La Séptima: Saga de Guardianes

20. Confesiones de una General

—Tomás, ¿puedes llevar a Iris afuera? —le pidió su padre.

—Yo me quedaré —aseguró con severidad. No iba a ceder.

—Bien —aceptó él, con enfado en su mirada, luego se dirigió a la niña—. ¿Iris? ¿No quieres ir fuera a buscarle una rosa a tu madre?

—¿Una rosa? Está bien —dijo ella tranquilamente.

La siguieron con la mirada, a tal punto que, solo podrían visualizar una manchita celeste entre los arbustos.

Dorian suspiró.

—Nosotros confiamos en ustedes. Confiamos en que no le dirán a nadie lo que hablaremos, ni siquiera sus amigos, ¿de acuerdo?

Asintieron.

—Hace unos meses murieron Guillermo Rovira y Alexandra Serrano. Unos viejos colegas míos, él era General de Panamá y ella era muy importante entre los sabios. La casa se incendió y murieron. Según los noticieros fue un accidente. La verdad es que lo realizó un grupo, muy antiguo. Se dice que Guillermo luchó para salvar a su familia —explicó la señora Vega con dolor en sus palabras.

Los menores intercambiaron miradas de desconcierto. Doña Soledad estaba muy tranquila, como si ya conociera esa información.

—Están usando el nombre de un grupo antiguo, que se conocía como los Jinetes —continuó, su voz tembló ligeramente. Amara sintió un escalofrío al escuchar aquel nombre, se le hacía conocido de sus clases de historia—. Sus acciones fueron terribles, murieron miles. Hace unos años, cuando nosotros teníamos su edad, fueron detenidos por un grupo de Guardianes poderosos. Se desintegró.

—¿Qué quieren? —preguntó Amara.

Temía escuchar esa respuesta. Pero la duda en la mirada de los adultos la confundió.

—Aún no estamos seguros —le respondió Dorian.

¿Cómo que no sabían? ¿Una general y dos miembros de Oculus Aquilae “no estaban seguros”?

—¿Están atacando generales sin siquiera dar a conocer su objetivo? No tiene sentido que no dejen ningún mensaje —aseguró Nathan pensativo. Dean lo miró y asintió.

¿Estaban ocultándoles la verdad? Pero habían decidido revelarles datos importantes. No podrían estar mintiendo.

—Como decía la General, están activos. No conocemos sus planes. Pero queríamos advertirles, para que estén alerta. Ahora que todos ustedes están en organizaciones —respondió Aylin muy seria.

Tomás movió su cabeza ligeramente hacia la derecha.

—Madre, si están ase… atacando generales… ¿No estarás en peligro?

La pregunta de su amigo le heló la sangre. Era una de las personas más importantes del país, podría ser la siguiente.

—No, para nada. Mis colegas tenían algo en común. Te aseguro que yo estoy a salvo.

Su mirada se volvió amorosa. Fue un cambio muy extraño de líder intimidante a madre preocupada.

El silencio fue grande. Demasiado.

—Entonces hay una razón. Eso que tienen en común —señaló Sofía, sin miedo a desafiar a los adultos.

—¿Qué es lo que tienen en común? —preguntó Amara, apoyando la teoría de su amiga.

Los adultos se miraron muy serios. Doña Soledad sonrió levemente. Dorian miró a la General, quien tomó aire.

—Les revelamos esta información confiando en que entenderían la gravedad del asunto. Ustedes saben lo que necesitan saber —dijo en un tono severo, mirando intensamente a Sofía, quien se encogió de hombros—. No más preguntas. Confío en ustedes.

Dean miró a Amara con decepción. No era buena idea presionar a la General. Mientras tanto Tomás y sus hermanos parecían confundidos.

—Cambiando de tema —comenzó Timothy—, ya tenemos a un sospechoso en el caso Alvarado. Muchos están pensando en cerrarlo. El nombre del sospechoso es Gilberto Alvarado, primos que trabajaron juntos, lograron entrar ambos a la escuela de Liternia, pero cuando llegó el momento, el profesor Alvarado le quitó el trabajo. Según su esposa, Gilbert lo visitaba a su casa, rompía las ventanas o destruía su jardín. Lo arrestaron varias veces.

Tomás y Dean intercambiaron miradas.

—Bueno, al menos ya tienen al culpable —comentó Sebas en voz baja, aliviado.

La General Vega bajó la mirada.

—¿Por qué van a cerrar el caso? Sólo tienen un sospechoso, ¿no? —preguntó Sofía, esta vez en un tono menos firme. Atraer las miradas la hizo sentir muy incómoda. Doña Soledad asintió.

—Porque está muerto —reveló Timothy—. Lo encontramos en su apartamento, llevaba al menos unos seis días. No les daré detalles.

Malcolm abrazó a su esposa. No querían mostrar su preocupación a los niños.

—Entonces volvimos al mismo lugar —comentó Amara, enfadada.

—Quien diría que un Ordinario cualquiera, causará aquella sensación extraña... —recordó Tomás, con su mirada perdida.

Amara aún recordaba ese horrible sentimiento, asfixiante y lleno de desesperación, como la oscuridad. El tal Gilberto no pudo haberlo hecho, ni siquiera un humano. No estaba segura si hablarlo ayudaría, miró a Tomás pidiéndole su silencio, pero ya era tarde.




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