El bosque permanecía en silencio. No era un silencio de paz, sino uno pesado, cargado de ausencia. Los árboles secos, altos y antiguos, parecían inclinarse levemente sobre la tierra recién removida, como si también guardaran luto por lo ocurrido. Aquel lugar... el mismo donde las doncellas habían completado el ritual que salvó a Helen, ahora se había convertido en un cementerio.
Filas de tumbas improvisadas se extendían, algunas marcadas con cruces de madera, otras apenas señaladas con piedras. No había distinción entre rangos ni títulos. Guerreros, sirvientes, nobles... todos descansaban allí, bajo la misma tierra. Todos iguales al final.
Alan estaba de pie frente a una de ellas. La de su padre. Su postura era firme, pero su mirada... estaba perdida. A su lado, Gertrudis sostenía un pañuelo entre sus manos, intentando contener un dolor que no encontraba salida. Aarón permanecía unos pasos detrás en silencio, con los brazos cruzados, como si así pudiera mantener el control sobre algo que ya se había desmoronado.
Habían perdido demasiado.
Guerreros leales que habían dado su vida sin dudar. Sirvientes que habían formado parte del castillo durante generaciones. Su padre... su abuela... nombres que no podían reemplazarse, historias que habían terminado sin despedida.
Alan apretó la mandíbula, conteniendo algo que no podía permitirse mostrar del todo. Pero su madre no lo logró. Un sollozo escapó de sus labios, rompiendo la quietud. Aarón cerró los ojos un instante y la abrazó. Sus hijos la consolaron. Ellos eran todo lo que le quedaba.
Y más allá... Helen. Se encontraba unos metros más atrás, inmóvil frente a otro grupo de tumbas. Las doncellas. Sylvie y las demás, cuyo nombre jamás pudo saber. Sus ojos recorrían cada una de ellas con una lentitud dolorosa. Estaba enterradas en el mismo suelo donde habían luchado... donde habían dado su vida por ella y Francia. Por salvarla.
—Yo... —susurró, pero su voz se quebró antes de completar la frase. Dio un paso al frente, y luego otro. Sus manos temblaban. — Yo debía protegerlas... —logró decir finalmente — Ese era el trato. Ese era el propósito.
El viento movió suavemente su cabello, como si el bosque escuchara su confesión.
—Ustedes confiaron en mí. —continuó, ahora con lágrimas descendiendo sin control— Y yo... no lo logré.
Alan giró lentamente, observándola.
—Helen... — murmuró, acercándose.
Pero ella negó con la cabeza.
—No. —retrocedió apenas — No intentes quitarme esto. — estaba llena de algo más profundo que el dolor: culpa. — Si yo no hubiese... —cerró los ojos con fuerza— Si no hubiera sido necesario... ellas seguirían vivas.
—No puedes cargar con todo eso, no fue tu culpa.
—Pero lo hago. —respondió — Me culpo. Porque es la verdad.
Alan se detuvo frente a ella, obligándola a mirarlo.
—La verdad —dijo con voz grave— es que ellas eligieron hacerlo. Sabían el riesgo. Y aun así... no desistieron.
Su mirada se suavizó, apenas.
—Lo hicieron porque creían en ti. No las deshonres convirtiendo su sacrificio en un error. —añadió — No lo fue.
Helen lo observó, con el dolor aún reflejado en sus ojos. Pero algo en sus palabras... logró atravesar la culpa, aunque fuera solo un poco.
—Perdimos mucho. — Alan vuelve a decir — Demasiado. — miró alrededor. — Pero si seguimos de pie... es por ellos.
Helen asintió, secándose las lágrimas y bajó la mirada hacia la tierra. A las tumbas. Algo más comenzó a quebrarse dentro de ella y Alan lo notó.
—Helen... — murmuró con cautela.
Ella no respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron en puños.
—No puede quedarse así. —dijo finalmente, con la voz cargada de furia — No después de todo esto. No después de lo que hicieron. Tenemos que hacer algo.
Alan dio un paso hacia ella.
—Lo haremos. —respondió con calma — Pero no ahora.
Helen negó con la cabeza de inmediato.
—¿Entonces cuándo? —su voz se elevó, quebrándose entre rabia y desesperación— ¿Cuando vuelvan? ¿Cuando terminen lo que empezaron?
—Cuando estemos preparados. —replicó él, firme— No podemos lanzarnos a una guerra contra algo que apenas entendemos. Debemos preparar mejor a nuestros soldados.
—¡Ya estamos en una guerra! —explotó ella. — ¿Cuántos más tienen que morir para que lo entiendas? —continuó, dando un paso hacia él— ¡Destruyeron todo! ¡Nuestro hogar, nuestra gente... con ellas! — señala las tumbas que tiene enfrente.
Alan sostuvo su mirada, sin ceder.
—Y si vamos ahora... perderemos más. —dijo, más bajo— Tal vez todo.
—Prefiero eso —respondió Helen sin dudar— a quedarme aquí esperando. Puedo ir sola, no necesito soldados.
—No estás pensando con claridad. — añadió Alan. Helen retrocedió un paso, como si sus palabras la hubiesen golpeado.
—¿No estoy pensando con claridad? —repitió, incrédula.
Una risa amarga escapó de sus labios.
—Perdí a mi gente... perdí a quienes dieron su vida por mí... y tú me dices que espere.
Su mirada se encendió.
—No. —negó con fuerza— No voy a quedarme de brazos cruzados mientras ellos siguen respirando. Haré lo que debí hacer antes de que todo esto pasara.
—Helen. —dijo su nombre con firmeza, acercándose lo suficiente como para obligarla a mirarlo de frente — Mírame.
Por un segundo, ella dudó, pero lo hizo. Y en ese instante... él entendió. Entendió que no era solo rabia. Era dolor. Era sed de venganza. Lo mismo que él sentía después de ver el lugar donde creció en ruinas.
—Lo sé. Sé lo que sientes. Yo también lo quiero. —añadió— Quiero hacerlos pagar. Quiero verlos caer por lo que hicieron. Yo también he perdido demasiado. Pero no puedo perderte en el intento. —continuó, bajando la voz— No después de haberte encontrado otra vez.
Alan alzó una mano y la llevó con cuidado a su rostro.
—Pero si esto es lo que necesitas... —dijo finalmente—, entonces lo haremos.
Helen lo miró, sorprendida.