La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

28. El gran casamiento.

Dos días después.

Un nuevo día en Francia, pero no uno cualquiera. Todos se levantaron horas antes para empezar a preparar el gran casamiento real entre el príncipe y Helen. La princesa Gertrudis, sin poder conciliar el sueño haciendo una lista de cosas que hacían falta, envió a sus organizadoras a buscar todos los materiales y decorativos que había encargado. Empezaron a mover arcos, flores hechas a mano, cortinas y demás hasta el pabellón real, donde realizaban todas las actividades importantes de la realeza.

La mucama entra con todas las siervas a los aposentos de Helen pero se sorprende al verla levantada y completamente lista para un nuevo día. Sin saber qué decirle y asimilando la situación, la mucama observa lo organizada que estaba la habitación.

—Oh sí, ya sé. Sabía que este día iba ser agotador así que me ahorré dos horas de sufrimiento. — Helen se acomoda los guantes. — Tengo cosas que hacer antes de cumplir con mis tareas de hoy y solo así no tendrán excusas para detenerme.

—Pero niña, debes...

—Debo salir por esa puerta ahora. Hay un carruaje esperándome — la interrumpe. — Cuando regrese, prometo que seré toda suya.

—Debió de anticiparme esto, ya tenemos toda una agenda preparada que debe llevarse a cabo. En cuanto regrese debe....

—En cuanto regrese tengo un desayuno. — vuelve a interrumpirla. — Tengo un desayuno con...el príncipe. Mi prometido. — dice lo primero que se lo ocurre para escapar de ella. — Y como entenderá, no debo hacer esperar al próximo rey de Francia. — la mucama traga profundo. — Ahora, si me permite. — los siervos se hacen a un lado para dejarla salir y lo hace con una sonrisa de victoria.

Al salir, sus hermanos estaban esperándola.

—Hasta que sales, estaba a punto de entrar a buscarte. — Lucas le dice.

—Lucas, no es necesario que vengas. Podemos hacer esto.

—Por supuesto que quiero ir. No creo que a estas alturas algo me asuste más. — está muy decidido.

—Llevo algunas ballestas. Pude sacarlas del armamento de Max. Debemos darnos prisa. — Jason las muestra.

—Sí, vámonos antes de que alguien mas quiera detenernos. — suben al carruaje y emprenden la ruta hasta el campo de los condenados, donde más respuestas esperan encontrar.

Alan.

Sin suficiente drama para empezar el día, el coronel Cristóbal convoca una reunión con sus hijos para tener una charla de padre a hijos hasta asegurarse de que entiendan la importancia de tener una buena convivencia entre hermanos, más en un día como este. Pero la verdad es que ya habían arreglado sus diferencias anoche.

Cuando culminan la plática, Alan se prueba varios trajes especiales que habían confeccionado para él. Todos les quedaban de maravilla, pero el negro con detalles bañados en plata superaba las expectativas. Los colores siempre eran los mismos, pero cada vestuario tenía algo diferente que el anterior. Cuando los costureros terminan con él, aprovecha el espacio a solas para visitar a su abuelo en el trono, quien leía y observaba mapas con una lupa en manos.

Parecía muy concentrado.

—Su majestad: el príncipe Alan. — los guardias lo anuncian.

—Alan — dice con una sonrisa y deja todo lo que hace a un lado.

—He notado que estás extrañamente muy feliz con este compromiso. Al cual te oponías en primer momento. — cruza sus manos por la espalda.

—Todos podemos cambiar de opinión. Tan solo confío en tus decisiones.

—¿Sabes qué es lo que más detesto en el mundo? Las mentiras. — lo mira fijamente. — Ya sé toda la verdad. Siempre lo supe, de hecho. Pero te concedí un voto de confianza para pensar que no eres tan cruel como realmente lo eres.

—Existe una razón. Detrás de todo, siempre la hay.

—Una injustificable. — alza la voz, pero logra calmarse rápidamente. — ¿Qué quieres con ella?

—Solo estoy feliz por ti. Supiste escoger muy bien. Ella es perfecta para esto.

—Perfecta para cumplir tus infames designios, querrás decir. Porque eso es lo que en verdad deseas, ¿no es así? — se acerca — Deseas usarla como a las demás. ¿No era eso lo que tanto te faltaba para completar tu demencia?

—¿Usarla como a las demás? — el rey frunce el ceño. ¿Qué tanto su nieto sabía sobre sus planes? — No puedes hacer preguntas cuyas respuestas jamás entenderías.

—Oh, yo creo que sí las entiendo — la incertidumbre del rey era tangible. — Sabíamos de tu enfermiza colección de doncellas, y no tienes idea de cuán angustioso es crecer con tal impotencia en el corazón; saber que algo está mal y no tener el poder de hacer nada al respecto... porque tú eres el rey.

—¿De qué estás hablando, Alan?

—Te vimos, Aarón y yo, hace dieciocho años. Éramos apenas unos niños; no comprendíamos lo que ocurría, aun así, sabíamos que algo estaba mal. — Alan revela — ¿Ahora entiendes mi desprecio?

Los ojos del rey se llenaron de lágrimas.

—Todo lo que...

—"Todo lo que haces es para protegernos". Sí, ya he escuchado eso demasiadas veces. — lo interrumpe. — Pero no te das cuenta de que todo lo que nos pone es riesgo, lo has creado tú. Tú provocaste al rey Enrique al dar muerte a su padre en aquella guerra; tú condenaste a Francia a su sequía por emplear fuerzas que no conoces, y esa "criatura negra" que describes, se halla aquí porque tú desataste una maldición que no nos correspondía desde un principio. Todo cuanto acontece es fruto de tu obsesión.

—Iba a pasar de todos modos.

—¡Mientes! Porque si no te hubieses empeñado en seguir una maldita profecía, hoy siete mujeres no portarían tales poderes. Esa criatura no nos acecharía desde la oscuridad y todos viviríamos una vida normal. Sí, quizá con guerras, pérdidas, tiempos difíciles y las penurias propias de los reinos, pero no con todo esto. — Alan desata los nudos en su garganta que desde pequeño estuvo reteniendo.

—Pero iba a pasar. Si no fuese yo, otro la habría seguido. Porque, digas lo que digas, yo sí pude hallarlas... a todas. Y ahora ellas nos ampararán de todo mal que se cierna sobre nosotros.




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