La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

26: La criatura negra.

Sin dudar ni un instante, quienes estaban a su alrededor cargaron al príncipe con cuidado y con toda la rapidez que sus fuerzas permitían, apresurándose por los pasillos del castillo hasta llegar al médico del reino. La sangre que manaba de su herida era abundante y teñía sus ropas, y cada segundo que pasaba aumentaba la preocupación de todos. Entre ellos, su madre era la que más mostraba su angustia; sus manos temblaban mientras sus ojos seguían cada movimiento, deseando con toda su alma que su hijo pudiera recibir auxilio a tiempo.

—Niño mío, resiste. —Gertrudis acaricia su cabello mientras se lo llevan.

—Será mejor que tú te quedes. — Aarón le dice a Helen antes de que también pueda acompañarlos.

—No me quedaré, debo ir con él.

—Creo que tienes demasiado que explicar primero. — casi olvida que demostró su poder frente a su familia, a Max y al príncipe en cuestión. — ¡Guardias! Lleven a esta impostora y asegúrense de que no pueda escapar — vocifera y los guardias a su alrededor hacen caso.

—¿Qué? ¿Qué crees que haces? — está enojada y confusa.

—Protegiendo a quienes amo de lo desconocido. — aunque sus palabras son hirientes, logra entenderlo. Así que, aunque sabe que tiene la fuerza para impedir ser llevaba hasta aquel oscuro lugar, no se resiste.

—¿Qué hace? No puede hacerle esto a mi hermana. — Jason protesta, pero los Laurent también son alejados de la familia real por órdenes de Aarón.

—¿Qué vieron mis ojos? Helen... ¿cómo hizo eso? — María estaba desconcertada. — Tú sabes algo ¿verdad? — las expresiones de Lucas lo delatan. — Si es así debes decirme. Debes decirnos. — Jason también tiene preguntas.

—Está bien, les contaré lo que sé. — se resigna.

El campo de los condenados.

Unas voces tenebrosas despiertan al rey de Francia de su desmayo. Su brazo izquierdo estaba siendo carcomido por la mugre negra de la tierra y al percatarse, quitó la suciedad y se puso de pie. El lugar, como hace años atrás, estaba lleno de cuerpos que habían perdido su alma en una nueva batalla. Una que, de milagro, Belmont otra vez había ganado. Todos los guerreros ingleses y parte de los franceses habían sido tragados por el infierno que yacía debajo de sus pies y ya no tenían salvación.

La presencia de Mohat había desvanecido, pero no significaba que no podría volver.

—¡Vittorio! — se acerca a su cuerpo también desmayado y atascado entre las ramas. Con su espada lo libera y da palmadas en su cara para que despierte. Lo que, para su suerte, consigue. — ¡Levántate! Tenemos que irnos de aquí. — Vittorio estaba mareado por el fuerte golpe que tenía en la cabeza pero, aun así, su rey lo ayudó a ponerse de pie y salir de aquel espantoso lugar. Donde todos resultaron muertos, menos ellos.

¿Alguien más podría haber sobrevivido?

Los doctores de la realeza hacían todo lo que estaba en sus manos para salvar al príncipe de la herida mientras su familia esperaba con angustia prontas respuestas y los soldados y plebeyos ayudaban al castillo en las zonas que más fueron afectadas por el fuego. Habían muerto guerreros de ambas nacionalidades. Padres de familias e hijos de alguien que esperaba verlos al amanecer. Juntaron sus cuerpos en una pila y los incendiaron mientras le dedicaban un minuto de silencio a sus almas.

Helen sentía mucho frío, angustia y desesperación por saber de la salud del príncipe, pero tal parecía que no las recibiría dentro de algunas horas. ¿Acaso todo ha sido perdido? Se preguntaba mientras intentaba mantener la calma. ¿Qué era aquella figura tenebrosa que vio entre las ramas secas de los árboles?

—Jamás habría imaginado esto. La poseedora de la séptima constelación confinada junto a mí. Qué ironía. — suena la voz de Loana. Su cabello y diamante incrustado en la frente eran fáciles de distinguir, por lo que la recordó al instante.

—Tú otra vez. Qué pesadilla. — se toma la situación con más calma de la que puede reconocer.

—Alan siempre estuvo frente a la verdad de sus preguntas, y nunca lo notó. — Helen cierra los ojos a pesar de sus palabras, esperando encontrar paz en la oscuridad. — Todos ven en ti a una diosa por tu poder, pero yo solo percibo a una niña inútil, sin saber qué hacer con su lamentable vida. — la mira a través de las rejas.

—Ten cuidado, le hablas a tu próxima reina. — responde Helen con ironía.

—¡No es suficiente! Esa corona no te servirá de nada.

—Pareces conocer mi ser mejor que yo misma. ¿Acaso deseas compartir algo conmigo?

—Podrías reducir este castillo a escombros si te place, y aun así permaneces aquí, dejándote someter por quienes se creen dueños de todo — Helen guarda silencio. — Tienes en tu interior la fuerza de toda una constelación. Podrías invocar rayos de luz, abrir portales, eliminar sombras, romper maldiciones, arrasar ejércitos con tus potenciadoras y salvar a Francia de este reino maldito.

—¿Con mis potenciadoras? ¿Qué quieres decir? — frunce el ceño.

—Las otras seis no son más que tus amplificadoras. ‘Cuando las siete constelaciones se unan, la magia será irreversible’. Eso decían las escrituras que leí en latín. No comprendo por qué no emplean su poder para escapar de aquí. — la confusión es evidente en Loana.

—No es tan sencillo. Han permanecido encerradas aquí durante muchos años. No conocen otra realidad que las rejas de este castillo. Y aunque se intente auxiliarlas… parece que siguen un plan propio, uno del cual ya formo parte.

—¿Qué plan?

—A la que el rey llama Cinco. Ella ve el futuro. Me ha mostrado cosas que aún no logro entender.

—¿Y cómo sabes que puedes confiar en ella? ¿Cómo estás segura de que no está cambiando esas visiones a propósito? Piénsalo. ¿A quién es el único que le conviene que permanezcan allí? — sus suposiciones la hacen dudar. Aunque nunca se haya fiado de ella del todo.

Horas más tarde.

Mientras el coronel Cristóbal cuestionaba las acciones de su hijo menor, el príncipe se debatía entre la vida y la muerte. Los sanadores del reino atendían a los heridos y otros guerreros reconstruían los desastres que las peleas ocasionaron. Todos murmuraban y les aterraba no solo el ataque de los ingleses, sino el poder que presenciaron de la prometida del futuro rey de Francia que, aunque lo reconozcan o no, los salvó.




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