En un alcázar apartado, lejos del bullicio del castillo y de las miradas curiosas de la corte, el señor y la señora Rutherford habrían de descansar aquella noche. El lugar había sido preparado con esmero para recibirlos. Las estancias estaban ventiladas, las cortinas corridas con elegancia y el lecho dispuesto con sábanas limpias y perfumadas.
Los sirvientes se movían con diligencia por las habitaciones, ordenando sus pertenencias y acomodando cada baúl en el sitio indicado. Entretanto, el mayordomo supervisaba personalmente los últimos detalles y daba instrucciones precisas en la cocina. Mandó preparar una cena sencilla pero reconfortante, adecuada para aliviar el cansancio del viaje, asegurándose de que todo estuviera dispuesto cuando los Rutherford decidieran retirarse a la mesa.
—Muchas felicidades por su casamiento, les deseo larga vida. — les dice con alegría y ellos agradecen. — ¿Gustan algo en específico para cenar esta noche? — Alan mira a Helen, esperando su respuesta.
—No, ya comí demasiado. Solo quiero descansar.
—¿Y usted mi lord?
—Igual. Descansaremos un poco, si necesitamos algo les avisaremos. — todos asienten y los recién casados suben los escalones. El alcázar era tan grande como un palacio real, pero nada se comparaba con el castillo.
Cuando entran en su aposento, Helen se deslumbra con lo bonito que es.
—¿Te gusta? — Alan le pregunta.
—Me encanta. Es agradable. — se sienta en el suave colchón de la cama. El príncipe se despoja de su túnica y la coloca sobre un sillón.
—Creo que estás en mi lado de la cama. — se acerca y señala donde está sentada.
—¿Por qué ya decidiste en qué lado dormirás?
—Estoy acostumbrado, el lado cerca de la puerta siempre ha sido mi lugar. — no tenía mucho sentido para ella, pero aun así lo respetaba. Se levanta y le deja su espacio.
Mientras él parecía tranquilo y actuaba con normalidad, ella no sabía qué hacer para que aquella noche no fuera más extraña.
— ¿Sabes jugar ajedrez? — cambia de tema y coloca un tablero sobre la cama.
—Sí, mi padre me enseñó. — se sienta a su lado.
—¿En serio? Tu padre y yo nos hubiéramos llevado muy bien. — su comentario la conmociona. — Ven, muéstrame tu talento en el tablero.
—Con gusto, mi lord. — dice sarcásticamente y comienza a mover las piezas estratégicamente. El juego se complicaba, puesto que el príncipe era un oponente poderoso, pero aun así, y un par de movimientos más, logra ganarle. — Jaque mate. — declara orgullosamente.
Alan tensa la mandíbula, decepcionado de sí mismo.
—¿Qué? ¿Nunca nadie le había ganado en una partida? — lo nota.
—Adelante, búrlate de tu esposo. — se resigna.
—No hace falta, esto es más que suficiente. — se quedan en silencio un par de segundos.
—Bueno, como eres la ganadora deberías pedirme algo. No sé quizás...hacerme un reto.
—¿Hacerte un reto? ¿De qué?
—De lo que quieras. Haré lo que me pidas. — sus pupilas se dilatan cuando la ve. Helen se sumerge en la dulzura de su mirada y recuerda las cosas que estará dispuesta a hacer después de que aquellos tres días de gloria terminen para ellos.
—Quiero que me toques. — confiesa. — Quiero que consumamos nuestro matrimonio ahora, esta noche. — le pide con deseo. El príncipe controlaba el asombro por su confesión con una encantadora media sonrisa. — Eso es lo que quiero.
—Amor... — toca su mejilla con suavidad. — No hay nada que quiera más que hacerte mía en cuerpo y alma.
—En alma ya lo soy. — se quita la ropa lentamente hasta quedar descubierta para él.
El príncipe se acercó con lentitud, como si quisiera memorizar cada reacción que despertaba en ella. Sus manos recorrieron su figura con una mezcla de deseo y reverencia, deteniéndose apenas en cada curva, provocando que la piel de Helen se estremeciera bajo su tacto. Un leve suspiro escapó de sus labios cuando la cercanía se volvió casi insoportable.
Sus cuerpos se aproximaron hasta que apenas quedó espacio entre ellos. Podían sentir la respiración del otro. La fragancia que cada uno llevaba impregnada.
Alan inclinó el rostro y depositó besos pausados en su cuello. Sus caricias se mantuvieron suaves, explorando con ternura, provocando en ella una reacción contenida pero evidente. Cada gesto estaba cargado de intención, de una pasión que crecía sin prisa.
—Tu cuerpo es precioso. — le susurra mientras no deja de acariciarla. Helen solo cierra los ojos y disfruta de su tacto. Alan baja hasta su entrepierna dándole pequeños besos mojados por todo su abdomen y adueñarse de su intimidad cuidadosamente. Al no resistir de pie tantas sensaciones, el príncipe la sujeta fuertemente y la recuesta sobre la cama. Sigue besándola y moviendo sus dedos en su entrepierna hasta hacerla excitar perdidamente. — ¿Quieres esto? — pregunta también, con mucha excitación.
—Sí. — jadea.
—Entonces abre tus piernas para mí. — le susurró Alan con voz ronca, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de deseo y reverencia, como si estuviera ante un altar sagrado. Ella, con un suspiro entrecortado, obedeció, separando sus muslos pálidos y suaves, ofreciéndole el acceso a su intimidad más profunda. Él se posicionó con delicadeza, su cuerpo fuerte rozando el suyo.
Al entrar en ella por primera vez, desgarrando con gentileza esa barrera de inocencia, un leve dolor la recorrió. Ella se aferró a sus hombros, sus uñas hundiéndose en la tela de su camisa de seda, mientras un gemido escapaba de sus labios. Los primeros segundos fueron un torbellino de incomodidad. Pero Alan, con la sabiduría de un hombre que había navegado por las cortes de Europa, se movía con lentitud, sus caderas ondulando en un ritmo pausado, explorando cada pliegue de su ser con toques que alternaban entre la pasión y la ternura.
Pronto, el malestar se disipó, dando paso a una oleada de deleite que la envolvía por completo. Ella se entregaba, arqueando la espalda, sintiendo cómo cada embestida la llenaba de un éxtasis que la hacía sentir viva, unida a él en un vínculo eterno. Nunca se habría imaginado que aquella experiencia, tan temida en los relatos, sería tan benévola después de todo. Pero quizás debía esperárselo si se trataba de él, de Alan.