos. Siéntase cómoda de escoger. — Helen pasa sus dedos por la suave tela, mientras la mucama la deja a solas con los siervos.

—¿Cuál escogerá señorita? — pregunta una de ellas con una dulce voz.

—De hecho, me gustaría pensarlo. Es una difícil decisión y no quiero pasar por desapercibida. — miente. — ¿Podrían dejarme a solas unos minutos?

—Pero no hemos...

—Por favor. — insiste y la interrumpe, por lo que no le queda de otra que acatar la orden. Todos se inclinan y se retiran de sus aposentos, dejándola más aliviada. — Gracias a Dios. — respira profundamente. No seguir ningún protocolo era algo muy común en ella. A pesar de tener tantos vestidos costosos y hermosos a su disposición, quería sentir que vestía algo propio.

Aprovechando la privacidad, husmea entre los armarios y después de una rápida búsqueda, encuentra una túnica colorida como si de texturas de diamantes se tratase. ¿Para qué se supone que usaría algo así? Se preguntaba. Ya que no parecía encajar con el menú de colores de la realeza. Por el canasto en donde estaba, empezaba a deducir que quizás lo desecharían por no cumplir expectativas de algún miembro allí, así que antes de que alguien pudiese hacer tal cosa, lo extrae del canasto y lo esconde en su armario.

—¡Pueden entrar! Creo que ya estoy decidida. — grita para que los siervos detrás de la puerta puedan pasar.

El rey Rutherford.

Mientras se terminaba de vestir para el evento, la reina se acerca a él. Ambos llevaban atuendos confeccionados especialmente para la ocasión.

—¿Dónde estabas anoche? — pregunta. — ¿Por qué te ausentaste en una cena tan importante?

—Repíteme cuán importante es conocer a los padres de una pueblerina rebelde.

—Es la prometida de tu nieto, el heredero del trono. Por supuesto que tiene importancia. — el rey se queda en silencio. — Anoche se desmayó de la nada y estuvimos preocupados. Y tú ni siquiera estabas.

—¿Por qué? ¿Desaparezco por unos minutos y no puedes llevar las riendas de esta familia? — la reina pone los ojos en blanco. — No me preocuparé por gente que en cualquier momento también podría apuñalarme por la espalda. — la mira a los ojos con cierto rencor que logra percibir. — Como mi cuñadito, por ejemplo.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué le hiciste a Silas? — se preocupa.

—No lo sé, pregúntale a él. Si es que lo encuentras. — responde con calma.

—¿Dónde está, Belmont?

—¡Nada! ¡No le hice daño alguno! —exclamó, alzando la voz con frustración — Y quizá debí hacerlo hace ya mucho tiempo. Creí en su palabra... y al final no hizo más que burlarse de mí.

—¿Qué hizo esta vez para irritarte? —preguntó ella, esforzándose por mantener la calma ante la explosión de furia que lo dominaba.

—Arruinar mis planes, como es costumbre —replicó con un tono seco, sin dejar de ajustarse los ropajes frente al espejo— No lo he matado... al menos, por ahora. Así que puedes mantener la tranquilidad.

Sus ojos se clavaron en ella con advertencia.

—Pero no te aseguro que no lo haga en cuanto lo encuentre, sin importar en qué escondite se oculte. Más te vale rezar para que no ocurra —añadió, antes de girar sobre sus talones y abandonar los aposentos, dejando tras de sí un silencio cargado de amenaza y tensión.

—Señor. — Vittorio se le acerca por los corredores. — Tengo una extraña noticia. — siguen caminando.

—¿Una extraña noticia? Explícate. — Belmont frunce el ceño.

—El santuario de Ann, está destrozado. — el rey se detiene y sus guardias también, con cierto margen de distancia. — Al parecer alguien entró anoche y destruyó todo.




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