Todo lo que había ocurrido la obligó a reflexionar con mayor claridad sobre lo que realmente deseaba hacer. Ann había observado con atención cada gesto, cada mirada, y había sido testigo del profundo amor que el príncipe sentía por Helen. No era un sentimiento superficial; era algo sincero, fuerte, capaz de desafiar incluso el peligro que los rodeaba.
Entonces una duda atravesó su mente: ¿Podía ser tan egoísta como para arrebatarle aquello que ella misma jamás había tenido? La respuesta llegó con una firmeza inesperada. No. No lo haría. No condenaría a Helen a cargar con el mismo destino que había marcado su propia existencia.
—Príncipe Alan, ¿puedo hablarte un segundo? — se le acerca, en los establos. Estaba revisando que Morpheus estuviera bien.
—No tengo ánimos para hablar ahora — estaba molesto.
—Comprendo que te encuentres de esa manera, pero todo tiene solución. Ciertas cosas... deben ocurrir para que finalmente abramos los ojos.
—Entonces... ¿qué tienes que decirme Helen? — se gira para verla de frente. — ¿O debería llamarte...Ann? — su pregunta le congela el alma. ¿Ya lo sabía? ¿Cómo pudo darse cuenta? Antes de que haga algo al respecto, Vittorio le inyecta lo mismo que le había suministrado a Sylvie cuando intentó matar al rey. Lo que tiene efecto inmediato en ella y la hace caer en un profundo sueño.
—Es lo correcto. — dice Loana, quien había sido la primera en darse cuenta de la posesión.
***
Ann despertó lentamente en la misma celda donde Cinco y las demás habían permanecido encerradas tiempo atrás. El lugar era frío y húmedo, iluminado apenas por la débil luz de una antorcha en la pared. Sus brazos estaban firmemente atados a una silla de madera, impidiéndole cualquier movimiento.
Frente a ella se encontraba Vittorio, sosteniendo con calma otra jeringa cargada con un líquido oscuro, preparado para usarla si la situación lo requería. En la estancia solo estaban Aarón, Loana, Vittorio y el príncipe Alan. Nadie más sabía lo que estaba ocurriendo allí.
Cuando Ann logró enfocar la vista y comprender dónde se encontraba, dejó escapar un leve suspiro y puso los ojos en blanco, aceptando con cierta resignación que finalmente había sido descubierta.
—De acuerdo, ustedes ganan. Me presento nuevamente: mi nombre es Ann. — dice sin más.
—¿Qué hiciste con Helen? ¿Dónde está mi esposa? — Alan estaba furioso.
—No grites, puede escucharte. Sigue aquí. — se ríe burlonamente.
—Debe estar reprimida en su subconsciente. No entiendo cómo dejó que esto pasara. — Loana comenta.
—Porque incluso ella comprendía que esto era lo más sabio. Por esa razón, justo ahora, todos ustedes conservan el aliento.
—¿Puedo inyectarle más de esto? — Vittorio dice, mostrando la jeringa.
—No, ya puedes irte. Asegúrate de que el abuelo no sepa de esto o ya sabes lo que te espera. — Alan le contesta.
—Solo hago esto para proteger a mi rey de sus influencias. Sabía que algo no marchaba bien con él, y la culpa recae en ella — Vittorio mira a Ann con ira — Así que pueden estar tranquilos. Mantendré el secreto — dice y se retira.
—Quiero que me regreses a Helen ahora. — era lo único que el príncipe quería.
—Lo lamento, me temo que eso no será posible. Requiero mi cuerpo primero. Solo de esa manera podré abandonar este.
—No es verdad. Seguramente puedes marcharte de la misma forma en que entraste; solo tienes que hacerlo, o él mismo se encargará de ello. — Loana señala al príncipe.
—No me obligues a hacerlo por las malas. — Alan clava sus ojos llenos de ira contra ella.
—¿Y qué harías? — lo desafía y el príncipe coloca una daga en su garganta. — Ten cuidado. Porque cualquier daño que me causes, lo sufrirá Helen, no yo. Así que no tienes más opción que aceptarme por unos días más. — Alan recapacita y aparta la daga. Ella tenía razón.
—Debí darme cuenta. ¿Desde cuándo pasó esto? — pasa las manos por su cabello, frustrado.
—La última noche de la luna de miel. Helen escapó de tu lecho para cumplir su pacto con el rey. Aceptó consumar el ritual y aquí nos encontramos. Todos felices.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Qué hay aquí que valga todo esto?
—No lo sé, ¿mis poderes? — vuelve a reírse. — Agradézcanle a su rey. Él empezó todo.
—Si son tus poderes ¿por qué estás en el cuerpo de Helen? — Aarón intenta entender.
—Porque ella sabe que su "gran poder" es limitado mientras no los reclame nuevamente —Loana responde en su lugar — El orden cósmico eligió a Helen por una razón.
—Qué extraño. Hasta hace unas horas parecías dudar de su capacidad. — Ann y Loana parecían no llevarse muy bien. — Pero ninguno de ustedes me interesa. Excepto por las seis prisioneras y mi elegida, por supuesto.
—Muy bien, ya escuché suficiente, pero hay una cosa que aún no logras comprender. — Alan se acerca y la mira fijamente. — A ninguno de nosotros nos interesan tus planes. Lo único que deseo ahora es que liberes a mi esposa de tu posesión, ¿lo comprendes?
—Lo haré, pero primero necesito recuperar mi cuerpo. — está decidida. A lo que el príncipe solo puede darse vuelta y reír. — Todo es más sencillo de lo que imaginan. Ya le entregué a su rey lo que le correspondía; mientras las siete constelaciones vivan, Mohat no podrá hacer mucho más. Tengo todas las puertas abiertas para recuperar todo lo que me fue arrebatado en el pasado.
—Ese siempre fue tu miedo, ¿verdad? Los dioses. ¿Tienes miedo de que sepan lo que estás haciendo? — Loana acierta.
—Claro, esa será la solución. — Alan piensa. — Iré directamente hacia ellos y les relataré con todo detalle lo que estás haciendo en una tierra que no te pertenece. — la amenaza, y el miedo de Ann, era evidente.
Alan lo nota, así que esboza una media sonrisa y da la media vuelta.
—¡No! ¡Espera! No puedes hacer eso. — grita para detenerlo.
—¿Por qué no? — vuelve a mirarla.
—Porque la vida de Helen también corre peligro.