La Séptima Constelación (en proceso de nueva edición)

35. Reino Caído.

El polvo y las cenizas se arremolinaban sobre las calles de Francia. El aire era difícil de respirar, cargado con el eco lejano de lo que, momentos antes, había sido el estruendo de la destrucción. La nación entera yacía herida, convertida en el epicentro de una catástrofe que aún no terminaba de asentarse.

Helen, poco a poco, fue calmando la furia que había ardido en su interior. Su pecho subía y bajaba con intensidad, y sus manos aún temblorosas, se relajaron hasta quedar inmóviles a sus costados. La claridad regresó a su mirada, como si despertara de un trance. Sin decir palabra, se inclinó hacia su madre y con suavidad la ayudó a ponerse de pie.

Sus hermanos se acercaron de inmediato, rodeándolas con una mezcla de alivio y preocupación. Todos fijaron la vista en Helen, pero su madre la contemplaba de una forma distinta. Para aquella mujer Helen no era la causa del caos, sino la luz que había sobrevivido a él. Su bendición. Su niña.

—Hay que regresar al castillo, ya no es seguro aquí. — dice a su familia.

—Eso...ya no es posible. — Aarón se acerca, sin poder respirar con normalidad. — Está destruido. Todo...está destruido. No quedó nada.

—¡Aarón! ¿De qué hablas? — Helen se acerca.

—Y Alan...mi hermano... — su voz se corrompe al hablar. — Cayó en ese agujero y no lo pude sacar. No lo pude salvar. — rompe en llanto.

—¿Qué? ¿En cuál agujero? ¿Dónde está Alan? — se preocupa.

—No lo pude salvar. — Aarón sigue llorando mientras cae de rodillas al suelo.

—¿Dónde está ese agujero? Muéstramelo. —le pidió con firmeza.

El camino hasta allí se tornó más largo de lo que parecía. Hasta que finalmente, llegaron. El agujero seguía allí, intacto. Desde el borde, solo se percibía oscuridad... una negrura absoluta que parecía moverse, como si respirara. No había fondo visible, ni sonido alguno que indicara qué yacía en su interior.

Helen se detuvo a unos pasos, observándolo con detenimiento. Descender por aquel abismo sin perder la vida no solo parecía improbable... sino un acto condenado desde el primer intento.

—¿Cómo cayó aquí? — Helen pregunta.

—Intentando salvarme. Todo pasó muy rápido.

—No puede ser verdad. —las lágrimas descendían por las mejillas de Helen — Debe haber una manera de bajar ahí... ¿y si aún sigue con vida? —su voz, aunque quebrada, se aferraba a una esperanza casi imposible.

—Está a cientos de metros de profundidad. No creo que haya sobrevivido a la caída. —respondió Aarón detrás de ella.

Helen no contestó de inmediato. Se arrodilló al borde del abismo y, con extremo cuidado, apoyó su mano sobre la tierra suelta que lo rodeaba. Cerró los ojos un instante, como si intentara escuchar algo más allá de lo evidente.

—Si hay una manera de buscarlo y... seré la primera en arriesgarme. — añadió ella con determinación. — No puede terminar así. Este no puede ser su final. —la reina apenas lograba sostenerse, devastada.

—¿Tienes algo en mente? —preguntó Aarón, dispuesto a todo.

Helen levantó la mirada hacia la oscuridad del agujero. Esta vez no había duda en sus ojos... solo decisión.

—Creo que sí la tengo. — se puso de pie lentamente.

Cuando finalmente estuvo lista, el silencio se apoderó del ambiente. Se colocó al borde del abismo una vez más. Sus manos comenzaron a brillar con una luz tenue que pronto se expandió envolviendo todo su cuerpo. Era una energía distinta a la furia que había desatado antes: esta era precisa, controlada... protectora.

Un halo luminoso la cubrió por completo, formando una especie de capa que ondulaba como si estuviera viva. Sin mirar atrás, dio un paso al vacío. Su cuerpo descendió lentamente. La oscuridad intentó engullirla, pero la luz que emanaba de ella abría camino, revelando fragmentos de roca, grietas profundas... y un silencio cada vez más pesado.

El descenso pareció eterno. Hasta que finalmente, sus pies tocaron el suelo. El lugar estaba sumido en penumbra. Antiguos muros de piedra se alzaban a su alrededor, desgastados por el tiempo, como si aquello hubiera permanecido oculto durante siglos.

Vio el trono. Se erguía al fondo, cubierto por polvo y sombras, como el vestigio de un poder olvidado. Helen avanzó con cautela, su luz iluminando cada rincón. Fue entonces cuando algo captó su atención. Había una mancha en el suelo. Se detuvo frente a ella y se agachó lentamente. No era sangre común. Aquella sustancia tenía un tono negro, como si la vida que había contenido hubiese sido corrompida.

Su respiración se volvió irregular.

—Alan... — susurró. Miró alrededor, recorrió cada rincón, cada posible escondite. Su luz se intensificó, tratando de arrancarle respuestas a la oscuridad. Pero no había nadie. Ni rastro de él. Solo el trono... y aquella mancha de sangre negra que confirmaba que, en algún momento, había estado allí.

Helen se quedó inmóvil, con el corazón golpeando con fuerza en su pecho, comprendiendo que lo que fuera que hubiese sucedido... ya había ido mucho más allá de una simple caída.

***

Alan deambulaba por las calles con pasos lentos, incapaz de asimilar lo que sus ojos contemplaban. A su alrededor, el mundo parecía haberse quebrado: cuerpos inmóviles, algunos cubiertos, otros abandonados a su suerte; los heridos gemían entre los restos, pidiendo ayuda que apenas podía llegar. Las casas, antes llenas de vida, eran ahora estructuras abiertas y mutiladas, con paredes derrumbadas y techos colapsados. Francia... su Francia, ya no era reconocible. Era como si la historia misma hubiese sido arrancada de raíz en cuestión de horas.

Caminó entre el caos sin rumbo fijo hasta que, casi sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron frente al castillo. O lo que quedaba de él.

Se detuvo. A pesar de la destrucción, lo reconoció de inmediato. Aquellas ruinas seguían siendo su hogar. Sus ojos recorrieron los restos de los muros, las torres derruidas, los patios convertidos en montañas de piedra y polvo. Cada rincón evocaba un recuerdo: risas que alguna vez resonaron en los pasillos, entrenamientos exigentes y también momentos de soledad.




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