—¿Sabes qué clase de fenómeno es este? — Alan se reúne con Loana, Vittorio, Aarón y sus soldados.
—Es Bemus, el cazador del que Ann tanto nos advirtió. Ha llegado con un solo propósito y está cumpliendo con su cometido. — Loana responde.
—Sé que lo voy a decir probablemente sea una aversión, pero...Ann tenía razón. Debimos hacerle caso cuando nos advirtió sobre él. — Aarón dice.
—¿El rey dónde está? — Vittorio pregunta, refiriéndose a Belmont.
—Lo tienes enfrente. — Alan lo mira firmemente, con una pizca de sarcasmo — No veo al abuelo desde que terminó la coronación. Espero que mamá y la abuela estén a salvo.
—¿Cómo podemos vencer a nuestra nueva amenaza? Si es que existe alguna manera. — Aarón pregunta a Loana, quien se queda en silencio. — ¿Sí la hay cierto?
—Nuestra única esperanza, ya no tiene lo que necesita. Es uno de los primeros dioses, es imposible vencerlo desde aquí. — Loana piensa en todas las posibilidades — Solo podemos darle con lo poco que tenemos. Al menos ganamos tiempo.
Vittorio, escuchando, sabía que entregar a Helen a aquel Dios era la solución, pero decirlo en voz alta sin morir en el intento no era una opción.
—Bien, entonces démosle con todo lo que tenemos. Vittorio, reúne a todo el ejército. Incluso pueblerinos. Todos los que sean necesarios. — Alan le ordena y acata la orden de inmediato. — Loana, sin tus habilidades no me sirves aquí. Ve con Helen al vaticano y protege tu vida.
—No hagas esto de nuevo, sabes que vas a perder. — ya sabía que no podía darle órdenes. — Pero ya tengo mi propia meta. Debo asegurarme de que alguien siga con vida al anochecer. — se refería a Silas. — Antes de irme... ¿llevas el amuleto que te di? — se acerca más a Alan.
—Sí, siempre lo llevo. Creo que se ha vuelto parte de todos mis atuendos. — lo saca de uno de sus bolsillos.
—Bien, eso me deja más tranquila. Al menos sé que si mueres, con esto vas a volver.
—Pareciera que es lo que mas anhelas, Loana. — Alan esboza una media sonrisa, no creía en esa teoría. — Cuídate.
—Tú también. — dice y se marcha.
En el vaticano.
Los gritos y las explosiones que resonaban a lo lejos ponían a los hermanos Laurent más nerviosos de lo habitual. Aunque estaban resguardados en una cómoda habitación, con todo lo necesario para mantenerse a salvo, la sensación de encierro y la incertidumbre no les daban tregua.
Caminaban de un lado a otro, incapaces de quedarse quietos, como si el movimiento pudiera aliviar la tensión. Cada estruendo que llegaba desde el exterior hacía que se detuvieran por un segundo, conteniendo la respiración.
—No nos quedaremos aquí ¿verdad? — Jason le pregunta.
—No. Debemos volver por Lucas y mamá. Debemos asegurarnos de que estén bien.
—Estoy de acuerdo.
—¿Tienes suficientes armas?
—Sí, tengo mi ballesta, pero necesito más flechas —dijo con determinación.
Helen asintió sin dudar, comprendiendo la urgencia en su voz. Al avanzar por el pasillo, algunos monjes intentaron interponerse en su camino, levantando las manos con intención de detenerlos. Sin embargo, al reconocer a Helen como la nueva reina de Francia, sus expresiones cambiaron de inmediato.
Con evidente respeto, se hicieron a un lado, inclinando ligeramente la cabeza y permitiéndoles el paso sin oponer más resistencia.
—El rey dejó órdenes claras para ustedes. No deben salir hasta que sea seguro. — el papa los alcanza.
—Sí, es verdad. Pero el rey no me da órdenes a mí — Helen se mantiene firme. — ¿Tienen armas aquí?
—Ninguna que pueda utilizar.
—No me importa sus prejuicios, no voy permanecer inmóvil mientras la nación se ve amenazada. Exijo, en este mismo instante, que se me entreguen todas las armas que puedan ser dispuestas — le ordena, dejándolo sin más opción que hacer lo que le pide.
Una vez equipados, toman el camino en dirección a María y Lucas.
Los soldados no dejaban de lanzar flechas y explosivos hacia los portales abiertos y hacia Bemus. Cada impacto sacudía el terreno, levantando polvo y escombros, y aunque no lograban acabar con él, sí conseguían algo igual de valioso: tiempo. Tiempo para resistir. Tiempo para huir.
Mientras Jason le cubría la espalda, atento a cualquier amenaza, Helen cruzó el umbral de lo que alguna vez había sido su hogar. Las paredes, ahora marcadas por el caos, parecían irreconocibles. Su intención era clara: sacar a su madre y a su hermano de allí, llevarlos a un lugar seguro antes de que todo colapsara. Pero una duda la atravesó de pronto.
¿Por qué Max no los había sacado primero? La respuesta llegó de la peor manera. Al salir nuevamente hacia la calle, lo vio. En una esquina del pueblo, entre restos de madera y piedra, yacía Max, apoyado contra el suelo, apenas consciente. Su respiración era irregular, entrecortada, y su rostro había perdido todo color.
Un hierro le atravesaba el vientre.
La sangre brotaba sin control, empapando su ropa y extendiéndose por el suelo bajo él. Sus manos apenas lograban presionar la herida en un intento inútil por detener lo inevitable. Sus ojos encontraron los de Helen. Había dolor en ellos... pero también una especie de alivio, como si el simple hecho de verla le diera fuerzas para mantenerse un segundo más.
Max intentó decir algo, pero solo un hilo de sangre escapó de sus labios. Su cuerpo temblaba, y cada respiración parecía costarle más que la anterior.
—Max, no puede ser — Helen se acerca a él. — ¿Cómo pasó esto?
—Los paganos, volvieron. Se están aprovechando de la desgracia para invadir las calles. Debe tener cuidado, su majestad. — dice como puede.
—Tenemos que sacarte de aquí. — mira a su alrededor para pedir ayuda y entre Lucas y Jason lo intentan levantar.
—Deben irse, seguir el camino. Si la reina muere ya no tendremos esperanza. — dice, al saber que ya no le quedaban muchas opciones.
—No, no voy a dejarte aquí. — Helen estaba dispuesta.