Mientras todos se regocijaban ante la pronta coronación del príncipe Alan, él se retira de la mesa para salir del castillo y tomar aire fresco. Pasando los dedos por los párpados de sus ojos mientras caminaba en su propio eje, intentaba apaciguar su furor.
—Tranquilo, podría ser peor. — Helen lo alcanza. Alan estaba sentado, ensimismado en su interrumpida soledad. — Serás un grandioso rey. — se sienta a su lado.
—Ser un buen rey o no, no es lo que me atormenta. — la mira a los ojos. — No quiero esto. No quiero ser rey.
—Pero debes, es tu destino. Y la verdad es que no hay nadie mejor para este puesto que tú. — recuesta la mejilla en su hombro.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué no esperar a su muerte naturalmente? — frunce el ceño.
—Porque ella le concedió vida eterna. — Alan frunce el ceño. — Confía en que ya nada ni nadie podrá vencerlo jamás así que está tomando decisiones que cree necesarias.
—¿Pero para qué?
—No quisiera sonar como que estoy de su lado porque claramente ya no es así, pero el rey te ha preparado para esto. Te escogió como el heredero del trono desde tu nacimiento. Ahora que cree que lo tiene todo, quiere verte como rey.
—A veces no lo entiendo. No, es que ciertamente no entiendo nada de lo que hace. — el príncipe se sentía aturdido. — En fin, dejaré de preocuparme por eso. Mañana será un día muy importante para mí de todos modos. — relaja su expresión.
—Sí, la coronación es muy importante para todos.
—Y tu cumpleaños. Mañana es tu cumpleaños. 7 de diciembre. — le recuerda.
—¡Vaya, es cierto! Casi lo olvidaba. — sonríe.
—Celebrar tu nacimiento será lo más bonito del día. — la mira intensamente y acaricia su cabello. — ¿Qué acostumbras hacer?
—Bueno...mi familia siempre me hacía un pastel. Odette siempre... Dios mío, Odette. — recordar que está desaparecida la abrumaba nuevamente.
—¿Qué pasa con Odette?
—Ha desaparecido. La última vez que fue vista se hallaba cerca del castillo, poco después de haber hablado conmigo. Desde entonces no se sabe nada de su paradero. Temo que el rey Enrique tenga mucho que ver.
—No me sorprendería. No te preocupes, mañana puedo ordenar su búsqueda.
—Estoy segura de que él la tiene. Y honestamente, prefiero eso a que esté muerta.
—No pienses eso. Estará bien, la encontraremos. — la tranquiliza con un tierno beso en la sien.
—Eso espero. — confía en que sí. — Lamento todo cuanto has tenido que soportar durante estos días. Ninguna persona debería cargar con tantas pruebas en tan breve tiempo.
—No hace falta. Dejemos eso atrás. Tenemos un matrimonio que reanudar. — sonríe y presiona suavemente los labios con los suyos.
—Espero que no la hayas besado en mi ausencia.
—¿Te refieres a besar los labios que pertenecen al maravilloso cuerpo de mi esposa?
—¿En serio llegaste a....? — el príncipe la interrumpe colocando su índice entre sus labios.
—Soy un príncipe y, en ocasiones, puedo mostrarme despiadado cuando la situación lo exige. Pero hay algo que jamás pongas en duda: soy un hombre fiel y leal a ti. No lo olvides nunca. — dice y vuelve a presionar los labios contra los suyos. Esta vez, enredando la lengua con la suya y sumergiéndola en una intensa ola de regodeo. — Vamos a recordarnos porqué nos casamos. — la carga sobre su hombro, haciéndole soltar una risa nerviosa mientras caminan hasta llegar a sus aposentos.
La empujó con impulso sobre el suave colchón de la cama, inclinándose de inmediato sobre ella mientras seguía besándola con una intensidad que ninguno de los dos intentaba contener. Sus labios se buscaban una y otra vez, cargados de emoción y deseo acumulado. Entre caricias apresuradas y besos cada vez más profundos, el mundo exterior parecía desvanecerse. Por unos instantes olvidaban las intrigas, los temores y los problemas que los rodeaban.
Con movimientos impacientes, él comenzó a apartar los delicados encajes de su vestido. La tela cedió bajo sus manos hasta que finalmente quedó despojada de la prenda, dejando su piel al descubierto mientras la cercanía entre ambos se volvía aún más intensa.
—¿Me deseas? — Alan le pregunta al oído.
—Demasiado. — jadea. A lo que el príncipe solo responde con una pícara sonrisa. Se quita la indumentaria y sigue adueñándose de cada parte de su cuerpo, logrando expulsar todo el estrés que pueda sentir. Sigue hurgando hasta que están al borde de la excitación y Helen anhela tenerlo dentro de ella.
El príncipe acude al llamado de su diosa sexual y entra en ella salvajemente, haciéndola gemir. Cierra los ojos y deja que el príncipe entre y salga de ella avivadamente. Abre sus piernas para darle más espacio y acaricia su cabello en tanto ahoga los gemidos en su boca. Cambian de posición y ella está arriba, satisfaciéndose mientras el príncipe contempla todo su esplendor.
Lo que había empezado con una rebelión para el reino, terminó convirtiéndose en ese amor ardiente que ambos sentían.
En las afueras del castillo.
—No creo que los príncipes puedan atenderte ahora, si quieres... puedo acompañarte a casa. — escuchar esas palabras de Vittorio era más aterradoras que la cicatriz en su cara. Mucho más después de lo que acababa de pasar entre ellos.
—No, ya has hecho suficiente. Y no, creo que ya no tengo a donde ir. Por eso quiero hablar con los hermanos Rutherford. — podía decirle la verdad, que Silas había regresado y estaba oculto en el bosque, pero aunque estaba muy molesta con él, seguía siendo su padre. Sus principios no la dejarían delatarlo.
—Puedes dormir en mi aposento. No es muy grande, pero es cómodo. — se aclara la garganta, está muy nervioso.
—¿Estás invitándome a dormir contigo? — cruza los brazos.
—¿Qué? ¡No! Solo...no sé lo que estoy haciendo. — se queda en silencio. — Creo que ese beso fue un error.
—Sí, es un hecho, pero ¿qué podemos hacer? — se quedan en silencio por unos incómodos segundos. — Mantengámoslo en secreto. De todas maneras, no pasará otra vez.